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Rafael Del Naranco: ¡Ay Cuba, si te dijera!

El régimen cubano se ha mantenido a razón de tres factores: ser una isla, quedar en medio de la guerra fría entre Estados Unidos y Rusia, y el denuedo de Fidel. Se podría añadir otra causa: la torpeza de Washington, cada vez más ofuscada. Si las relaciones entre los dos países se hubieran mantenido, aun en contra de las bravuconadas del Comandante que solicitó a Moscú lo cubriera con su piel de oso, la llegada de la Coca-Cola, el Play Boy, las hamburguesas y sus McDonald’s, las canciones de Frank Sinatra, los discos de jazz, la liga de beisbol, las palomitas de maíz o las películas de Walt Disney, otro gallo cantaría en el país con forma de cocodrilo.

La historia es y seguirá siendo verdad aun mirándola al revés. Fidel Castro ha sido un autócrata revestido de  inteligencia nata, poder desmesurado y coraje. No había ley ni decisión que no fuera la suya. Bajo su lobreguez los cubanos eran súbditos sumisos. Lo dijo sin tapujos en uno de sus maratónicos escritos en “Granma”, tras ordenar la detención del poeta Heberto Padilla al haber publicado éste un comentario elogioso sobre el libro “Tres tristes tigres” de Guillermo Cabrera Infante: “Dentro de la Revolución todo, fuera de ella nada”.

Si alguien desea conocer más de esa realidad surrealista que manaba angustia a borbotones, puede leer “Persona no grata” de Jorge Edwards, que en misión diplomática, había enviado a la isla el presidente chileno Salvador Allende.

Nuestra experiencia en Cuba ha sido menos calamitosa que la de sus habitantes. Una detención en el Hotel Habana Libre. Llevado a una sede policial en Miramar y sentado durante más de seis horas en una banqueta. Tras ser interrogado, y con la orden de expulsión, trasladado en una patrulla –teniendo que pagar la gasolina–   al Aeropuerto José Martí.

El recuerdo actual que mantenemos de La Habana es el de unos hombres y mujeres recluidos en una vida indigente, anodina, aletargada, mientras caminan cual androides estremecidos por las decadentes calles de la vieja ciudad rumiando sus destruidas ilusiones.

Hace la friolera de más de medio siglo, cuando un utópico Fidel entró en la ciudad de las amplias avenidas, palacios renacentistas del “art nouveau”  europeo, “en la que todos los estilos aparecen representados, conjugados o mestizados hasta el infinito”, en palabras de Alejo Carpentier, la metrópoli se convirtió en una litografía alicaída y  anticuada, reflejo de la más lúgubre expresión.

La Habana es una urbe arquitectónicamente convertida en momia bajo la mirada quejumbrosa del Faro erguido en el Morro. Su gente canturrea, gimotea, susurra y sigue las predicciones jamás cumplidas de sus babalaos a las puertas de las desvencijadas viviendas, con el mismo garbo e impavidez que sale con una bolsa de plástico a buscar algo de comer entre esas calles del dios marxista, que agarrota el anhelo hasta el cansancio al ritmo esclavista de “Patria, socialismo o muerte”. ¡Na’guará!

A esto se debe añadir la postura trasnochada de la llamada izquierda radical de América Latina. Ella mantuvo la mecha encendida de la dictadura cubana a razón de sus intereses, sin importarle la democracia, al ser su vocación intrínseca y malandrina el totalitarismo, la tirria a la libertad y el desprecio a los valores humanos.

Un jueves 13 de octubre de 1960, a los pocos meses de haber tomado Fidel Castro el poder, el entonces presidente títere, Oswaldo Dorticós, firmaba un decreto que acabó con la propiedad privada y llevó al país a un continuo racionamiento de hambre.

Al decir de la Revolución, el progreso solamente podía lograrse mediante la planificación de la economía, la toma de tierras y el control de las industrias. Unido a ello de manera inexorable, una obediencia plena al máximo líder.

Fue un año antes -abril de 1959- cuando el barbudo, usando su magia de encantador de serpientes, en ocasión de un viaje a Estados Unidos invitado por los grandes medios de comunicación, vendía su revolución basada en una lucha entre pobres y ricos.

Allí expresó de forma demagógica: “El capitalismo sacrifica al hombre. El Estado comunista, por su concepción totalitaria de la libertad sacrifica los derechos del hombre. Por ello, nosotros no estamos de acuerdo ni con lo uno ni con lo otro. Nuestra revolución es una revolución cubana autónoma. Es tan cubana como nuestra música. ¿Se pueden imaginar que todos los pueblos oigan la misma música?”.

Los ingenuos americanos, con ojos humedecidos, veían en su imaginación a desnudos mambis con taparrabos y un machete en la mano, peleando contra los hacendados azucareros por un plato de congrí.

Al regreso, Fidel cimentó unas Fuerzas Armada a su imagen. Desaparecieron periódicos, emisoras de radio y televisoras. Es decir: la conciencia libre. Solamente había una referencia: dentro de él, un asomo de subsistencia; fuera, ni la brisa del Malecón.

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