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Michael Penfold: La escalada

La escalada por Michael Penfold

Distribuidor Altamira (vista este-oeste). Fotografía de Diego Vallenilla.

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El bloqueo del Referendo Revocatorio es un punto de quiebre tanto para el gobierno como para la oposición. El chavismo ha provocado una ruptura constitucional que lo lleva ineludiblemente a la profundización de un sistema autoritario, pero además borra cualquier salida electoral a la crisis venezolana, al menos en el corto plazo. Así se plantea un problema de gobernabilidad muy serio para el chavismo en su conjunto, y no sólo para Nicolás Maduro, pues el gobierno ha roto incluso con las propias reglas bajo las cuales funcionaba la revolución. Al parecer sólo les queda el apoyo de los militares para mantenerse en el poder.

Al negar la salida electoral, el chavismo también negó su origen popular. Ya la revolución no es cívico-militar, sino un asunto estrictamente castrense, por lo que también deja de ser estrictamente chavista. Si el chavismo más radical pensó que el Referendo Revocatorio podía poner en riesgo el legado revolucionario, entonces también es cierto que la decisión de frenar su realización fulminó ese mismo legado que lo justifica.

Y no será sencillo para el chavismo convivir con esta decisión: la procesión va por dentro y semejante acontecimiento debe haber producido enormes fisuras.

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La oposición también ha entrado en otro juego político, uno que es sustancialmente diferente a la visión bajo la cual venían operando: han pasado de un camino electoral donde ya es mayoría aunque sus poderes públicos sean sistemáticamente vaciados de contenido, a un camino de rebelión ciudadana orientando a aumentar la protesta social para forzar el restablecimiento del hilo constitucional.

La movilización de calle a nivel nacional, la presión internacional y la necesidad de cuestionar el ejercicio de la presidencia a través de un juicio de responsabilidad política pasan a ser ahora esfuerzos que buscan precipitar una crisis interna dentro de la coalición oficialista, todo con miras a resquebrajar el sistema actual o al menos obligar a una posible negociación que asegure la restauración de la gobernabilidad democrática del país.

La estrategia política de la oposición se conoce como blitkrieg, con miras a hacer tan alto el costo de la represión a la movilización popular que obligue al gobierno a considerar la posibilidad de retractarse de la suspensión del referendo, adelante unas elecciones generales o acepte un colapso final del sistema.

El alto rechazo popular del gobierno como consecuencia de la crisis económica, el amplio triunfo de la oposición en las elecciones legislativas y haber cumplido con los requisitos iniciales para activar el referendo les permite hacer esa apuesta.

El gobierno, por su parte, redobla su dependencia del estamento militar y su control sobre las instituciones del Estado como mecanismo disuasivo ante la ofensiva opositora. Un sendero que implica el endurecimiento de la represión (sobre todo la represión selectiva) de una sociedad que se va a mostrar rebelde, pues permanece frustrada ante su incapacidad de producir un cambio político y económico por medio del uso de su propia Constitución.

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El sustrato de esta dinámica es una escalada del conflicto venezolano que supone, ineludiblemente, una nueva espiral de violencia. Muchos argumentarán que era previsible, dada la naturaleza intransigente del chavismo. Sin embargo, lo triste es que no sabemos si podremos salir de este proceso pues esta lógica sólo termina cuando alguna de las partes logre imponerse, bien sea a través de la presión popular o a través de la violencia.

Lo cierto es que el CNE, al bloquear la activación del único derecho constitucional que permitía promover un cambio democrático en el corto plazo, (incluso luego de condicionarlo con todo tipo de reglamentaciones) pasó a exacerbar la tragedia venezolana: al acatar la decisión de una instancia penal estadal sobre una competencia electoral nacional, mostró su lado más oscuro y complaciente del ejercicio del poder y abdicó sus funciones.

En medio de este contexto aparece El Vaticano como facilitador de una mesa de diálogo y negociación, pero cuya agenda va a tener que cambiar debido a la abrupta suspensión del revocatorio. Y aunque ambas partes reconocen a este actor internacional como un facilitador legítimo, todos ven este proceso con suspicacia. La mesa se convierte por lo tanto en un factor que divide a todo el espectro político del país.

Es decir: el diálogo y la negociación están comprometidos porque nadie los quiere, pero ambas partes lo necesitan.

El gobierno no quiere negociar, pero dialogar le permite ganar tiempo. Y la oposición quiere negociar sin dialogar para poder obtener las concesiones que reclama.

Y si bien algunos creen que los tiempos de Dios son perfectos, los de la Iglesia podrían ser diferentes.

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El país está entrampado.

La posibilidad real de que surjan unas elecciones generales adelantadas como resultado de acuerdos alcanzados en esta mesa es una opción realista, al menos en la medida en que la situación sea socialmente tan efervescente que obligue a los militares a imponer un acuerdo y una salida democrática.

Del diálogo mediado por El Vaticano puede resucitar también el revocatorio, pero esta vez con un mapa que contenga un potencial gobierno interino y la liberación de los presos políticos, a cambio de algunas garantías para el chavismo. Es lo que buscaría precipitar la oposición con las acciones que ha anunciado y es lo que una parte del chavismo aceptaría.

¿Y si la mesa se convierte en otro fracaso, como los que ya hemos experimentado en el pasado? Ante la magnitud del conflicto político venezolano, la intransigencia de las partes y el apoyo del sector militar al gobierno a la hora de contener a la sociedad sin la necesidad de convocar a elecciones, eso sería un triunfo para el gobierno, aunque igualmente tendrán que pagar un costo muy alto a nivel internacional.

Si eso pasa, Venezuela puede quedar aislada regionalmente.

Es cierto que el país ya entró en una nueva coyuntura histórica. Incierta. Volátil. Riesgosa. Incluso marcada por la escalada de un conflicto que determinará, sin duda alguna, la relación futura entre el Estado y la Sociedad en Venezuela.

Es seguro que este país no volverá a ser el mismo.

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