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Rafael Del Naranco: Estación Termini; Lectura y brisa

Leer puede ser un bálsamo o una destemplanza dependiendo del ánimo y la propia lectura. Hay libros que nos llevan a tardes quietas entre setos, crepúsculos o alientos  bulliciosos.

Estos últimos días en Roma, con motivo de asistir al consistorio en que el Papa Francisco impuso el birrete color púrpura al arzobispo de Mérida, Baltazar Porras, como nuevo cardenal; en un pequeño hotel paralelo a la estación Termini, volvimos a releer las conversaciones que el fotógrafo Brassaï mantuvo con Picasso en una ciudad de París con desgarradas irisaciones de niebla arrancadas al Sena, fulgor sensual hasta la saciedad en el Barrio Latino, entonces ardiente y bohemio como jamás volvería a serlo nunca más.

Aquellas páginas del húngaro, amigo igualmente de Matisse, Dalí o Giacometti, son las que mejor nos han ayudado a deslumbrar la savia reverdecida del genio nacido en las empalizadas del Perchel, arrabal extramuros de Málaga, barriada donde el pintor comenzó a saber que colorear la diaria existencia era moldear los legatarios atributos de la naturaleza emergiendo ahí abajo, en los subterráneos del aliento uncidos a las persuasiones creadoras.

Acompañando ese paseo congelado en el tiempo, nos escolta en esta tarde otoñal y mediterránea “El desfile de la vida”, producto de la imaginación del geólogo  John Hodgdon, páginas en que la evolución de la supervivencia sale a nuestro encuentro; y, en tercer término, leemos –sobre cuerpos calcinados convertidos en yeso debido a la erupción del Vesubio– “Pompeya”, una incidencia narrativa desarrollada en 48 horas, el lapso trágico y cortante de ver fenecer la ciudad conocida en su época como la perla de la bahía de Nápoles, ciudad amada y odiada a su vez en los escritos del hoy olvidado Curzio Malaparte.

Hay otros textos hoscos, ásperos, cuyos renglones, púas o flechas de ballesta, desgarran, abren cicatrices y escarban en abatidos recuerdos.

De estos últimos nos adjudicamos,  inclinados al tálamo en el que intentamos conciliar los desvaríos del sueño, la antología poética “No vendrá el diluvio tras nosotros”, versos que Joseph Brodsky comenzó en Leningrado (San Petersburgo) y concluyó, ya exiliado, en Estados Unidos, cuando las fibras de su corazón comenzaban a deshacerse.

En esos poemas se presiente la mano del campesino de la heredad de abedules que el poeta jamás pudo moldear o sembrar.

Brodsky bebió (y fumó) la vida a grandes sorbos, y la misma, igual a la bruñida madrecita Rusia, se lo llevó de un zarpazo hacia la “orilla de miel congelada”, y así pudo estar cerca de la matrona que con su pueblo –siempre en las desgracias–, amara en sentido literario. Era la sublime Anna Ajmátova.

Todos alguna vez, al compás de salmodias, hemos abrazado agazapados a hojaranzos, arces y noches blancas, la elegía a John Donne.

Dormido el poeta del afecto metafísico con la alucinación sagaz y las divagaciones envueltas en un caftán, rapta a Brodsky. Así lo señala Jan Sjacel:

“Los poetas no inventan los poemas / El poema está en alguna parte ahí detrás / Desde hace mucho tiempo está ahí / El poeta no hace sino descubrirlo”.

En otra vertiente, existen escritores enseñando esquinas y bifurcaciones en las trochas del resuello. Ejemplo: Adolfo Bioy Casares. Su obra es célebre, apreciada y, aún así, no leída. Los libros, igual a la piel, se arrugan, pierden tesura y se vuelven cartón piedra. Al pibe argentino le sucede eso, aunque no se lo merecía. El personaje más suyo, Morel, aún sigue en busca de una isla en algún lugar del Río de la Plata. Hay señales de que indaga la figura en el arrecife de su admirado Edgar Allan Poe.

Lo manifiesto, lector: leo y releo de manera durable sus “Historias de Amor”. En uno de sus aforismos señala: “El amor entre personas honestas raramente es inocente”. La frase es cercana al murmullo de un aleteo de cisnes amancebados y quizás uno de ellos herido.

Con Casares –amigo duradero de Jorge Luis Borges– hay algo siempre al encuentro de un vientecillo libertino en cualquier mañana de un mes porteño: “La vida, sin sus jardines ajenos, tendría  otro aislamiento”, señalaba el ciego del barrio de Palermo.

Son pequeños fragmentos breves en una caja de resonancia bajo la envoltura de su fina ironía.

Iniciamos estos párrafos con Gyula Halász –Brassaï– , y finalizamos, hasta que nos llamó el sueño romano, con los versos de Rafael Alberti en “Lo que canté y dije de Picasso”.

“Pablo me dice: Estás mejor que nunca.

Te pareces al Carlos IV de Goya.

El mismo perfil, el pelo, algo rizado sobre el cuello y las orejas.

Una moneda pelucona… Un día te haré un retrato…

¿Cuándo?”.

Sin duda Alberti poseía rasgos cristalinos manados de un cuadro velazqueño untado con aceite de oliva andaluz.

Y es innegable: hay tantas Romas como queramos. Ésta de ahora nos envolvió, al cobijo de la sorprendente Estación Termini, en ternura literaria.

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