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Rodolfo Izaguirre: ¡Los héroes no mueren!

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Durante años sus admiradores mantuvieron la certeza de que Carlos Gardel no había muerto en el choque de aviones en el aeropuerto de Medellín; que desfigurado por las quemaduras permanecía recluido en algún lugar del continente, posiblemente en Argentina, pero sin poder cantar. Su obstinada vocación de vida ha hecho posible, sin embargo, que sin voz y sin rostro el Zorzal, cada día que pasa, ¡cante mejor!

Los héroes buenos no mueren; tampoco los otros, al parecer. Para muchos alemanes y para los neonazis de la hora actual un hombre perverso como Adolfo Hitler no murió en el bunker berlinés junto a Eva Braun, sino que escapó de él para vivir con falsa identidad en la selva paraguaya en tiempos del general Stroessner.

Tampoco murió Emiliano Zapata en la emboscada que le tendieron en la hacienda de Chinameca. Hay corridos que cantan no la desventura de su muerte sino la alegría de su vida en la eternidad de la memoria mexicana; y en Morelos, entre la gente del pueblo, se asegura que la persona asesinada no era Zapata porque al muerto le faltaba un lunar o porque era un hombre muy alto y que, más bien, se trataba de uno de sus lugartenientes que se le parecía mucho y porque Zapata era demasiado astuto para dejarse engañar en una emboscada. Se llegó a decir, incluso, que había logrado embarcarse en Acapulco protegido por un árabe amigo suyo y que se fue a vivir al Lejano Oriente. Pero todos lo ven cabalgando en las noches de luna cerca de su aldea.

De un venezolano muy rico y presuntamente corrupto, con prohibición de entrada al país, se dijo que una operación de cirugía plástica le había cambiado el rostro y vivía ahora en el oriente de Venezuela: pero todos sabemos que murió en París sin disfrutar a tope la fortuna mal habida.

Son maneras de trascender, de asentarse y radicarse en la memoria colectiva. Unos y otros intentan, cada uno a su manera, reiterar el bello y profundo misterio de Cristo cuya muerte redentora le concedió el privilegio de vivir una nueva vida en nuestras propias vidas. Pero los mecanismos humanos para lograrlo son a veces ridículos, tortuosos y desconcertantes.

Sin importar los anacronismos y el disparate llegué a escuchar siendo niño que José Stalin era hijo de Juan Vicente Gómez porque el Benemérito fecundó a Anna Pavlova, la célebre bailarina rusa cuando bailó para él en Maracay, y ella parió al déspota de Georgia. ¡Todo porque ambos ostentaban bigotes de bagre!

Hay quienes mueren varias veces. Manuel Caballero se refirió a las tres muertes del Mariscal de Ayacucho: la muerte física en las montañas de Berruecos; la muerte civil que acabó con la vida de toda su familia y la muerte política del heredero del Libertador al quedar fuera de la historia convertido en el “Abel de Colombia”.

Juan Vicente Gómez, héroe para algunos aunque no para mí, permanece insepulto, y me anima pensar que es improbable que nuestro último y oscuro autócrata pueda alcanzar la gloria de alguna memoriosa eternidad después de que su delfín lo convirtiera en pajarito que revolotea sobre el país en derrumbe e imparte órdenes para continuar la batalla del llamado “socialismo bolivariano” que hasta el momento, después de casi 18 años de fracasos continuos, revolucionarios y antimperialistas no sabemos en verdad qué significa. “Batalla” es expresión de comando y de cuartel. Es belicosidad, ajetreo de malandro. No la imagino en el pico o en las alas del pajarillo en el que con tanta ilusión también quería convertirse la inefable Libertad Lamarque cuando prisionera de su juventud deseaba volar ansiosa entre las luces de su ciudad.

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