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La acuicultura romana

La acuicultura comenzó ya en los albores de la civilización como un medio más para alimentar a las poblaciones, un origen que con mil y una modificaciones ha llegado hasta nuestras modernas piscifactorías e incluso hasta a nuestros modernos y estéticos acuarios de salón. Como tantos otros avances, fueron los romanos los que refinaron este arte en el hemisferio occidental convirtiéndolo en una industria alimenticia, la acuicultura.

Fue un hispano llamado Columela y nacido en Gades (Cádiz) el que dejó constancia de ella en su obra De re rustica (Los trabajos del campo), escrito hacia el año 42 d.C. y en el que, además de otras formas de agricultura, describía los tipos de cultivos acuícolas que había en las diferentes costas del imperio.

Según Columela, el sustrato era lo más importante para la acuicultura, y dependiendo de su tipo, se podían criar diferentes especies. Así en sustratos fangosos, se podía criar rodaballos, lenguados y platijas, o múrices y ostras si se criaban moluscos. En sustratos arenosos, se criaban dentones, ombrinas cartaginesas, lenguados y doradas, mientras que los sustratos rocosos eran aptos para melanuros, tordos y merlos.

Columela, que fue coetáneo y amigo de Séneca, sirvió un tiempo en el ejército romano siendo tribuno en Siria en el año 35 d.C. y trasladándose después a Italia donde puso en práctica sus conocimientos en las propiedades de las que disponía en Ardea, Carseoli y Alba. Así Columela definió un aspecto clave en la crianza de peces, el cambio continuado y constante del agua de las albercas para proporcionarles oxígeno. También observó la importancia en la personalización de los alimentos de los peces, según la especie que se criase.

Los avances de Columela perduraron siglos, no sólo en la acuicultura sino en toda la agricultura, pues si leemos el tratado de agricultura del siglo XII de Abu Zacharia ben Ahmed Enb el Awan o el de Gabriel Alonso de Herrera del siglo XVI, veremos que los avances en la agricultura árabe o renacentista o son mínimos o simplemente no existen.

Fuente: Revista de Historia

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