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Alfredo Coronil Hartmann: Relanzar un muerto

No sé si sea válido hablar de un “país lógico” muy posiblemente no, pero si lo fuese, Venezuela jamás entraría en esa clasificación, con algún esfuerzo Suiza. En este momento de nuestro devenir hemos alcanzado el cenit del disparate, de la anti-sindéresis, del esperpento. Justamente cuando más necesitaríamos una pizca de buen sentido, de sensatez, de elemental  instinto  de autopreservación.

Históricamente –si es que alcanzamos esa dimensión- no hemos sido, para nada, un país estéril, pletórica, generosa ubre de notables ciudadanos, que sería prolijo tratar de enumerar, he repetido hasta la saciedad la vieja afirmación de Don Marcelino Menéndez y Pelayo: la antigua Capitanía General de Venezuela, le ha dado a la América Hispana, su más grande hombre de armas, Simón Bolívar y su más grande hombre de letras, Don Andrés Bello. El pasado siglo XX, tampoco fue ajeno a grandes personalidades, más en este siglo XXI pareciera que nos volvimos estíticos, saturados de mediocridades infatuadas y de moralidad deleznable, chapoteamos en un caldo espeso de estulticia y voracidad.

Desde hace casi diez y ocho años, un fenómeno de involución deplorable se apropió del destino de esta “tierra de gracia” –ya hasta suena a ironía que nos hayan visto así alguna vez-  un proceso de destrucción moral, de falsificación de la memoria histórica, de descoyuntamiento sostenido y pertinaz de todo rastro institucional, hizo presa de nuestro destino.

Tuvimos la más larga etapa de bonanza petrolera, un verdadero tsunami de divisas, más de tres veces los dólares percibidos por todos los gobiernos –sumados- del pasado siglo, desde Cipriano Castro hasta Caldera II. Cifra que hubiese bastado para hacer de Venezuela el primer país de la América Latina. Y NADA se hizo.

Más no son las fallas de una administración errática y descriteriada lo más grave, lo trágico ha sido la incapacidad de los venezolanos de producir una dirigencia capaz de enfrentar y desplazar el detritus enquistado en el poder, la escoria intelectual gobernante.

No voy a abundar sobre la inconveniencia del mentado diálogo sobre el cual yo, y muchísimos otros, no hemos ahorrado críticas y advertencias, sentarse a una mesa con tahúres y pillos, es el colmo de la inocentada y un sedicente dirigente político no tiene el derecho a cometerla. No es excusa para ello la presencia de la diplomacia del Estado Vaticano, obligada por principios y valores espirituales a inmolarse en el ara de la paz y la benevolencia. Los políticos, los que pretenden dirigir a los pueblos y acceder al poder, nos debemos –aún retirados- a una diferente escala de prioridades, mas terrestres y dramáticas, más tangibles y acuciantes, si se quiere más prosaicas.

Cuando intentamos valorar los esfuerzos y estrategias necesarios, para intentar recuperar el clima de decisión y cambio que se había logrado con la nueva mayoría parlamentaria, recuperar el tono contestatario de la sociedad, sin el cual toda ilusión es vana. Levantarnos de ese innecesario paso en falso, sacudirnos el polvo ingrato de un anticlímax frustrante, he aquí que el Secretario Ejecutivo de la MUD, Jesús Torrealba, a quien conocí en los avatares de la Coordinadora Democrática como un hombre realista y asertivo, nos asesta un mazazo en la cabeza y anuncia muy orondo, nada menos, que el RELANZAMIENTO DEL DIÄLOGO, es decir relanzar un muerto, reencauchar un craso error, reeditar un fiasco.

Cuando se sustituyó a mi viejo amigo Ramón Guillermo Aveledo, por “Chuo” todos pensamos que quizá tenía sentido, en la gallera de arrabal en que ha devenido la política venezolana, el estilo más directo y “popular” de Torrealba, que no se nos vitoquée ahora, o tendremos Maduros, pintones, o cabellos hasta el 3016.

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