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Leonardo Padrón: Entre el disparate y la orfandad

 

Ya las palabras no alcanzan para narrar la devastación existencial del venezolano. La gente está boquiabierta ante los colosales desatinos del régimen. Nadie entiende por qué tanto empeño de Nicolás Maduro y su cortejo en hacer mal las cosas. Cada día ocurre un nuevo agravio, una mayor humillación. Muchos dicen que las acciones del gobierno no vienen dictadas por la incompetencia. Insisten en que son parte de un plan mayor para arrasar definitivamente con la economía de mercado y, más temprano que tarde, con la propiedad privada. Ese es el manual de procedimiento de todo rancio gobierno comunista, acotan. Quizás. Puede ser. En todo caso, ambas razones, dogmatismo o improvisación, solitarias o sumadas, nos han convertido en la patria del disparate.

El inventario de despropósitos es holgado. A niveles de sobredosis. Pero si solo hablamos de la última semana, se desborda el asombro. Hoy el billete de Bs 100 se convirtió en delito. Un comerciante con mercancía en sus galpones es un forajido. Una empresa experta en procesar pagos electrónicos se torna criminal al colapsar ante la desmesura que hoy surca al país. Un político que llama ladrón a los ladrones recibe amenaza de cárcel. En una semana, el régimen destruyó lo que quedaba de nuestra moneda. En una semana, vuelven a cerrar las fronteras con Colombia y Brasil. En una misma semana, el TSJ – el brazo más inescrupuloso de la dictadura- ratifica en el CNE a dos rectoras que han sido simples espalderas del siniestro Jorge Rodríguez. En una misma semana, el régimen les regala una nueva cola a los venezolanos. La cola de los bancos. Una cola teñida de absurdo y consternación. Como si ya no hubiera suficiente menoscabo en nuestra dignidad. Como si no bastara tanta degradación.

La patria del disparate ahorca hoy a todos sus ciudadanos. Incluso a aquellos de a pie que tienen su camisa roja y la voz rota de tanto gritar “Chávez vive!”. El estupor es un charco viscoso en la mirada de todos los venezolanos. Nadie concibe tanto descalabro. A los analistas se les extinguieron los calificativos y las equivalencias. Aunque algunos asoman un vocablo: Zimbabue, la desgracia africana.

Por el otro lado, donde antes cobraba fuerza el espíritu de cambio y esperanza, hoy solo hay escombros. El diálogo político se convirtió en un hosco silencio. Las palabras, como herramienta de civilización, se fueron agostando, diluyéndose, convirtiéndose en humo. Triunfó el idioma de los gorilas. La barbarie impuso de nuevo su gramática. Los malandros con carnet demostraron su eficacia para burlarse de todas las reglas de juego. Y sí, nunca es malo recordar que la única regla de un malandro es no respetar ninguna regla. La polilla revolucionaria atacó velozmente la mesa del diálogo y la hizo crujir ante millones de venezolanos. Los sabihondos de la política, los que satanizaron cualquier intento de resolver la crisis nacional a través de la palabra y no de la sangre, gritaron su “se los dije” con los decibeles de una fiesta.

El hecho es que hoy solo hay afonía y entumecimiento. Los dirigentes opositores perdieron la capacidad de respuesta mientras los personeros del régimen se envilecen aun más. La gente se siente huérfana. Los venezolanos necesitan que sus líderes vuelvan a serlo con urgencia y canalicen tanta rabia y sufrimiento. Necesitan que las encuestas del descontento, tan unánimes y lapidarias, se materialicen en una solución.

Ese es saldo final que nos queda de este rocambolesco año 2016: una Venezuela que se balancea mortalmente entre el disparate y la orfandad.

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