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Vladimiro Mujica: Ayuda humanitaria

La noticia se lee tersa y horrenda en su desparpajo y simplicidad, perdida en un escenario de sufrimiento y humillación inimaginable para los venezolanos hace dos décadas, cuando comenzó la hecatombe histórica de la era chavista. Escojo uno cualquiera de los numerosos partes de medios (http://prodavinci.com/2016/11/24/actual … rodavinci/). “Este martes 23 de noviembre de 2016, un contenedor proveniente de Chile que traía donaciones de medicamentos para la fundación Cáritas Venezuela fue declarado en “abandono legal”. Cáritas es una organización de asistencia social de la Iglesia Católica que se encarga de brindar ayuda humanitaria a las personas más necesitadas. Según informó el Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria (Seniat), el cargamento de 617 cajas, compuesto por 525 unidades de medicamentos y 92 de suplementos alimenticios, llegó al Puerto de La Guaira el pasado 23 de agosto de 2016.

El Seniat argumentó que el contenedor ingresó al país sin uno de los permisos y que no se siguieron los requisitos para la nacionalización de la mercancía. Por tal motivo, el órgano confiscó las medicinas y las entregó al Instituto Venezolano de Seguros Sociales, una acción que fue rechazada por distintos voceros de la oposición venezolana”.

A pesar de la vergüenza que despierta el episodio de Cáritas, el mismo termina por perderse en el mar interminable de colas por comprar alimentos; de peregrinaciones por encontrar medicinas desaparecidas del mercado; de gente buscando comida en los basureros; de niños que se desmayan en las escuelas por hambre; de gente que muere por enfermedades crónicas perfectamente controlables. Pensando en todo esto la pregunta termina por ser inevitable: ¿Por qué el gobierno de Venezuela se resiste a recibir ayuda internacional para paliar y aminorar la crisis de hambre y sufrimiento que afecta a una buena parte de la población? La respuesta más aceptada y simple es que al gobierno no le conviene la aceptación de una declaración internacional de “crisis humanitaria”, como ha sido propuesta en la OEA y la ONU, porque ello pondría de relieve el fracaso de las políticas económicas y sociales de la revolución chavista.

Hay sin embargo, otra dimensión, más cruel y calculada, involucrada en la respuesta a la pregunta planteada en el párrafo anterior. El gobierno juega deliberadamente con el hambre y la miseria de los venezolanos como instrumento de control político y social. Internalizar este argumento permite entender el increíble cinismo de abrir silenciosamente la importación de productos y mercancías que hoy llenan los anaqueles de tiendas y supermercados en Venezuela a precios exorbitantes, sin que nadie que viva solamente de un sueldo en bolívares débiles los pueda comprar. Es decir a la escasez provocada por sus desatinadas políticas que han arruinado a la economía venezolana, hay que añadirle el que el gobierno se preocupa por corregir las imágenes de anaqueles vacíos que tanto daño le hacían a su reputación externa. O la creación de los CLAP, un instrumento para distribuir comida de manera excluyente, a cambio de lealtades políticas. En otras palabras: el hambre y la miseria son generados y administrados por el propio régimen como una forma de contener y desordenar el avance de las fuerzas que pretenden desplazarlo del poder.

Contrariamente a lo que mucha gente parece creer, el hambre y la miseria no generan conciencia ciudadana, ni conducen necesariamente a la rebelión social. Las hambrunas agudas creadas por Mao en China, o Stalin en la Unión Soviética, causantes de millones de muertes; o las carencias crónicas y sistemáticas de los cubanos son solamente dos ejemplos de cómo estos pavorosos instrumentos de humillación pueden ser empleados para distraer el crecimiento de los movimientos ciudadanos. Democracia y libertad pasan a un segundo plano, conceptos abstractos alejados de la lucha diaria por la supervivencia. Apuntar a que la desobediencia civil se pueda producir por el hambre y el sufrimiento de la gente, puede terminar por ser un peligroso espejismo que conduzca no a la ansiada desobediencia civil organizada sino al caos y la anarquía que pueden desatar la violencia incontrolada y terminar por atornillar aún más al régimen chavista.

La comprensión de estos perversos mecanismos de ejercicio del poder obliga a las fuerzas de la resistencia ciudadana a calibrar cuidadosamente las acciones y el lenguaje asociados al tema de la crisis humanitaria. Comprensiblemente, existe en muchas organizaciones internacionales y de venezolanos, tanto en el exterior como dentro del país, la enorme preocupación por aminorar el sufrimiento de nuestra gente. Pero esto no puede conducir a perder de vista que no hay ayuda humanitaria, independientemente de sus dimensiones, que pueda corregir los males endémicos de una economía moribunda y de una política criminal del gobierno nacional, enemigo de su propia gente. Sin duda que Venezuela requiere de la solidaridad internacional, pero esta acción debe tener dos ángulos, la ayuda humanitaria y la denuncia consistente acerca del origen de la crisis en las políticas del régimen chavista. Quizás exagerando un poco las cosas, hay que de hecho insistir en cada oportunidad posible en que probablemente la mejor ayuda humanitaria al pueblo venezolano es salir pacífica y democráticamente del gobierno causante del mal y la humillación que hoy aturde la conciencia del mundo civilizado y genera una sensación de indigencia mental frente a la pregunta inevitable ¿Cómo puede sufrir tanto la gente de un país potencialmente tan rico como Venezuela?

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