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Venezuela: vivir sin medicinas; por Valentina Oropeza

Fotografía de Gabriel Méndez

 

Este reportaje, realizado por la periodista venezolana Valentina Oropeza, fue publicado por el diario alemán Süddeutsche Zeitung el 19 de noviembre de 2016. La traducción al español, en exclusiva para Prodavinci, reúne una actualización de datos sobre el Sistema Público Nacional de Salud en Venezuela.

Por Material cedido a Prodavinci

Aquella caída desató los síntomas de una leucemia mieloide aguda M3 promielocítica, un tipo de cáncer poco frecuente aunque con buenas posibilidades de curación si el paciente cumple el protocolo de quimioterapia, según explica su médico tratante y hematóloga Leonor Cárdenas. Sin embargo, de los seis medicamentos que le recetaron para el último ciclo de quimioterapia, apenas consiguió uno: las tabletas para evitar los vómitos.

Cuando Miguel Pérez Abad era titular del Ministerio de Industria y Comercio, indicó que en 2016 el gobierno venezolano disminuyó el presupuesto para el sector farmacéutico de 3.600 a 1.200 millones de dólares, en medio de los recortes implementados por la caída en los precios del crudo que genera los ingresos con los que el país importa casi todo lo que consume: desde alimentos, medicinas y repuestos hasta el papel en el cual se imprimen los billetes.

Gremios médicos e industriales calculan que nueve de cada diez fármacos desaparecieron de los anaqueles, mientras que los hospitales públicos carecen de 81% de los implementos necesarios para asistir a los pacientes. Así León y su familia libran dos batallas: una contra la leucemia y otra contra la escasez de medicamentos e insumos hospitalarios que le impide cumplir el tratamiento y los obligan a pedir donativos o intercambiar medicinas.

En los hospitales públicos los médicos denuncian que faltan alcohol, hilos de sutura e incluso guantes para recibir a los pacientes por urgencias. En las farmacias al detal difícilmente se consiguen antihipertensivos, antibióticos, anticonceptivos ni anticonvulsivantes. En las especializadas no hay tratamientos para trasplantados ni antirretrovirales contra el VIH.

La oposición, mayoritaria en la Asamblea Nacional desde enero de 2016, exige al presidente Nicolás Maduro que declare al país en crisis humanitaria y autorice el ingreso de una ayuda coordinada por la Organización Mundial de la Salud. Pero el gobierno asegura que la alerta es una trampa para propiciar una intervención de Estados Unidos, después de que el jefe del Comando Sur, el general John Kelly, declarara el año pasado que Washington actuaría en Venezuela bajo circunstancias de emergencia y “sólo si se nos pidiera”.

A mediados de agosto, el Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, manifestó estar “muy preocupado” porque en Venezuela “las necesidades básicas no pueden ser cubiertas, como la comida, el agua, la sanidad, la ropa. Eso crea una crisis humanitaria”.

En el caso de enfermedades crónicas como la de León, el Estado venezolano subsidia los tratamientos y los distribuye entre los pacientes. De las doce sesiones de quimioterapia que le prescribieron, ha cumplido siete. En la octava ronda, el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS) dejó de proporcionarle Atra, un fármaco que induce la maduración de las células malignas atacadas por la quimio y disminuye el riesgo de hemorragias y otras complicaciones.

La leucemia de León se origina en una translocación en el cromosoma 5/17, una variante que solo se trata con Atra. Como este medicamento no tiene reemplazo, tuvo que interrumpir la quimioterapia. “El tratamiento requiere continuidad para que el paciente no se vuelva resistente a los protocolos y nos obligue a utilizar otras medicinas”, comenta Cárdenas quien cada día atiende a unos treinta pacientes en un hospital público en Caracas.

Salud inasequible

Si el IVSS no suministra las 210 tabletas de Atra que León requiere durante cada ciclo, su madre Carmen Bandres puede acudir al Banco de Drogas Antineoplásicas (Fundación Badan), el único proveedor privado de este tipo de medicamentos en Venezuela. El problema es que en noviembre comprar el medicamento costaba el equivalente de 45 salarios mínimos, que representan casi 4 años de trabajo para esta enfermera. Una colega le contó que en Europa un frasco vale 3.500 euros. “No tenemos alternativas. No podemos costear el medicamento ni dentro ni fuera del país”.

