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Josep M. Colomer: El Colegio Electoral es una reliquia medieval

Dos de los tres presidentes de Estados Unidos de este siglo han sido inicialmente elegidos por una mayoría de electores en el Colegio y una minoría de votos populares. Pero el Colegio Electoral no es un invento americano, sino una reliquia medieval. Durante varios siglos, muchas comunidades políticas en Europa y en las Américas usaron electores seleccionados en diferentes unidades políticas y territoriales para elegir un alto magistrado. Los orígenes se remontan al siglo XI, cuando los reyes francos, carolingios, bohemios, húngaros y polacos eran elegidos por sus pares, reunidos en colegios de electores formados por duques, marqueses, condes y obispos. Se utilizaron fórmulas similares para elegir altos magistrados en las ciudades-repúblicas del norte de Italia, así como abades y abadesas de los dominicos y otras órdenes monásticas.

Pronto les siguió el Cónclave de los Cardenales para elegir al Papa. Inicialmente, votaban los cardenales-obispos de más alto rango, los cuales se suponía que serían capaces de persuadir a los cardenales-sacerdotes y a los cardenales-diáconos. Pero a menudo surgió la discordia entre la “parte más sabia” (los obispos) y la “parte mayor” en votos. Una serie de candidatos se negó a aceptar la derrota, lo que provocó el auto-nombramiento de “anti-papas” y varios cismas en la Iglesia. En el siglo XIII, el papa Gregorio tuvo que aclarar que “no deben compararse el celo con el celo, ni el mérito con el mérito, sino únicamente los números con los números [de votos]”.

Del mismo modo, en el siglo XII el Sacro Emperador Romano-Germánico comenzó a ser elegido por un colegio formado por una selección de miembros de la nobleza y arzobispos con diferentes calificaciones. Los electores del colegio se dividieron tres veces, lo cual produjo pares de emperadores y anti-emperadores en conflicto. Uno de los candidatos derrotados, Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León, que había obtenido la mayoría de los votos pero no el apoyo de suficientes electores calificados, advirtió que el emperador tendría autoridad real sólo si era elegido por “la parte mayor” o una mayoría de votos.

Posteriormente, la fórmula del colegio se usó para seleccionar lo que tanto Hamilton en Estados Unidos como Simón Bolívar en América del Sur llamaron “reyes electos con el nombre de presidentes”. Tras ser incluido en la Constitución de Estados Unidos en 1789, el colegio electoral fue adoptado —usualmente con el nombre de “junta”— en Venezuela en 1819, Colombia en 1821, México en 1824, Argentina en 1826, Bolivia, Chile y Perú en 1828, Brasil en 1834 (para la elección del regente), República Dominicana en 1844 y Cuba en 1902. También fue utilizado en la República Federal de América Central en 1824 y en los países que posteriormente se separaron de ella: Costa Rica, Guatemala, Honduras y Nicaragua.

En la mayoría de los casos, el Colegio Electoral daba el mismo número de electores a cada unidad territorial, ya fuera un Estado o una provincia. Esto produjo la elección de varios candidatos que habían perdido el voto popular. En algunos casos, el sistema preveía que si ningún candidato obtenía la mayoría de electores, el Congreso elegiría al presidente. Esto sucedió cuatro veces en Colombia, tres en Bolivia, una en México y otra en Venezuela. En Argentina, en tres ocasiones en que ningún candidato ganó la mayoría de electores, el colegio seleccionó al ganador en votos populares. El último colegio electoral fuera de Estados Unidos seleccionó al presidente argentino en fecha tan reciente como 1989. Actualmente, sólo Estados Unidos usa el colegio electoral presidencial.

Tanto George W. Bush como Donald Trump perdieron el voto popular, pero ganaron una mayoría en el Colegio Electoral. Sus partidarios sostienen que si el sistema hubiera sido diferente, podrían haber ganado el voto popular, simplemente haciendo otro tipo de campaña y movilizando más partidarios en Estados favorables a los republicanos, como Texas o Florida. Sin embargo, los demócratas podrían, por supuesto, responder que ellos también habrían hecho otro tipo de campaña para movilizar más votos en Estados favorables, como California o Nueva York. No es posible saber ahora quién habría ganado una elección directa basada en el voto popular.

Si el colegio electoral fue reemplazado por una elección popular directa a nivel nacional, no sólo cambiarían las estrategias electorales, sino probablemente también los partidos mismos. Las campañas no se centrarían en los Estados con ganador incierto, sino en los Estados más poblados. La participación general de los votantes probablemente sería mayor de lo que es hoy. Los Estados pequeños ya no tendrían tanta influencia en las elecciones primarias. Incluso el número de candidatos viables podría ser diferente, dependiendo de cómo se diseñara la nueva regla electoral. Dado el alcance del cambio, la mayoría de los actores políticos actuales ciertamente se opondrían a cualquier intento de reemplazar el Colegio Electoral por un sistema posmedieval.

De hecho, casi cada vez que un país latinoamericano sustituyó el Colegio Electoral por el voto popular, el cambio vino en respuesta a una gran crisis política. Por ejemplo, en Brasil, las elecciones presidenciales directas tuvieron lugar por primera vez cuando su Monarquía fue reemplazada por una República en 1894. En Colombia, el cambio se produjo tras el derrocamiento de una dictadura militar y su reemplazo por una nueva Constitución en 1910. En México, las elecciones presidenciales directas fueron una consecuencia de la revolución y una nueva Constitución en 1917. En Venezuela, la primera elección abierta tuvo lugar en un breve interludio entre dictaduras en 1947. Y en Argentina, cuando se emprendió una importante reforma constitucional pocos años después de librarse de la dictadura militar y establecer la democracia en 1994. En ausencia de una crisis de tal magnitud, es improbable que ocurra en Estados Unidos.

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