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Juan Carlos Parisca: Hasta la victoria siempre, Comandante

 

Porque esta gran humanidad ha dicho ¡Basta!, y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de una vez inútilmente. ¡Ahora, en todo caso, los que mueran, morirán como los de Cuba, los de Playa Girón, morirán por su única, verdadera, irrenunciable independencia! (II Declaración de La Habana)”.

Era el 4 de febrero de 1962. En adelante ya nada sería igual para nadie. Para mí el cambio había ocurrido antes y se confirmaba definitivamente. Pero ahora la partida de Fidel revuelve un tramo de historia de más de 60 años, con una proyección universal hacia un futuro de dimensión desconocida. Siento la necesidad irreprimible de contar mi experiencia cubana.

En pleno Malecón

Llego a La Habana por Rancho Boyeros una tarde con mucho sol. Me espera un joven que pregunta por mi nombre y me lleva al Hotel Habana Riviera, en pleno Malecón.

Al siguiente día me llaman a la habitación por teléfono. En el lobby me espera un cubano muy amable que se identifica como miembro de seguridad del Estado. Me dice que debo esperar unos días para reunirme con un grupo de venezolanos que viene para Cuba.

Una tarde me invitan a una concentración en la Plaza de la Revolución donde hablará Fidel. Se trata del primer aniversario de la fundación de los Comités de Defensa de La Revolución CDR. Puedo ver a Fidel de cerca. Entre muchas cosas dice que han salido del país casi todos los médicos. Que para resolver la crisis hay que graduar nuevos médicos en tres años. Me sorprende porque mentalmente lo comparo con la situación venezolana, donde la medicina no le llega ni a la mitad de la población.

Los días pasan y el esperado grupo no llega. La crisis de los cohetes había retrasado todo, pero me había permitido vivir la experiencia de un pueblo completo en su lugar de combate. Cada uno con su fusil en su trinchera, esperando a un enemigo que rodeaba la patria amenazándola con una agresión para hacerla desaparecer.

A fines de noviembre nos informan que nos vamos a integrar a una unidad del Ejército Rebelde. Me gusta la idea. Otro día nos viene a buscar en un jeep un soldado que porta metralleta y viste traje del ejército con boina verde. Monto mi equipaje y salimos de La Habana por El Vedado. El soldado es sumamente cordial y se interesa por la política venezolana.

Nos integramos a un pelotón bajo el mando de Domingo Hernández, teniente veterano de la Sierra. Fue una verdadera experiencia de guerra. Pude ver de cerca la vida del soldado en combate. La vida y la muerte. El mismo terrible olor a pólvora cuando comienzan los tiros. Era el mismo de las experiencias urbanas en Caracas. Pero en el monte, con armas de guerra y en traje de campaña, la vivencia era mucho más fuerte. Cuando salí de allí me sentía mejor preparado para asumir la condición de soldado de nuestra guerra popular.

Llegó el día de Navidad. En la tarde del 24 de diciembre paseamos por el pueblo. Los soldados se mezclaban con los campesinos. Había varios grupos de músicos tocando piezas del folklore local. Mucha alegría. Nos brindan tragos de Habana Club con coca cola cubana. Al anochecer regresamos al campamento. Nos espera una sorpresa. Sin nosotros saberlo Domingo salió de cacería y trajo un cochino salvaje. Cuando llegamos el puerco ya tenía varias horas a la parrilla. Al lado hervía una olla de moros y cristianos. Seguimos la fiesta. Disfrutamos de una magnífica cena cubana.

En el desfile

Otro día nos vienen a buscar. Recogemos el equipaje. Nos despedimos del pelotón. Domingo nos asegura que nos verá en Venezuela. Partimos para La Habana para estar en el desfile del tercer aniversario en la Plaza de la Revolución. El primero de enero muy temprano nos viene a buscar el jeep. Nos deja en la plaza. Ya estaba reuniéndose la gente. Al terminar la concentración me encuentro con un grupo de venezolanos. Nos saludamos muy contentos.

Uno del grupo, me dice: ¡hola, papá! Estoy muy sorprendido. Dos días antes, el 29 de diciembre, Lila había dado a luz a una niña. Se llama Sonia. Todos me felicitan. Me siento a la vez muy alegre.

Poco después iniciamos el retorno a Venezuela. Volamos a París. Al llegar hacemos contacto con el partido. El plan para el retorno clandestino no me inspira confianza. Volar a Colombia, buscar un contacto que nos llevará a Cúcuta para pasar la frontera, no me gusta nada. Me propongo comprar un pasaje para Bogotá con escala en Maiquetía, bajarme como pasajero de tránsito y una vez allí entrar sin pasar por Extranjería. Así lo hago.

Nuestra participación en este proceso fue posible por la heroica lucha de Fidel por la liberación de la Patria Grande. Con su partida esta aventura personal, antes olvidada, se hace presente para formar parte de la historia inconclusa de las luchas de nuestro pueblo.

 

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