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Paulina Gamus: Los nuestros no son así

En la década de los 70, Venezuela fue el refugio de miles de argentinos, uruguayos y chilenos perseguidos políticos en sus países de origen. Aquí, en la hospitalaria y entonces próspera Venezuela, lograron no solo salvar sus vidas sino también desarrollarse profesionalmente y lo más importante para quien emigra: hacer amigos. Algunos de ellos lo fueron de mi familia y de mi casa. Mi marido era en ese entonces profesor en la Escuela Naval de Venezuela y algunos  de sus compañeros de trabajo, con altos rangos en esa carrera militar, eran  invitados habituales a nuestras reuniones. Inolvidable la cara de terror de los amigos, sobre todo argentinos, al toparse la primera vez con aquellos uniformados. Para ellos todo lo militar era sinónimo de abusos, tropelías, prisión, torturas, desapariciones. Cada exiliado tenía una historia macabra que narrar.

Pero el hielo se derritió rápidamente como suele suceder con la manera venezolana de relacionarse. Oficiales venezolanos y exiliados sureños pasaron de la cordialidad a la camaradería y en algunos casos, a la amistad. “Eso jamás habría ocurrido en mi país”, solían decirnos y nosotros respondíamos con orgullo que nuestros militares eran diferentes, que se habían forjado en democracia, que jamás serían capaces de cometer los crímenes que se sucedían en aquellos tres países sureños. Que, incluso durante la dictadura de Pérez Jiménez, no fueron los militares los encargados de torturas y desapariciones, sino la policía política o Seguridad Nacional. Sin embargo, hasta la policía política era distinta  ahora en democracia. De vez en cuando cometían excesos pero gracias a la libertad de expresión, los hechos se denunciaban, se investigaban y se castigaba a los culpables.

A diecisiete años de la llegada de Hugo Chávez al poder, nada de lo que fue es y lo que ahora es nos llena de vergüenza y de rabia. La fuerza armada regular, las incontables policías estadales y municipales a las órdenes de gobernadores y alcaldes chavistas y los colectivos, brigadas, batallones y demás grupos paramilitares armados y amparados por los gobiernos de Chávez antes y de Nicolás Maduro ahora, dan sobradas pruebas de que es mentira que un hombre investido de alguna autoridad, portador de un arma y con licencia para matar, sea mejor que otros por el hecho de ser venezolano. La masacre de Cariaco, Estado Sucre, en la que fueron asesinados nueve hombres sin que se les pudiera imputar algún delito y la de Barlovento, Estado Miranda, en la que al menos doce jóvenes que ni siquiera se conocían entre sí, fueron sacados de sus casas, abaleados y luego enterrados en fosas comunes, son la evidencia de la descomposición moral que hoy sufren los llamados cuerpos de seguridad del Estado.

Los venezolanos, sobre todo los venezolanos pobres, esos que en su mayoría le dieron sus votos a Hugo Chávez porque era su  su redentor, el muchacho tan pobre como ellos que llegó para redimirlos y para vengar la marginación a la que habían sido sometidos; son hoy el blanco predilecto de sádicos con licencia para matar. La impunidad que Chávez y Maduro ofrecieron al hampa común, hoy se extiende a policías y militares de manera que  no se sabe cuál de  ellos resulta peor.

La fiscal Luisa Ortega Díaz guarda tal silencio y tan nulo perfil desde hace meses, que la suponemos recluida en algún monasterio cartujo. Al Defensor el Pueblo, Tarek William Saab, hay que aplaudirle, al menos en el caso de los asesinados de Barlovento, haber reconocido públicamente que no tenían antecedentes penales. En cuanto a quien ocupa la presidencia la República, Nicolás Maduro, su indiferencia, su falta de humanidad, su sensibilidad cero, no asombran. Alguien que impide que lleguen medicinas al país para salvar las vidas de miles de niños y de enfermos crónicos, no puede sentir la menor piedad por esas vidas segadas con la mayor vileza ni  por el dolor de sus familias.

P.S. El 1º de diciembre la prensa anuncia que la Fiscal Luisa Ortega Días salió del claustro y regresó a la vida mundana para  reconocer, no solo el vil asesinato de los jóvenes de Barlovento, sino además las torturas a las que fueron sometidos. Parece que, por fin, esta vez se hará justicia.

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