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Macky Arenas: No vale “taima”

Hay quienes se sorprenden porque, en medio de los procesos de diálogo, se mantengan las amenazas, la arbitrariedad y las posiciones enfrentadas. Pero el asunto es así. Si por el solo hecho de sentarse alrededor de una mesa los problemas cesaran pues ya no habría necesidad de ella. No hay magia en esto sino habilidades y claridad de objetivos. Durante las conversaciones que por décadas sostuvieron los gobiernos colombianos con la guerrilla era, justamente, cuando recrudecían los atentados, secuestros y las voladuras del célebre oleoducto Caño Limón-Cobeñas. Hay innumerables ejemplos de diálogos y acuerdos en la historia que parecían imposibles pero ocurrieron, no sin antes, por supuesto, demostrar igualmente que son procesos complejos, dolorosos y a veces lentos.

Impensable el que los Castro mandaran en Cuba por medio siglo y den un vuelco al país en un par de meses. Como impensable es el haber permitido a un gobierno cargarse la Constitución por casi dos décadas y pretender que un par de sentadas arrojarán resultados.

No obstante, parados donde estamos, hay que definir objetivos y adecuar estrategias. Ante todo, sincerar lo que se busca, si el fin de las penurias para este país o poner el pie en un escalón más alto para ganar ventaja política.

Tal vez lo primero sea encontrar la manera de que la oposición no se parezca más a ese exasperante juego de fútbol americano donde el infeliz del balón no logra avanzar un centímetro porque todos le caen encima para frenarlo.

Tal vez lo segundo sea no poner el acento en lo que no se hizo o se hizo mal y apuntar al próximo paso sin quitar el dedo de ese renglón. Por aquello de que es más importante perder la guerra que una batalla. Más de una vez hemos tenido que retomar la ruta que, entre berrinches y pataletas, hemos abandonado. En criollo se llama “tanto nadar para morir en la orilla”. Aunque esto no es una guerra en toda regla, más bien una irresponsable reyerta entre cúpulas.

Cuando se cuestiona a la MUD su exceso de diatriba intestina, el argumento es que disentir entre ellos no es malo porque es signo de pluralidad y marca diferencia con el gobierno hegemónico. Cuando se cuestiona a los que cuestionan a la MUD, el argumento es que tienen derecho a la crítica, a menos de que la MUD se haya contagiado del silencio que quiere imponer el régimen. Pues cierto es también que quienes difieren de unos y de otros -la mayoría del país no alineada- tengan espacio para terciar y sean escuchados, no satanizados y atropellados. No en balde el Cardenal Porras, desde el Táchira, alertó sobre una oposición que se coloca “de espaldas a lo que el país desea”. Pedir al Papa y al mundo que nos arreglen los entuertos sin siquiera presentar una cara coherente es, por lo menos, confuso.

Tal vez lo tercero sea pensar que estamos ante una de las fases más peligrosas que hayamos vivido como sociedad y que, mientras tengamos espacio para la civilidad, más nos vale aprovecharlo. Tenemos una presencia que no despreciaron muchos países en situaciones de conflicto: la Santa Sede. La historia enseña que tras las refriegas, si queda gente viva, se sientan en una mesa. Y eso es la sinrazón y el descrédito de todos los enfrentamientos. En un cuadro de violencia múltiple como el que vivimos en Venezuela, desdeñar sin más otros entarimados es dar luz verde a la anarquía. El liderazgo luce sobrepasado y eso es de alto riesgo.

Se proclama que el diálogo fracasó sin siquiera haber calentado asientos. Se ofrecen cifras sobre la pérdida de puntos de la oposición, como si de reseñar una victoria se tratara. Se grita a los cuatros vientos que el gobierno fue el más hábil. No se parece eso peligrosamente a lo que llaman “colaboracionismo”?

Cuando se instala una mesa, en medio de grandes desconfianzas y lógicas reservas, se piden mutuas muestras de buena voluntad. No ir a Miraflores era una de ellas y, gracias a que cumplió, la oposición es la que ha quedado mejor posicionada en esta volada y hoy puede decir que no vuelve hasta que el otro no cumpla. Ante cualquier ojo, es el gobierno el que dinamita el diálogo lo cual puede facilitar opciones que ni siquiera imaginamos y que, es posible sospechar, se están incubando lejos de este plató.

