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Fernando Rodríguez: Cultura para armar, Poder Intelectual

Siempre me ha parecido curioso el poder que se atribuyen los intelectuales en el planeta y en la hora que vivimos. Suelen otorgarse a veces una influencia decisiva en el ágora nacional. Por ejemplo un muy laureado cineasta dijo en varias entrevistas que su película, bastante hermética y alejada del tema político, iba a contribuir a la reconciliación de los venezolanos.

Hasta donde sé fue vista por unas 15 mil personas, a pesar de la abundante promoción que tuvo por el muy importante galardón que ostentaba. Y dudo mucho que en ese escasísimo público haya modificado mínimamente sus actitudes ante el conflictivo presente nacional.

Ese inflamiento del poder de intervenir en la opinión de la llamada alta cultura se repite a menudo y es, en general, desmentido objetivamente por la cantidad de receptores y los muy dilemáticos efectos sobre amplios públicos de poetas muy sofisticados o pintores de trazos furibundos o ensayistas iluminados . Igual vale para aquellas expresiones como la televisión o el cine, con posibilidades de auditorios mayores. Casi se diría que, salvo excepciones, la cuantía difusiva de la obra tiende a ser inversa a su calidad, a mayor excelencia menos público y viceversa.

El mundo está a merced de la comunicación masiva, como habían previsto los pensadores Frankfurt y otros apocalípticos del siglo XX. Recuerdo que en una Francia que todavía oía mucho a sus intelectuales, una larga tradición, los “maestros del pensamiento”, que se puede remontar a Víctor Hugo y que remoza Zola, decía Sartre, en ese momento el más afamado de éstos, que había terminado esa relación muy peculiar de su país y que ese papel de tutoría espiritual pasaba a los medios de comunicación, a pesar de los Camus, Malraux, Beauvoir, Mauriac, Aron, Breton…de entonces. Nada más cierto. Ni nada más cierto que el eclecticismo posmoderno de las nuevas generaciones ha aplanado al máximo el concepto de cultura, no hay demasiada diferencia entre los consejos de Ismael Cala y un poema de Eliot, entre Fellini (más bien fósil para académicos) y la última fatigosa serie de televisión.

“En cualquier caso la industria cultural no encuentra resistencia cuando pone un cerco a la cultura y reivindica para sí todo el prestigio de la creación” dice Alain Finkielkraut en su premonitorio libro “La derrota del pensamiento”.

Pero es tema ya bastante trillado esta minusvalía de la cultura en las sociedades actuales. Si acaso alguna presencia pueden tener en la vida cívica los intelectuales es ocupando lugares en los espacios de opinión de los medios que son más propiamente políticos a secas. Todo lo cual no niega el valor imprescindible de la vida cultural para la sobrevivencia y la dignidad de lo humano, pero con su tempo y sus barandas debidos.

Esto viene a cuentas de un artículo que anda por ahí del muy respetable Fernando Mires que dice algo así como que la victoria de Trump es, entre otras cosas, contra del Poder intelectual norteamericano que lo detesta y él detesta. Como si éste fuese una fuerza muy contundente en esa o cualquier otra sociedad de nuestros días. Lo cual es una hipérbole realmente asombrosa. El millonario fascistoide está peleando contra muchos valores civilizados pero de allí que su rival sea la inteligencia americana hay un abismo.

Así como Mires reconoce que no está luchando contra las élites, como dicen muchos, pues Trump pertenece a las élites; igualmente se podría decir que tampoco está peleando contra la cultura porque él pertenece a lo que hoy alberga ésta.

Su Miss Universo no resulta diferente, en esencia, a la Bienal de Venecia o al Premio Nobel. Lo sabemos nosotros que hemos hecho de la belleza de nuestras misses un emblema de la identidad nacional y un orgullo patrio con pocos equivalentes, Dudamel, la santidad escatimada de José Gregorio Hernández o nuestras grandes ligas… Y sus grandes edificios y conjuntos vacacionales forman parte legítima del parque de la arquitectura contemporánea flamboyant.

De manera que esa guerra es ficticia. En todo caso sería de David contra Goliat; de las altas finanzas, o un sector de ellas, contra un ámbito cada vez más encerrado en sí mismo y sus públicos en franco decrecimiento o, dicha de otra forma, cediendo todo el ámbito de la difusión cultural a los poderosos instrumentos masivos o a eso que algunos culturólogos llaman midcult, la verdaderos valores del espíritu degradados y embasados para su amplio consumo, tipo el Oscar o la psicología positiva o el budismo trasquilado.

Y en el fondo lo digo porque estas desubicaciones pueden ser bastante dañinas en medio de combates como el que llevamos los demócratas venezolanos. Y donde es importante saber con qué contamos y como usarlo y contra quien. Hace ya varias semanas, verbigracia, salió un muy justo documento de los intelectuales venezolanos, con firmas muy selectas y calificadas. Creo que nadie me ha dicho nada ni he encontrado alguna palabra pública al respecto.

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