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Fogones En Peligro: julio no debe marcharse…

El Odeón resiste como los viejos robles, como los viejos clavos, con firmeza y calidad.

Para los nuevos caraqueños, tal vez el Odeón no es más que otro restaurante de la vieja Sabana Grande que lucha por la sobrevivencia como tantos de la zona; Pero para la caraqueñería setentona de más allá y de más acá, el Odeón es un templo  forjado por Julio para el auspicio de la buena mesa, la conversa densa de un negociado, la conspiración ardorosa y también para el encuentro furtivo de un romance adulterino.

Ya el Odeón no es el de antes, diría un nostálgico que en su deslave personal, o en su carcamalización acelerada, recala de nuevo a sus espacios en la búsqueda de afectos o de una buena comida para recordar los mejores  tiempos idos. Para otros, aunque ya no estén vibrando sus tres pisos con 300 comensales gritando un ruidoso Viva Colombia… Cuando el Odeón era la única hoguera en Venezuela capaz de calcinar las pasiones de una fanaticada neogranadina famélica de goles y de cervezas con sus transmisiones exclusivas del pateo colombiano, es otra la situación, bien saben que cuando juega La Amarilla, el Odeón le roba el pálpito al Campin de Bogotá.

Sus fogones siguen conservando la alquimia que Julio ha mantenido durante décadas,  que lo convirtieron en el paellero estrella de las mesas de Caracas. Su macerada sabiduría ha llevado sus platos al exclusivo consumo privado de altas juntas directivas bancarias y a encuentros diplomáticos de gran resonancia. Todos hemos caído bajo el embeleso del plato marinero de Julio. Es el delivery privilegiado de la alta mesa de la godarría criolla que lo telefonea ávida para requerir la presencia del sobrealimentado Julio en una gran cena o para el envío de sus arroces mágicos.

Pero la fauna exclusiva que pulula en el Templo Odeón es variopinta…. Claro, que ya algunas figuras  ya no lo visitan; como cuando José Vicente con su apariencia josegregoriana asistía religiosamente los sábados a consumir en silencio un adictivo hervido de gallina que Julio fogoneaba con empeño enganchador. Ahora, periodistas bien y  mal dateados, economistas poco asertivos, diplomáticos en barrena y otros asignados a nuestro territorio; gestores de la nomenklatura gobernante, trepadores en ascenso, aunado a la clientela apasionada  pre y post coital,  del entorno hotelero, conforman el ecosistema orgánico que hace del Odeón una catacumba de encuentro y de sabores, sin tiempo ni nicho en el calendario.

Los caldos de aves de Julio han sido canonizados por la población insomne caraqueña que mañana o tarde arriba a sus mesas a recuperar los efluvios perdidos en las noches de entregas fatigosas y en las madrugadas de aturdido recogimiento. Estos caldos salvavidas son lo reinsertadores laborales que todo ser de mundo requiere para continuar por los senderos vitales.

Julio es un rebelde que hace malabarismo para enfrentar el torbellino económico en reversa que lo envuelve; se viene readecuando a las circunstancias y ha prometido a todos, que la calidad de sus platos no desmejorará; para ello ha montado  una logística de consecución de productos y ha refaccionado nuevos espacios en  su cocina para un huerto de especies exóticas, que crecen vigorosamente sobre la turba deltana que aportó el sibarita de Hugo Salazar. Es la sintonía con los nuevos tiempos, donde el cardamomo, la albahaca,  y otros verdores exhiben sus bellezas  perfumadas para el condumio de los comensales del mítico Odeón.

Esta semana corrió por veredas y  rincones que Julio se iría del país a encargarse de una cadena gastronómica de restaurantes en Colombia; Adicionalmente atornillaba el chisme,  que la oferta no sería  despreciada por Julio pues el mayor atractivo era usar su imagen paellera en cuñas de tv y grandes vallas en toda Colombia. Todo a cambio de un jugoso contrato con participación

Al principio nos entusiasmamos por el éxito merecido de Julio, luego en el trascurrir de las horas concluimos de que todos perderíamos algo. Toda Caracas y todos los viandantes que  hemos alimentado en el Odeón la panza y los sueños; los afectos y los negocios, y por qué no decirlo, las arrecheras y las alegrías, perderíamos parte de nuestros vidas.

Afortunadamente Julio es un duro, está aquerenciado a esta tierra; acá levantó su familia y cobijó las mejores amistades que hoy no le permiten elevar las anclas. Para bienaventuranza de nosotros Julio ha decidido quedarse en esta tierra y morir en ella  al frente de sus hornillas; por esta batalla y por la valentía de Julio recordamos ese viejo verso corajudo  de un poeta argentino…

 

No te des por vencido, ni aún vencido,

no te sientas esclavo, ni aún esclavo;

trémulo de pavor, piénsate bravo,

y arremete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido

que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;

no la cobarde estupidez del pavo

que amaina su plumaje al primer ruido.

 

Procede como Dios que nunca llora;

o como Lucifer, que nunca reza;

o como el robledal, cuya grandeza

necesita del agua y no la implora…

 

Que muerda y vocifere vengadora,

ya rodando en el polvo, tu cabeza!

 

Qué bueno, Julio se queda… Todos coincidimos que sus platos no son para el estómago, sino para el alma.

Los Bienaventurados del Odeón

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