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Víctor Maldonado: Carta de Santa a Nicolás

 

La verdad es que me queda poco tiempo, pero sobre todo poca paciencia. He dedicado buena parte de la agenda de este año a intentar comprender lo que en tu país está ocurriendo. La inflación más alta del mundo, una escasez que está matando de hambre a los niños, y los está dejando sin potencial futuro. Una inseguridad que no respeta a nadie. Y esa sensación de vivir insensatamente reprimidos. Las cartas de los niños venezolanos son, en ese sentido, un inventario feroz de lo que no tienen. Hace rato olvidaron que la infancia es esa época de sueños y aspiraciones, deseos y apuestas que, gracias a la magia de la época, podían hacerse realidad. Han perdido esa conexión con la inocencia que les hacía pedir más cosas que las que yo podía ofrecerles, para entrar en el espacio de una realidad que a sus ojos no tiene esa luminosidad propia de la infancia.

Algunos niños piden salud, porque la perdieron, y no tienen esa medicina que hace la diferencia. Otros quieren comida, porque el hambre los tiene reducidos a esas ganas incontenibles de saciarla. Otros quieren que la familia se vuelva a reunir, porque extrañan a su papá o a su hermano, que se fueron para intentar mandar desde otro país unos pocos dólares con los cuales poder superar ese nubarrón de miseria que se cierne sobre todos. Los más infelices son los que piden el milagro imposible de la vuelta a casa del familiar que murió. Venezuela se ha convertido en un país con un común de tristezas que no merece. Las tragedias se han ido acumulando hasta resultar ser una narrativa nacional, una herida que supura desesperanza, un sinsentido tras otro. No es que no pase en otros países, pero aquí pasa demasiadas veces sin que haya una razón válida diferente a que no se están haciendo bien las cosas.

Me has hecho el trabajo difícil. Imposible pensar que se puedan satisfacer los deseos de un país cuando se hace tan cuesta arriba la realización de cualquier proyecto. Producir localmente es simplemente un acto de locura. No es solamente un tema de costos desquiciados, sino que no hay forma alguna de articular y darle forma al caos. Nadie puede pensar más allá del atardecer cuando el gobierno solamente garantiza inseguridades y estantes vacíos. Y sin tener claro el futuro, nadie puede dedicarse a fabricar los sueños de los niños. Importarlos es todavía menos viable. La cerrazón cambiaria imposibilita cualquier audacia. Pero si tuviéramos esa intrepidez, todavía tuviéramos que encarar las confiscaciones ilegales, y todo tipo de extorsiones que comienzan cuando aún no ha llegado el primer conteiner al puerto.

Todo este año he estado luchando con una electricidad que va y viene, con un servicio de agua que dejó hace rato de ser potable. Y con el internet más malo del hemisferio. Para colmo, nadie puede trabajar en horario nocturno, porque al caer la tarde no tenemos garantías de no terminar siendo parte de una estadística sangrienta. Has convertido al país en una versión limitada a trabajar un tercio de su potencialidad, pagando el costo de una economía asfixiada, en la que nadie puede hacer cálculo alguno, y que por eso mismo ya no conviene a nadie.

Producir el juguete más sencillo es una carrera de obstáculos insalvables. Pretender tener un inventario del tamaño de la demanda nacional es ahora un delito que se paga con cárcel y expropiación. Distribuir mercancía en todas las ciudades del país se ha convertido en un objetivo demencial. Son siete millones de familias que viven a lo largo y a lo ancho del millón de kilómetros cuadrados de Venezuela. Son más de treinta millones de almas que intentan conseguirle sentido a esto, pero que todos los días ven contrariadas sus esperanzas por una realidad que has transformado en aspereza y yugo. Sobre todos ellos pesa la carga de una realidad que no se puede explicar sin reconocer que sobreviven todos los días a una incomprensible arbitrariedad. ¿Es tan difícil entender que el juguete que confiscas hoy nadie lo fabricará mañana? ¿No entiendes que esa expropiación es un robo descarado? ¿No te parece excesivamente ruin ofrecer a los niños un regalo que ha sido arrebatado a otros? Esos regalos que indebidamente ofreces vienen con la sombra de la desdicha. Y peor aún, estás tratando de convertir en una virtud lo que siempre será un crimen.

