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Leonardo Morales: Rumiando el pasado

 

Venezuela es un país que poco a poco, a paso seguro, se dirige a perder cualquier atractivo; en algún momento de su historia, en particular con la aparición de yacimientos petroleros, importantes inversiones se hicieron desde el exterior contribuyendo a un desarrollo económico que la convirtió en una nación interesante, tanto para extranjeros como para los propios venezolanos. Desde entonces se construyeron importantes vías terrestres que comunicó a las poblaciones del país; se masificó la educación convirtiéndose en pivote para la superación social; de la renta petrolera también se sufragaron estudios de jóvenes en las mejores universidades del mundo. De aquella Venezuela rural queda muy poco o nada.

Los países cambian, no se mantienen estáticos. Las sociedades exigen tales cambios y los estados deben promoverlo para satisfacer las exigencias sociales. Cuando no existe una sincronía entre las aspiraciones de la gente y el desarrollo de políticas orientadas a cubrir las expectativas de los ciudadanos se produce una ruptura en la armonía que necesariamente debe prevalecer entre gobierno y gobernados.

Cuando el sociólogo venezolano Tomás Páez revela en el texto “La voz de la diáspora venezolana” que en los últimos seis años cerca de 2 millones de venezolanos han salido del país en búsqueda de mejores condiciones de vida, nos indica en alguna medida el grado de insatisfacción existente con la Venezuela de hoy. Señala Páez que quienes se van expresan: “Cuando veo un policía, me siento seguro”. “Me fui de Venezuela porque no me alcanza para vivir y me matan”. “Los padres, tíos y abuelos afirman que prefiero despedirlo en el aeropuerto que en el cementerio”. “Poder sacar un celular en plena calle, para averiguar la dirección de la entrevista de trabajo sin temor a perder la vida o ser asaltado, vale oro”.

Ese es justamente el país que dejan; una nación aquejada por los cuatro costados de problemas, de enormes dudas en cuanto a su recuperación, una sociedad cada vez más rota en las relaciones que entre ciudadanos de una misma tierra debería prevalecer. Quienes se fueron y los que pronto lo harán dejan una patria fea, dividida socialmente y hostil con quienes la habitan.

El inicio de este siglo no pudo ser peor, se dispuso de enormes recursos provenientes de la renta petrolera, como nunca antes y, sin embargo, salvo la vida opulenta de algunos vinculados al gobierno, la pobreza y la pérdida de la esperanza en un futuro de bienestar reinan en los corazones de los venezolanos.

La tragedia que como la sombra no abandona a los venezolanos es estos tiempos está vinculada a la política. El modelo económico impuesto al país fue y sigue siendo una decisión política de quienes han gobernado estos 17 años. La crisis de la que muchos han podido huir y que otros soportan en suelo patrio es obra de una decisión colectiva que buscó en un outsider la solución a una profunda insatisfacción con los últimos gobiernos del siglo pasado.

La crisis que vive el país avanza y no se avizoran cambios de rumbo sino un incremento de los actuales padecimientos. El gobierno de Maduro sigue errático y desacertado. No puede ser de otra manera mientras se insista en la aplicación de un modelo económico fracasado. A todo ello habría que incorporar las intensas confrontaciones que se dan entre sectores del gobierno que impiden lograr algún tipo de acuerdo.

En la oposición hay posturas radicales y extremistas, aunque minoritarias, que paralizan insólitamente su actuación, no obstante, los sectores democráticos deben actuar decididamente para evitar que la que política de la anti-política, que nos trajo a esta tragedia, derive en otra similar.

@LeoMoralesP

 

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