Pero la paradoja, lo inconcebible, es que son los propios factores de oposición los que cantan ganador a Maduro y al gobierno. Disparate suicida. Maduro lo que hace es intervenir descaradamente en un evento del cual no forma parte. Y no hay quien le ponga el cascabel a ese gato. En este país presidencialista eso adquiere dimensiones de siniestro saboteo. El diálogo no puede, como previno el periodista Manuel Felipe Sierra, convertirse en una especie de stand-up comedy. Una extravagancia de puede costar muy cara.

Otro melindre es pretender que se ha ordenado abandonar la calle. No ir a Miraflores no significa dejar la calle. Hay que mantenerla tanto como el gobierno mantiene sus abusos contra la gente e ignora sus compromisos. Es el pulseo que acompaña estos desarrollos terminales. Lo que pasa es que la calle plantea retos definitivos y hay quienes la temen pues no sabrían qué hacer con ella. Lo otro es calistenia y de eso ya tuvimos bastante. De nuevo allí el dilema de un objetivo claro. Hay quienes espolean la calle pero que otro monte al potro, que otro sea el que caiga al asfalto; hay quienes la evitaron cuando podían convocarla; y hay quienes prefieren no dar protagonismo a la sociedad sino mantener la atención sobre los devaneos de políticos de mucho foco y pocas luces.

El momento reclama algo más que una élite política que a ratos parece no haber entendido nada, que permanece inmadura y que vive enganchada en sus propias contradicciones. Esto configura un escenario potencialmente catastrófico tanto para el gobierno como para la oposición. Podría avecinarse un trazado parecido al que han padecido las sociedades previo a las grandes rupturas, hostilidades y hasta guerras: un país político completamente alejado del país nacional.

Historiadores y politólogos han recomendado, como tarea urgente para la oposición, recuperar la confianza. La Unidad Democrática debe reestructurarse y superar lo electoral. Pero es más cómodo culpar al Papa, al abuelito o a Serafín de nuestros errores, de que el gobierno se burle y nos haga la vida de cuadritos. Hay analistas y hasta periodistas veteranos que mantienen la proa contra El Vaticano lanzando acusaciones y estimulando suspicacias que bien podrían dirigir contra el verdadero adversario. No cabe duda de que esta coyuntura ha dejado ver los pies de barro de mucho caudillo mediático, de mucho gurú en red que solo ha resultado corifeo fanático.

El gobierno está en una apremiante encrucijada que, en nuestra jerga, se resume así: o corre o se encarama. Hoy se le ofrece una tercera posibilidad, negociar. Pronto no tendrá otra opción. Considerarla es lo más cuerdo, habida cuenta de que, como poder, es la parte que más debe aportar a este procedimiento. Sectores claves del oficialismo temen que la terquedad de los radicales se los lleve por delante. Se saben rehenes del extremismo más temerario. Lo conversan y lo rumian. En cualquier momento implosionan y el antecedente está en el consejo más prudente de nuestra historia reciente: “General, vámonos que el pescuezo no retoña”.

El gobierno no va a cumplir si una acción concertada,  consistente y permanente del otro lado no se pone en marcha, paralela a cualquier disposición de diálogo o negociación. Eso está claro. Siempre lo estuvo. Los motivos por los cuales no se actúa en esa dirección deben reptar por los recovecos de la política minúscula.

La culpa no la tiene el Vaticano, ni la gente que disciplinadamente ha salido cuando se la ha convocado, que ha votado cuando ha sido menester, que ha puesto muertos y que ha llevado la peor parte. Una enciclopedia podríamos escribir con las lecciones que esta sociedad ha ofrecido. Ni siquiera los negociadores más cuestionados son los culpables. Eso también lo tiene claro el ciudadano que mucho ha aprendido a lo largo de estos duros años. Por eso no coge calle sino cuando huele a filas cerradas entre la oposición, como el 9S. Llegará el momento en que cobrará por tanta pugna intestina y estéril. “Distinguir para unir”, escribió el gran intelectual francés Jacques Maritain. No distinguir para liquidar. Por eso el gobierno apuesta a la división. Ese es el juego. Le tiene pánico a la calle. Y no puede haber taima ni distracción hasta que se logre el objetivo que tantas veces la Iglesia venezolana ha dibujado con nitidez: desmontar un proyecto moralmente inaceptable y volver a la reinstitucionalización del país. Puede ser en breve tiempo o resistir varias paradas y sentadas. Y esa balanza sí que la puede inclinar decisivamente la oposición. Lo otro es soltar a los demonios.

La mesa dará lo que tenga que dar. La sugerencia es ir preparando lo que sigue…-

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