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Rafael Del Naranco: Somos seres con miedos

Imperecederamente coexiste en nosotros un arcano del que no encontramos respuesta válida: nacer y morir.

Ceñidos a esa veracidad nos angustia el patetismo de la inmortalidad al no vislumbrarse enigma mayor. Caminamos sobre la tierra como si fuéramos perdurables.

No hay historias pequeñas en la ardua cognición humana. Cada uno de los acontecimientos acaecidos, aún pareciendo insignificantes, integran un todo. Individualmente cada una de las vidas refleja la racha de una esencia, el efluvio exaltado, la pesadumbre de una ausencia o la incertidumbre de un ardor afectivo. Bien es sabido que somos briznas, hálitos desajustados, entelequias caminando de manera tambaleante.

Saber es mucho más que creer, y aun así el anodino escribidor que uno lleva dentro de las entrañas se pregunta: ¿se vislumbra con certeza un contexto incuestionable?

En los primeros instantes en que la raza humana transitaba desorientada en la heredad inexplorada, su instinto supremo era comer, no pasar frío, huir de salvajes animales, procrear al calor de una cueva, y en las noches mirar un cielo que aún era claro, refulgente, misterioso y a su vez fascinante.

A partir de entonces han transcurrido milenios. Ahora, a mediados de la segunda década del presente siglo XXI, igualmente atiborrado de incertidumbres, aprensiones, y tras años de haber doblegado los átomos y subirlos a la carreta de la muerte convertida en la portadora de la energía nuclear, se nos anuncia con timbales agnósticos que la base del “alma” humana o nuestra conciencia del yo, es el producto de una reacción bioquímica dentro del cerebro. Del que solamente conocemos de él a penas unas migajas.

Un estudio de antropología ha revelado que la mayoría de los creyentes, “cualquiera sea su culto, tienen interiorizado un modelo extremadamente antropocéntrico de Dios”. No solamente posee una figura humana, sino que utiliza “los mismos procesos de percepción, razonamiento y motivación que las personas”.

En el pensamiento Pentecostés del medioevo, el alma era la tradición venida de la misma filosofía grecorromana. Ahora hay dudas, y se habla de que en nuestra mente, ese concepto de “alma”, es una simple internación de células nerviosas, proyectadas en la parte posterior del córtex cerebral.

Si fuera incuestionable la presunción de que el “espíritu” es una estricta reacción química, y aceptáramos que la promesa de una vida eterna ha sido una artimaña de las religiones, su encaje efervescente nos llevará a un yermo pavoroso: la humanidad no estaría sola, sino desamparada, desasistida de un soporte que la envolviera de una redondez consoladora. Y es que a partir de ahí el homo erectus, convertido en el homo sapiens, comenzaría a enfrentarse al instante perentorio de su inflexión moral, esas membranas que soportan miedos, frustraciones, y no habría ilusión en el linde del horizonte de la vida. ¿Escalofriante? Mucho más: vacío perenne.

Moshéh ben Maimón –más conocido como Maimónides-, judío nacido en la Córdoba andaluza musulmana, exponía: “Sólo nos es dado discutir lo que Dios no es”.

En cierto texto lejano nos acordamos de haber leído estas palabras: “El mundo material ha tenido un Curvier, la atmósfera de Newton. Todos conocen, pues, la atracción del mundo material, pero, ¿dónde están los Curvier y los Newton del alma?”.

El escritor lusitano José Saramago negaba abiertamente la existencia de un Creador y lo hacia sin  altibajos. “No creo en Dios ni en la vida futura ni en el infierno, ni en el cielo ni en nada”. Y añadía con penetrante reflexión: “Debo de decir que a mí me encantaría que existiera porque tendría todo más o menos explicado y, sobre todo, tendría a quién requerir cuentas por las mañanas. Pedirlas y también darlas. Pero no tengo a quién demandarlas”, añadía.

Sin Dios o con él, el autor de “El evangelio según Jesucristo”, nos dejó una certeza: ese hombre o mujer que no piensa igual a mí, soy yo mismo.

Esto se llama tolerancia: aceptar las actitudes de los demás y no como uno pretendiera que fueran.

Mi persona, espiga encorvada en el viento, con profusas preguntas sin respuestas ejerce respeto al nombre de   Dios a la manera de nuestra madre enterrada. Ella cada noche le rezaba, y uno sigue el mismo sendero cristiano. Quizás no sea fe y sí afecto materno. A estas alturas de la supervivencia da igual. Entre su ternura y nuestra persona hay un cordón umbilical que nos adhiere más allá de la sepultura. Y ante esos oteros, apoyados en la misma fe del eremita, nos aferramos a la idea de que el espíritu es el reflejo del Universo en expansión con sus ondas gravitacionales, que tal vez no tuvo principio y que quizás no posea final.

Y la interminable pregunta: ¿para qué sirve el Jehová de los mosaicos? El teólogo y jesuita Joseph Moingt,  enuncia: “¿No será que aún no se han escrito las más admirables páginas de la historia de la Creación?”.

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