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Luis Vicente León: Los tres cochinitos

Hace unos años escribí este artículo tratando de explicar que se necesita racionalidad y sacrificios para atender la crisis económica que devasta al país. Pese a que lo que vemos es muy distinto a lo que deberíamos ver, no siento que he perdido mi tiempo todos estos años repitiéndolo y repitiéndolo de todas las maneras posibles. No porque hayan hecho algo al respecto, sino porque cada vez es más evidente el problema, el responsable y el desatino. Entonces lo vuelvo a escribir.

Hay pocas cosas más difíciles que ajustar la economía cuando pierde el equilibrio. Le recuerda a uno aquel programa alemán que pasaban los domingos en la mañana: el Telematch. Los juegos siempre eran rudos y difíciles y los participantes terminaban embarrados hasta la coronilla. El más parecido a lo que vemos en este momento es el juego de los tres cochinitos.

Consiste en que cada jugador tiene frente a sí un barril lleno de agua. Le entregan a cada participante tres cochinitos vivos, que en el momento de partida deben tirar dentro del barril. Los jugadores deben mantener vivos los tres cochinos durante media hora y sólo pueden usar dos manos.

¡Riiiing!, empieza el juego. Caen los cochinitos al fondo del barril y nuestro jugador favorito debe buscar la manera que todos puedan respirar, pero lamentablemente no todos pueden hacerlo a la vez. Mete las dos manos y saca los primeros dos cochinitos, mientras el otro queda sumergido. En el momento perfecto, antes de que el tercer cochinito se ahogue, suelta uno y saca al otro. Y otra vez en el momento adecuado, lanza al siguiente y levanta al otro. El tiempo dividido entre dos cochinitos no da. Si el jugador tiene un cochinito favorito y pretende mantenerlo arriba respirando, alguno de los otros dos se ahoga. No hay preferencias, ni carnet del partido que valga. Es indispensable que los tres traguen por igual.

¿Qué creen ustedes que esta pasando con los cochinitos mientras les toca el turno de respirar? Uno podría pensar que entenderían el juego y aprovecharían el momento arriba para respirar profundo, llenar de oxigeno sus pulmones y se preparan para el rato desagradable en el que les tocará tragar agua.

Pero no, el detalle es que los cochinitos no entienden el juego y cuando los sacan del barril, en vez de descansar y respirar, gritan desesperados. Están protestando por lo que les está pasando, que sin duda es espantoso. Intentan morder al jugador para que termine el juego de inmediato, sin entender que esa mordida lo único que puede lograr es que vaya más rápido al fondo del barril y sin tiempo para recuperarse.

El desespero de los cochinitos, sus gritos y su agresividad puede hacer que el árbitro del juego se ponga nervioso y decida pararlo. Ordena a los jugadores sacar sus cochinitos del barril y llevarlos a la cochinera para descansar. Pero esto sólo alarga y empeora el problema. No hay otra forma de jugar. No se pueden cambiar las reglas. Tendrán que empezar de nuevo y en peores condiciones. No hay manera que los cochinitos salgan vivos sin tragar agua parejo.

Ahora los cochinitos están corridos en cuatro barriles. Deben perseguirlos por toda la cochinera para comenzar de nuevo. Y serán ahora más difíciles y agresivos. Si finalmente hay un jugador suficientemente preparado e inteligente que logre terminar el juego con sus tres cochinitos vivos, ¿qué creen ustedes qué dirán ellos, en rueda de prensa al terminar? Probablemente dirán que ese es el juego más perverso que han jugado y que el jugador es una desgraciado. Únicamente la historia lo premiará.

Sólo un jugador entrenado, inteligente, inmune al populismo y realmente comprometido con salvar a los demás podrá ganar el juego… y el cielo.

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