Ni en mi mundo ni en el tuyo hay milagro diferente al trabajo productivo. Producir felicidad tiene como requisito la posibilidad de articular talento, recursos y capacidades que al final terminan siendo un regalo que reposa por algunas horas al frente de un árbol de navidad. Los gobernantes deberían concentrar sus esfuerzos en mantener la unidad y la concordia. Si no lo hacen, no merecen tener la oportunidad de dirigir a un país. Pero existen los anti-milagros. Puedes destrozar la capacidad de cálculo económico de la gente. Puedes hacer añicos la moneda de un país. Puedes destrozar sus reservas. Puedes acabar con empleos y empresas. Puedes provocar una estampida del talento. Puedes regalar así veinte o treinta años del futuro del país. Y puedes dejar como única heredad el odio, las divisiones y las versiones fraudulentas sobre lo que está ocurriendo. La humanidad ha visto muchas veces como el odio es una llama difícil de apagar.  Mis barbas han visto todos los males conjugados en una pésima gestión. Más de una vez he visto como los países comienzan a odiar y a buscar culpables. Y como la guerra se hizo inevitable. Muchas veces he visto a Caín reivindicado y a Abel extraviado en un laberinto de imposibilidades. ¿Por qué has querido ser esa repetición nefasta del mal entre los tuyos?

Tu pueblo está siendo desdichado. Están atribulados y piden a gritos que “el ungüento del impío no siga perfumando sus cabezas”. ¿Te imaginas a un niño pidiendo que su país retorne al sosiego? ¿Te imaginas cientos de miles de renuncias al juguete merecido porque quieren un cambio de rumbo hacia la calma y la serenidad? ¿No escuchan tus oídos esas ganas de rectificación que traslucen en esas cartas escritas por manos inocentes?

Yo también he sido testigo de la dureza de corazón.  Fue duro el corazón de Faraón y por eso él y sus ejércitos sucumbieron a la ferocidad de un mar que se vino sobre ellos. Fue duro el corazón del pueblo de Israel cuando cambió a Dios por un ternero de oro. Fue duro el corazón del rico Epulón, cuando practicó la indiferencia frente a la triste suerte de Lázaro. Es duro el corazón del que antepone la suerte de una ideología a la vida de niños que no sueñan y ancianos que piden a gritos morir de una vez para no seguir siendo desdicha. La dureza de tu corazón se ve en los signos de tus tiempos. Infliges hambre, muerte, desdicha y pobreza. Podrías haber construido puentes, pero prefieres el abismo inabordable. Pudiste haber optado por la fraternidad y la libertad, pero optaste por la revolución y la muerte.

¿Cuántos niños? Ocho millones de venezolanos menores de 15 años. ¿Ocho millones de sueños? Algunos ya están rotos. Otros ni siquiera han tenido la oportunidad de experimentar algo semejante. Ninguno de ellos se aproximará indemne a la caricia de la esperanza. Todos ellos están heridos por una realidad inocultable porque se siente en las entrañas, se aprecia en la cara desolada de padres imposibilitados de dar algo más, se comparte en las calles feroces y se experimenta en la angustia de lo que puede suceder en adelante, que puede ser incluso peor. ¿Te costaba tanto dar sosiego y serenidad?

Soy un hombre de paz. Soy el arquetipo de un tipo de alegría regocijante que es el resultado del abrazo en familia, de la fe puesta en el futuro, de la noche transformada en alegría luminosa, y de la satisfacción de un compartir lleno de amor. Soy una época del año en el que todo parece más fácil, cuando el yugo del paso de los días hace una pequeña pausa para agradecer todo lo que resulta valioso en la vida. Soy tu antítesis Nicolás. No odio, no insulto, no tramo una celada, no invento guerras ni imagino combates. No quito, no perturbo, no soy injusto, no practico la desdicha de los otros, no vivo del poder, no me regodeo en las infamias, no me aíslo, no conspiro contra la alegría. Soy todo lo que tú no eres, pero que podrías ser si quisieras. Soy solo unos días al año. Tú, lamentablemente eres una época.

Francisco de Asís -en el poema de Rubén Darío- preguntó sus motivos al lobo de Gubbio: ¿es ley que tú vivas de horror y de muerte? ¿el duelo y espanto que esparces, el llanto de los campesinos, el grito, el dolor de tanta criatura de Nuestro Señor, no han de contener tu encono infernal? El lobo tenía motivos, pero tú, ¿cuáles son tus razones? ¿el socialismo? ¿una promesa de felicidad social que provoca este presente de pesadillas, sin garantía alguna de que en algún momento va a terminar siendo algo diferente a tu tiranía? ¡No aspiro a respuesta alguna de tu parte!

Comencé diciendo que tenía mucha prisa y poca paciencia. He hecho lo imposible pero el daño ha sido artero y profundo. La Navidad no es el juguete que tú y tus políticas han imposibilitado. Es algo más denso. Es la sensación plena de poder soñar siendo libres una larga vida de realizaciones en libertad. No hay feliz año posible sin prosperidad. Y tú la niegas de plano. No hay Feliz Navidad sin paz. Y tú la has confiscado, por ahora.

 

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