Bajo un control cambiario que está vigente desde 2003, el gobierno importa medicamentos a una tasa preferencial de diez bolívares por dólar. Los comerciantes independientes, sin acceso a divisas oficiales, importaban medicinas a mil bolívares por dólar en noviembre. A principios de diciembre las adquieren a más cuatro mil, el precio de referencia en el mercado negro. Por eso los medicamentos que ingresan al país sin subsidio estatal resultan incosteables para la mayoría de los pacientes, en un país con inflación de tres dígitos: la más alta del mundo.

Nicolás Maduro atribuye la carestía de productos básicos a una “guerra económica” emprendida por el sector privado para desestabilizar su gobierno y que operaría a través de dos estrategias: el acaparamiento para vaciar los anaqueles y la especulación de precios. El empresariado, en contraste, alega que no puede importar los insumos para producir medicinas si el Ejecutivo no les entrega divisas para cancelar los más de 700 millones de dólares en deudas con distribuidores internacionales, según Tito López, presidente de la Cámara de la Industria Farmacéutica.

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Fotografía de Gabriel Méndez

En el caso de León, otros tres componentes de la quimioterapia destinados a combatir las células malignas llegaron a manos de su madre por medio de donativos que hicieron familiares de otros pacientes a quienes conocieron en la sala de espera del hospital pero ya fallecieron. También intercambiaron con otros pacientes algunas ampollas que sobraron de un tratamiento previo por otras que necesitaba para este ciclo. Así consiguieron el último compuesto que les faltaba además del Atra.

Amparados en el poder viralizador de los hashtags, decenas de pacientes recurren a las redes sociales cada día para pedir medicamentos con señas específicas: nombre comercial del fármaco y el compuesto activo, dosis, dolencia y números telefónicos, esperando ser bendecidos con una llamada que les anuncie un donativo o, al menos, la venta segura del tratamiento requerido.

Riesgo de epidemias

Una noche Vanessa Furtado comenzó a sudar y a tener escalofríos. Se preparó un té y fue a la cama temprano, convencida de que el sol le había sobrecalentado el cuerpo aquella tarde en la piscina donde trabaja como entrenadora de natación a sus 45 años. En la madrugada la fiebre escaló a 40 grados centígrados y sentía que la cabeza le iba a estallar.

Después de visitar varios hospitales públicos en Caracas donde no había reactivos para hacer estudios, Furtado fue diagnosticada con malaria, una infección ocasionada por el parásito Plasmodium, que ingresa en el cuerpo a través de la picadura del mosquito Anopheles y afecta a los glóbulos rojos.

Los médicos le recetaron Cloroquina, un agente antimalárico, pero con una advertencia por delante: no hay medicamentos contra el paludismo en Venezuela.

A medida que pasaban los días en la búsqueda del fármaco, los parásitos se desplazaban hasta el hígado de Furtado por el torrente sanguíneo y le ocasionaron fuertes punzadas a un costado del abdomen. De no ser por una amiga que le envió el medicamento desde Estados Unidos, Furtado no sabe qué habría pasado con ella. “Quizás habría muerto. Nunca me había sentido tan mal en mi vida”, contó recuperada de la infección.

Aunque las autoridades venezolanas no han emitido alertas epidemiológicas por el contagio de malaria, una coalición independiente de trece organizaciones sanitarias alertaron en octubre que 148.670 personas se han infectado de paludismo en lo que va de año en Venezuela. Esto es 72% más que en 2015.

En la década de los sesenta, Venezuela se convirtió en el primer país del trópico en erradicar la malaria. José Félix Oletta, quien fuera Ministro de Salud entre 1997 y 1999, advierte que esta tasa de contagio representa un retroceso de 75 años en los índices epidemiológicos del país. El especialista atribuye el repunte a una combinación letal: agotamiento de los inventarios para medicamentos antimaláricos, escasez de mosquiteros en las zonas con mayores brotes y falta de operativos de fumigación porque tampoco se ha importado insecticidas para combatir a los vectores que propagan el paludismo, el dengue, el chikungunya y el zika.

