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Francisco Suniaga: El peor trabajo del mundo

Quienes tienen la dura tarea de enfrentar a la dictadura de Nicolás Maduro desde la dirección política de la oposición la tienen bien complicada. Ese sí desafía al peor trabajo del mundo. Para comenzar, deben enfrentar la nomenclatura chavista, carente de cualquier ética y capaz de saltarse cualquier regla legal o código político.

Confrontar a esa satrapía los deja a merced de un aparato represor inspirado en el cubano que sin misericordia alguna los persigue, los encierra, los hostiga, les inventa causas, interviene su privacidad, etcétera. Con todo lo malo que eso es, la cosa no termina allí. Deben además soportar y padecer los ataques de un adversario tan o más temible: sus compañeros de causa, los demás opositores.

Así, por ejemplo, quienes optan por el diálogo, con la meta de lograr algunas conquistas (por ejemplo, un compromiso político para realizar las elecciones que la Constitución ordena –porque ellos la C  la violan sin el menor recato–), y se sientan en la mesa de negociaciones (un escenario tan real que hasta el Vaticano está presente –entre otras razones porque la oposición lo solicitó–) son unos traidores que “entregaron” la victoria que algunos (con expectativas de triunfo tan sólidas como las de quien juega un Kino) veían a la vuelta de la esquina.

Quienes convocan a manifestaciones de calle, son desoídos porque no representan a la mayoría. Las mujeres de los presos políticos que se encadenan en la plaza de San Pedro para llamar la atención del mundo sobre las violaciones de sus derechos humanos, son unas locas. Los diputados de la AN, que arriesgan la vida cada vez que van a una sesión, son unos pendejos. Los que escriben artículos tratando de explicar la complejidad y dificultades que enfrentamos, son unos habladores de paja. Así, uno tras otro, todos quedan descalificados.

Eso no es todo. Desde las redes sociales y medios de comunicación hay un clamor masivo y ladilla que pretende decirles a los dirigentes opositores lo que tienen que hacer en todas y cada una de las situaciones que se presentan (managers de tribuna los llamó Paulina Gamus) y están listos para gritarles desde cagones hasta vendidos cuando no deciden de acuerdo a sus criterios, que sí son acertados, pero nadie conoce en concreto.  Lo único que falta es que se pongan a pedir en coro “que se vayan todos”, como hicieron los argentinos (y de repente nos pasa lo mismo, que efectivamente los políticos se fueron, y, aunque invocaban un Churchill, quienes aparecieron fueron los Kirchner).

Hay que bajarle dos, amigos míos. Vamos a confiar en nuestros representantes, a darles una tregua y dejar que confronten a la dictadura sin el fastidio de unos compañeros de causa que a veces superan a Maduro mismo en eso de hacerle daño a la oposición.  En particular, aquellos que tienen autoritas derivadas de la academia o de la técnica y sufren de un egocentrismo agudo. Los que tienen por tarea declarar a los medios, o escribir en las redes, en tono crítico, tratando siempre de demostrar que son más creativos y puros que los políticos opositores, como si contaran siempre con una solución mejor o única posible.

Qué ruido tan insoportable.

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