Inicio > Opinión > Antonio Sánchez García: Sumo Pontífice, en respuesta a Eduardo Fernández

Antonio Sánchez García: Sumo Pontífice, en respuesta a Eduardo Fernández

Del mismo modo que admiré el comportamiento ejemplarmente democrático y ciudadano de mi amigo Eduardo Fernández cuando no titubeó en inclinarse por la verdad antes que por sus intereses presidencialistas, condenando el golpe de Estado que nos trajera a estos abismos y en el otro extremo del repudiable comportamiento de su maestro y ductor Rafael Caldera, que prefirió montarse en la cresta de la ola golpista en atención a sus estrictos intereses presidencialistas, abriéndole a la felonía los portones del poder a cambio de ser el portero de esta siniestra nueva era de nuestras desgracias; del mismo modo, y ya hundidos en el fango del castrocomunismo y la dictadura en que derivaran aquellos polvos, debo rechazar el oprobioso artículo del mismo nombre que Eduardo redactó en que corre en salvaguarda del papel del Sumo Pontífice como punto de encuentro entre la dictadura abierta y declarada, con sus espantosas consecuencias, y el pueblo democrático que sufre sus inclemencias.

Si hace veintiséis años estaba claro para Eduardo Fernández que Carlos Andrés Pérez representaba el Estado de Derecho, en cuya defensa había que movilizarse a cualquier costo, y los comandantes golpistas y el golpismo civil que los acompañaba en el asalto al poder, consumado siete años después, representaban el retroceso a las dictaduras del pasado, hoy, el mismo – ¿u otro? – Eduardo Fernández adelanta la falaz tesis de Arturo Sosa sj, cuya ardorosa defensa asume, como la del Sumo Pontífice, según la cual este puente pontifical del diálogo, valga la redundancia, une dos orillas de la misma validez y las mismas intenciones.

Dos pares de iguales, por así decirlo.

Dos orillas de un mismo río.

Los enviados del papa blanco, seguramente respaldados por el papa negro, pretenden que es esencial que conversen y dialoguen dos interlocutores de iguales derechos y reclamaciones: el asesino con los asesinados, el represor con los reprimidos, el violador con los violados, el asaltante con los asaltados, el torturador con los torturados, el responsable de la crisis, con quienes la sufren, en entreguista de nuestra soberanía con los que perdieron la suya. Los fariseos del templo con los manipulados, los crucificadores con los crucificados, Jesús con Pilatos.

¡Valiente reinterpretación de los sagrados evangelios! Sólo posible, por cierto, si quien enjuicia y determina lo que es bueno y malo se encuentra en una elevada torre de cristal y puede medir “el encontronazo entre dos trenes”, como lo afirmara Sosa hace más de catorce años, jurando que se trata de dos vectores propios de la química inorgánica. ¿Con quién están Eduardo Fernández, Jorge Alejandro Bergoglio y Arturo Sosa? ¿Con la sociedad abierta, libre y democrática que pretendemos construir los opositores o con la tiranía de corte castrocubana que administra el sátrapa Maduro? ¿O me dirán que ellos gozan del privilegio angelical de estar por sobre las tribulaciones y penurias de nosotros, los simples mortales, y pueden tratar a Caifás y a Jesucristo como si representaran exactamente los mismos valores y principios?

¡Qué inmensa desilusión ante un venezolano que pretende llegar algún día a la presidencia de la República! ¿Cree que lo será en brazos de la connivencia, la obsecuencia y la complicidad con un régimen dictatorial? Lo dudo. La política, en Venezuela, por lo menos desde el ejemplo imborrable de Rómulo Betancourt, todavía se juega en el terreno de las verdades. Y la solidaridad con los que sufren es más determinante que los halagos y carantoñas a los responsables de nuestros sufrimientos. Gracias a Dios.

Te puede interesar