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Alirio Pérez Lo Presti: Historia accidentada de Venezuela

A veces he llegado a pensar que la historia de Venezuela está marcada por una especie de signo maligno que nos ha acompañado desde tiempos lejanos, cuyo origen tiene su máxima expresión de maldad precisamente en los inicios de la conquista. En el año 1560, Lope de Aguirre El Tirano, luego de una conspiración y pocos escrúpulos para quitar vidas, al refrendar la proclamación del nuevo jefe, Aguirre pone esta firma: Lope de Aguirre. “Traidor”.

Frente a esta rúbrica sus hombres se alarman y él les explica que lo que han hecho es muy grave porque han desafiado al rey de España. De esta forma propone que proclamen rey del Perú y de Las Indias a Fernando de Guzmán y se desnaturalizaban de la obediencia que debían a Felipe II, rey de España. Este es, para muchos, el primer acto de la libertad hispanoamericana y soy de los que comparte esta postura. Desde el más puro individualismo, con una actitud sanguinaria y mentalmente desvariada, la América hispana comienza su emancipación de esta forma. Formalmente ocurre un desconocimiento del rey de España y la adopción de una actitud de autonomía que a mi juicio marca de manera maléfica la historia de la nación.

No podía ser peor el final de Lope de Aguirre cuando el 27 de noviembre de 1561 queda solo en Barquisimeto, se dirige a su hija y le dice: “Hija, encomiéndate a Dios, porque te voy a matar”, cometiendo el espantoso crimen, el cual justifica antes de morir diciendo: “Es la mejor cosa que he hecho en mi vida, porque no tenía a quién dejársela, y prefiero verla muerta a que sea colchón de tanto bellaco”.

Ese inicio de la conformación del país que tenemos, está enraizado en un nivel de atrocidad tal, que pareciese que existe una repetición de distintas formas de crueldad, que se materializa luego con la Guerra de Independencia, la Guerra Federal, el surgimiento de las más disparatadas montoneras, la aparición de los más desaforados caudillos y los elevadísimos índices de violencia y criminalidad con los cuales vivimos los venezolanos hasta el presente.

Luego de la tiranía de Juan Vicente Gómez y el progresivo desplazamiento de nuestra sociedad hacia una convivencia más civilizada e institucional, con “perezjimenismo” de por medio, se llega a un nivel de equilibrio nacional de carácter democrático y escrupulosamente alternativo que permitió cuatro décadas de entendimiento, para llegar a una crisis como la actual, cuyo grado de ferocidad e incertidumbre son muy difíciles de sobrellevar.

Este carácter tan accidentado de nuestra historia, que es la deriva de un pasado lleno de atrocidades, marca la mayoría de las manifestaciones culturales de nuestros intelectuales. Para poner ejemplos, las dos más importantes novelas escritas en el siglo XX son Doña Bárbara y Las lanzas coloradas y en ambas el enfrentarse al horror es el elemento que las caracteriza.

En Doña Bárbara, escribe Rómulo Gallegos: “¡De más allá del Cunaviche, de más allá del Cinaruro, de más allá del Meta! De más lejos que más nunca (…) de allá vino la trágica guaricha. Fruto engendrado por la violencia del blanco aventurero en la sombría sensualidad de la india, su origen se perdía en el dramático misterio de las tierras vírgenes.” Siendo lapidarias en este párrafo el uso de las palabras: “trágica” y “dramático”, esencia de nuestra identidad.

 

En Las lanzas coloradas, Arturo Uslar Pietri comienza la novela de manera siniestra: “¡Noche oscura! Venía chorreando el agua, chorreando, como si ordeñaran el cielo. La luz era de lechuza y la gente del mentado Matías venía enchumbada hasta el cogollo y temblando arriba de las bestias. El mentado Matías era un indio grande, mal encarado, gordo, que andaba alzado por los lados del Pao y tenía pacto con el Diablo, y por ese pacto nadie se la podía ganar. Mandinga le sujetaba la lanza. ¡Pacto con Mandinga!”.

Hay un elemento que caracteriza a nuestros hombres de pensamiento: Están marcados por la necesidad de que sobresalga lo civilizatorio y las obras que se producen en nuestro país difícilmente se pueden deslastrar del entorno que nos circunda y la historia que nos arropa. Tal vez por esa cercanía con las maneras más crueles de vincularnos con la realidad, se puede explicar la poca capacidad en términos artísticos de exponer una realidad personal en las distintas formas de generar nuestro arte, como si esa cosa maligna con la cual asociamos la historia de nuestra sociedad estuviese presente en lo individual, al punto de no poderse deslindar de lo agrupado.

Como si no pudiésemos aprender la misma lección eternamente repetida, los períodos de sosiego colectivo han sido puntuales y ya no son los caballos, sino nuevos medios de locomoción que en el siglo XXI se empoderan del espíritu de tantos descarriados y que bien vale la reflexión de uno de los personajes que Uslar Pietri ubica de Las lanzas coloradas: “¡Era tan estúpido morir clavado de un lanzazo por uno de aquellos demonios ebrios! ¿Por qué combatía?”.

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