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Fausto Masó: Los días finales de Maduro

¿Se atreverá Nicolás a ordenar el gran viraje? Mandar al demonio a Marx, Engels y a Lenin. No, imposible. Aceptará Maduro que Fidel Castro antes de morir ya había sido sepultado ideológicamente, en la misma Cuba buscaban la forma de dejarlo de lado, y en parte lo consiguieron: hace varios años que Castro estaba pintado en la pared, no influía en las decisiones de trascendencia, era un viejito inútil, un moribundo.

En las más altas esferas del gobierno nadie discute hoy que esto no tiene futuro, solo les queda soñar lo imposible, atreverse a dar un gran paso hacia el capitalismo. Después de tantos años los castristas más fanáticos se han convencido de lo que ya saben en cualquier parte del mundo, el estatismo termina en la miseria. Solo les queda una salida, la que han tomado tantos países del este de Europa, seguirse proclamando comunistas y abrir sus puertas a la inversión privada, al capitalismo. Algo imposible porque para intentar ese acto de taumaturgia, esa viveza marxista, necesitan Maduro y los suyos poseer alguna cultura política, saber quién era Lenin, Adam Smith. Apenas conocen algunas leyendas sobre la vida de Fidel Castro y de Hugo Chávez, no los saquen de ahí porque naufragan.

En Venezuela nada más, como alguien escribió, “el gobierno confisca la fábrica de cabilla, no hay cabilla; el gobierno confisca cemento, no hay cemento; el gobierno confisca fábricas de café, no hay café; el gobierno confisca los centrales azucareros, no hay azúcar; el gobierno regula los dólares, no hay dólares; el gobierno confisca fábricas de aceite, no hay aceite; el gobierno confisca 4 millones de hectáreas y regula los alimentos, hay escasez de alimentos”.

Estamos en manos de una partida de ignorantes. No se trata de que sean comunistas siquiera, porque los partidos del este de Europa en algún momento se convencieron de que había fracasado el sistema y supieron dar el gran salto, con enorme habilidad, sin violencia, casi sin que se diera cuenta la misma población, en medio de la impotencia de la madre patria Rusia y de la indiferencia de los chinos.

Esa es nuestra tragedia. La revolución cubana nació de hombres que habían combatido de verdad, verdad, la revolución venezolana de unos militares que se agarraron del comunismo como de un clavo ardiente, porque no son ni marxistas, ni capitalistas, ni emprendedores, ni nada. Son simples oportunistas capitaneados en algún momento por un líder de una audacia inaudita, Hugo Chávez  Frías

En su fuero interno, en esos momentos solitarios en que Nicolás Maduro reflexiona, pensará con molestia de Hugo Chávez, ¡en que lío lo metió Chávez! No le dejó una papa caliente sino un volcán inútil en las manos, un barco sin rumbo, un país sin futuro, donde solo súbitos aumentos de petróleo le proporcionan un respiro al régimen.

Maduro es un mal sepulturero, el liquidador del chavismo, un heredero mal escogido por Chávez.

Pobre Maduro, qué papel tan infeliz le ha tocado representar. No es su misión morir como un héroe frente a una invasión de los enemigos, ni comandar una carga de valientes contra el enemigo. Su misión es presidir la despedida, el adiós final que a nadie le llama la atención. No es el Che Guevara buscando la muerte en la selva, en una lucha imbécil, pero lucha al fin. Lo de Maduro es un punto final, el adiós de una comedia, la despedida de unos fracasados…

Estamos asistiendo a los días finales de un pobre diablo.

Es patético escuchar a Maduro. Triste, solitario y final.

Esta no es la despedida de unos revolucionarios, sino de unos desconcertados herederos de segundo mano, así termina el chavismo.

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