Además, el diario Correo de Orinoco reportó en octubre que 23 personas fallecieron por difteria, una infección causada por la bacteria Corynebacterium diphtheriae, que había sido erradicada hace décadas en Venezuela. En noviembre, el diputado opositor José Manuel Olivares informó de una muerte en Caracas, pero las autoridades han desmentido estos balances y han asegurado que solo dos contagiados fallecieron por la enfermedad.

Listas de espera

A sus 69 años, Lucila Fonseca padece un tumor epidermoide metastásico a nivel de ganglios linfáticos primario desconocido. Para comprobar si las células malignas penetraron sus huesos debe practicarse una gammagrafía ósea, una prueba de medicina nuclear que permite localizar eventuales cúmulos de células malignas en su esqueleto.

Abastecida con agua potable, papel sanitario, galletas y paciencia, Fonseca madruga para anotarse en la lista de pacientes del servicio de ginecología de un hospital público en el centro de Caracas. Aunque llegó apenas despuntó el sol y tenía cita para ese día, 23 personas se inscribieron antes que ella. Calcula que la visita al médico le tomará más de medio día.

Fonseca coloca su bolso en la única silla disponible en la sala de espera. Camina, conversa con angustia, hace silencio. No hay agua corriente en los baños, pero esas ausencias pierden importancia al saber que tampoco hay reactivos para practicarse el examen y que 600 personas se han anotado en esa lista antes que ella. Con un poco de suerte, tendrá que esperar entre cuatro y seis meses para hacerse el gamma-gamma óseo. Y sólo después sabrá si deben operarla o no. Mientras espera, ella sabe que aumenta el riesgo de morir.

Médicos que se van

Acorralados por la falta de implementos para trabajar y sueldos que no superan los 136 dólares al mes, según la tasa oficial más alta, sin importar la especialidad o experiencia que tengan, muchos médicos venezolanos buscan mejores condiciones de vida en otros países.

Daniel Sánchez, jefe del servicio y director del posgrado de Anestesia del Hospital Vargas de Caracas, recuerda que hace dos décadas compartía pabellón con 36 anestesiólogos en el centro de salud donde se formó. Hoy apenas quedan ocho, casi todos en etapa de prejubilación. “No tenemos generación intermedia porque la mayoría se va, bien sea a las clínicas privadas o fuera del país”.

Los hospitales públicos de Venezuela perdieron 60% de sus especialistas para el primer trimestre de este año, según estima la Federación Médica Venezolana. La respuesta del gobierno ha sido ocupar esas vacantes con médicos integrales comunitarios, una apuesta del chavismo para reemplazar el “modelo de medicina tradicional” con especialistas en atención primaria, formados bajo el paradigma de asistencia de salud cubana.

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Fotografía de Gabriel Méndez

El cirujano oncólogo Gabriel Romero considera que el Hospital Oncológico Luis Razetti, donde labora desde hace treinta años, es “un cementerio de máquinas dañadas”. De los cinco quirófanos disponibles apenas funcionan dos, no hay aire acondicionado en la mayoría de las instalaciones, todas las ambulancias están paralizadas por falta de repuestos, al igual que los ascensores y los equipos de rayos X y radioterapia.

Cada quien, desde su trinchera, lucha por superar esta carrera de obstáculos. Aunque la hematóloga Leonor Cárdenas no puede reemplazar el Atra en el tratamiento de Jerger León, ensaya ajustes que hagan más viable cumplir con el protocolo, mientras que su madre prepara carpetas con los informes médicos para solicitar donaciones.

Después de haber perdido 15 kilos en menos de un mes, someterse a cinco punciones lumbares y retirarse de la escuela durante dos períodos escolares, León regresó a clases a finales de septiembre para cursar tercer año de bachillerato, protegido con el tapabocas que su madre le obliga a usar para prevenir el contagio de cualquier catarro que ponga en peligro sus defensas. Porque incluso conseguir un simple antigripal puede volverse otro dolor de cabeza en Venezuela.

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