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Rafael Del Naranco: La Europa de ahora mismo

Hasta el pasado domingo, el populismo xenófobo amenazaba Austria y con ello una progresión de padecimiento contra miles de refugiados que, igual a una marabunta, huyen del oprobio de la guerra en Siria y otros confines del Medio Oriente.

Ese día la derrota del líder de la derecha Norbert Hofer –con nostalgias de esvásticas– frente al ultraconservador Van der Bellen, evitó el giro del  radicalismo, haciendo respirar a una  Europa comunitaria apaleada desde el triunfo del “Brexit”.

El regocijo venido de Viena no compensó lo que a las pocas horas sucedió en Italia: el primer ministro Ma-tteo Renzi, recibió un palo en el referéndum que había programado y que llevaría a la nación hacia una manera de gobernar acorde con los tiempos que corren, tras más de medio siglo de una estéril política convertida en cerradura sin llave.

Los votos del “no” ha dejado la cuna de Dante dividida igual a los tiempos, tras el final de la II Guerra Mundial, cuando hubo docenas de gobiernos que apenas duraban unos meses.

Actualmente la Unión Europea –la más concreta idea renacida desde la caída del Imperio Romano– padece achaques, golpes bajos de sus miembros y, aún con esos leñazos, el continente no deja de aflorar expectativas asentadas en tasaciones ilustradas.

El continente tiene enorme tarea: encauzar el arribo de miles de seres paupérrimos sobre el largo corredor de los Balcanes, huyendo en desbandada ante el terror de la guerra en Siria y sus contornos, un drama esperpéntico sobre la conciencia del humanismo tan en boga y a su vez tan mal ejercido.

El alma o sentido de la conciencia, posee aposentos que la razón no comprende. Los seres abandonados ahora mismo a su protervo destino desgarran las entrañas. El que sufre siempre, un pedazo no reconocido de nuestro propio yo.

Ese conjunto de Estados que forman Macedonia, Serbia, Croacia, Eslovenia, Hungría, Rumania, Bulgaria, Bosnia y Montenegro, y de cuyas historias pasadas y presentes surgió un crisol de movimientos migratorios a recuento de los lastimeros conflictos bélicos en la zona, hoy miran, intentando no ver, hacia otra parte.

Austria, cuna de Adolfo Hitler, y que se avizoraba hacia ese viento que hiela la sangre, elevó anhelos en apoyo de los expatriados. No podía ser menos, al haber germinado allí las extraordinarias páginas literarias de Stefan Zweig, Robert Musil, Joseph Roth y Rainer María Rilke.

La noción aristotélica de la equidad humanística anhelada en los escritos de Platón a Heidegger o Sartre, se ha venido deteriorando. Vamos –parodiando a Rubén Darío– del hermano hombre al hermano lobo. O quizás nunca hemos dejado del todo la condición de animales irracionales que surgen entre los vapores de la sinrazón.

Y en ese varapalo ha sorprendido el cambio de Angela Merkel esta misma semana, al ser reelegida de nuevo candidata a las próximas elecciones alemanas por la Unión Demócrata Cristiana (CDU).

La canciller, bastión hasta ayer mismo en la defensa de los proscritos, se retrató ante las exigencias de miles de sus electores, y en el recinto de la feria de Essen afirmó “que no se puede seguir manteniendo en el país una situación como la del año pasado, cuando llegaron 890.000 refugiados”. Ante el calor de los aplausos de los asistentes, unánimes y prolongados, subrayó algo a lo que ella misma se había opuesto hace apenas tres meses: no prohibir el uso en Alemania de la burka y niqab musulmana, ya que formaba parte de la libertad religiosa.

Ahora tronzó de cuajo ese apoyo: “Aquí hay que mostrar la cara. El velo integral ha de estar prohibido donde sea posible”, y es que la política del voto posee destemplanzas que la propia cognición, en profusos momentos, no comprende. A la par prometió una expulsión masiva de ilegales.

La Europa nacida en el Tratado de Roma de 1957 –primer escalón de la UE  tal como al momento conocemos–, se volvió un cuadrilátero de tensiones, contramarcha y desacuerdos.

A partir del día de que los primeros homínidos vinieron de África, con el deseo de aposentarse en tierras fértiles, desplazando o uniéndose a otras tribus, poco o nada ha cambiado.

Siempre, y más en la Europa de ahora mismo, la epopeya de los errantes al encuentro de fronteras, termina  convertida en muladares atiborrados  de púas donde no cruza ni el aire.

Vienen de pueblos en que pululan insectos palúdicos, escasea el agua y a los surcos se les practica una desgarrada cesárea pidiéndole al cielo que broten algunas semillas.

Cada desplazado sabe de sudarios. El exilio es un ahogo que los años no amainan al fundirse con afanes sin destino.

La aversión hacia los extrañados propaga antipatías y nos negamos a tomar conciencia de ese mal.

Karl Marx señaló en su tiempo: “Hay un fantasma recorriendo Europa, el comunismo”. Lo ecuánime sería decir en este mismo instante que ese espectro temido es la emigración proscrita y repudiada.

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