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Giraluna va al altar, por fin // #UnaFotoUnTexto

Foto del matrimonio de Andrés Eloy Blanco y Lilina Iturbe

Matrimonio de Andrés Eloy Blanco y Lilina Iturbe. Esta fotografía pertenece al ArchivoFotografía Urbana

Curiosa fotografía de boda esta, en la que los novios parecen haber sido juntados por la intervención de un técnico de estudio. Ella se ve más que real que él, cuyos bordes lucen desdibujados. Ella mira al de la cámara y él a algo que no vemos, que tampoco parece ser algo específico. ¿Se pregunta qué vida va a darle a esa encantadora muchacha que ha decidido compartir su impredecible peripecia?

Por Milagros Socorro

La novia tiene gesto de determinación. En menos de dos meses cumplirá 31 años. Ya todas sus primas y amigas están casadas, algunas ya tienen familia. Pero la expresión no es triunfal ni de alivio, ella jamás puso en duda que el matrimonio se realizaría. Quizá se reprocha una pizca haber supeditado la fecha a las andanzas políticas de él, que ya tiene 47 años, la edad en que su admirado Bolívar sucumbía en Santa Marta. Bueno, mejor disipar los pensamientos sombríos. Lo importante es que aquí están, saliendo de la iglesia, con velo y corona a dos aguas. Y el novio no puede estar más elegante. Venga, a celebrar. Mayor suerte no puede tener el hombre que ha puesto su firma en el documento que lo une a una mujer de su mismo mar, que estará a su lado en mil peripecias, incluida la última, de la que ella saldrá con el talante aplomado que le vemos en la foto, con la mirada franca, la barbilla orientada al porvenir y las emociones dobladitas entre los labios, contenidas y bien guardadas, como una pequeña baraja final.

Es el 17 de junio de 1944. Angelina “Lilina” Iturbe Castillo y Andrés Eloy Blanco Meaño acaban de casarse en la iglesia de San Juan, en Caracas. La iglesia ha estado colmada de amigos de todas las tendencias políticas, así como de artistas y poetas. La ceremonia ha puesto fin a un noviazgo de doce años, iniciado cinco años después de que la pareja se conociera, cosa que ocurrió en 1927, cuando ella tenía apenas 14 años. La propia Lilina le contó este evento inicial a Isa Dobles, quien la entrevistó en 1983, poco antes de la muerte de aquella. “Nos conocimos en el matrimonio de un pariente, en Valencia”, le dijo Lilina a Isa Dobles. “Y desde el comienzo comenzó a decir piropos ahí. Como yo era romántica, me interesó. Mi padre me lo presentó, porque él había estado cucarachoneando con una de mis primas. Yo tenía las pestañas inmensas… y se paró allí y me dijo: ‘Ah no, tú me gustas más que tu prima. Carita, Marisalá, présteme usted una pestaña, se me ha olvidado la caña y voy al río a pescar’”.

El recuerdo que guardaría Andrés Eloy de aquel primer encuentro, es tesoro compartido con la hispanidad. Lo consignó en el poema “Aparición de Giraluna”:

“Una boda al aire libre / de Valencia, por la tarde […] Y fue entonces: Una niña / y en dos trenzas los cabellos, / una luz en la mirada / que alumbraba hasta allá lejos; / ancho mirar, como plaza / para un noviazgo labriego; / las pestañas como juncos / junto a los ojos inmensos; / —¿cómo hará para cerrarlos? / ¡y qué grande será el sueño! […] Y escondida en los naranjos / encontré la nueva flor. / Encontré la giraluna, / la novia del girasol”

El padre de Lilina, a quien ella alude en la conversación con Isa Dobles, era el ingeniero Eneas Iturbe Bescanza, cuyo nombre aparece, junto al de su hermano Aquiles, en la historia de la ingeniería venezolana. Y su madre era hermana del padre de María Teresa Castillo, así que ellas crecieron como primas. Sería Miguel Otero Silva, esposo de María Teresa, quien llamaría a Andrés Eloy, para siempre, el Poeta de Venezuela.

Lilina había el 12 de agosto de 1913, en Carúpano; y como Andrés Eloy Blanco había venido al mundo 17 años antes, el 6 de agosto de 1896, en Cumaná, a esa cercanía se refiere él cuando escribe el poema “Caribe, del libro Giraluna, donde escribe:

“Como para decirlo de rodillas: / ¡Qué bien está que en nuestro mar me quieras! / ¡Qué bueno fue nacer en sus riberas! / ¡Qué bien sabrá morir en sus orillas! / Qué llano azul para sembrarle quillas / Qué historia de vigilias costaneras / ¡Qué mar de ayer, para inventar banderas / coloradas, azules y amarillas! / ¡Qué bien está decir que el mar es tuyo/ que el mar es mío y que en el mar te arrullo / con arrullo del mar de nuestra infancia!”

Se habían conocido en 1927, pero un año después Andrés Eloy Blanco fue hecho prisionero y confinado en el Barco de Piedra, el Castillo de San Felipe de Puerto Cabello, donde permanecería hasta 1932, cuando lo liberaron porque estaba muy enfermo. Ese mismo año comenzó el romance, que trascurriría al hilo de los sobresaltos de la historia de Venezuela de la primera mitad del siglo XX.

El galán milita, se cuenta entre los fundadores de Acción Democrática, legisla, escribe columnas de opinión, escribe libros de poesía, arengas a las multitudes con su formidable oratoria, sale corriendo del país cuando la mano viene mala. Y sus finanzas no se ven precisamente favorecidas por esta agenda. Un año antes de la boda, en 1943, al replicar, en una sesión de la Cámara de Diputados, a un colega de tolda contraria, que quiso descalificar sus habilidades de legislador por ser poeta, estableció que a su vocación de bardo sumaba sus conocimientos de abogado y sus dotes de tribuno. “Precisamente he tratado de juntar siempre mi cualidad de diputado con mi cualidad de poeta. Porque tengo del poeta un concepto nuevo; porque considero como la más alta de sus funciones la función social del poeta. Yo debo con todo afecto corresponder a la frase del diputado Manzo, quien en este caso no fue muy ‘manso’ conmigo que digamos, diciéndole que yo no soy un notable abogado. En mí lo único notable como abogado es la falta de clientela”. En fin lo dicho, Andrés Eloy era un buen partido, qué duda cabe, pero no por su economía.

Cuando Rómulo Gallegos llegó a la Presidencia de la República, nombró a Andrés Eloy su canciller. Estaría al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores desde el 15 de febrero de 1948 hasta el 24 de noviembre de 1948. Poco meses y tampoco era exactamente gozar de las mieles del poder. Luis Felipe Blanco Iturbe, hijo de la pareja, ha contado, según escribió José Félix Díaz Bermúdez, en su columna en El Universal, que recuerda “vívidamente las salidas de madrugada, embojotado en cobijas y en el asiento trasero de un carro grande y negro de la Cancillería, rumbo a la casa de algún primo, mientras mi madre se acogía a la de una hermana, porque los murmullos eran incesantes…”.

Finalmente, las murmuraciones se hicieron realidad, Rómulo Gallegos fue derrocado por un golpe militar. El canciller se encontraba al frente de la delegación venezolana que asistía a la Tercera Asamblea General de las Naciones Unidas, en París. Inmediatamente se exilió en México. Con Lilina y los dos hijos, se residenció en Cuernavaca. ¿Por qué allí? El escritor norteamericano Howard Fast lo explica, en su relato Cristo en Cuernavaca:

“Cuernavaca está lleno de desterrados de una y otra clase, así ha sido por muchos años: los republicanos españoles en destierro y, antes que ellos, los desterrados alemanes y, aún antes, los desterrados de toda América Latina; porque si uno tiene que si uno tiene que estar desterrado, ¿dónde mejor que en un pueblo encantador y tranquilo como Cuernavaca? [Allí van] muchas otras personas enfermas con el miedo y con el horror de lo que estaba sucediendo en la tierra en que nacieron”

Andrés Eloy no regresaría a Venezuela. No vivo. El 21 de mayo de 1955, cuando regresaban a Cuernavaca, tras haber asistido a un acto conmemorativo de la muerte de Alberto Carnevali , —quien había fallecido dos años antes, el 20 de mayo de 1953, en la Penitenciaría General de Venezuela, San Juan de Los Morros, estado Guárico—, tuvieron un malhadado choque de automóviles de saldo trágico. Él murió y Lilina resultó herida. Tres semana después, el 6 de junio, sus restos fueron trasladados a Caracas para su sepelio, vigilado de cerca por el régimen. Muerto todavía les parecía peligroso.

Lilina, la Giraluna de la literatura venezolana, murió el 25 de noviembre de 1983.

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Lea también este texto en el portal del Archivo Fotografía Urbana

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