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Eithell Ramos: Talento con autonomía y cultura de la pobreza

 

Formar talento con autonomía en el sistema escolar es un tema controvertido aun para las naciones modernas con sistemas políticos abiertos, democráticos y competitivos en civilidad. En parte se suele atribuir al hecho que concebir  la Pedagogía como una ciencia necesita un inusitado esfuerzo de convencimiento que va contra corriente de los imaginarios colectivos instalados en las comunidades y organizaciones sociales, de toda índole, no solo de los de ferviente vocación totalitaria, políticos, confesionales o liberales. También ayuda que las  raíces sociales de las doctrinas de gobernanza tradicionales unidas al mesianismo trascendente del espiritualismo constituyen un ariete con el que se marcha al desencuentro con la educación formadora de talentos con autonomía. Formar ciudadanos libres de toda tutela política o confesional es un tema del Renacimiento, no antes, Kant fue quien más explicito lo dijo.

En abril de 1792 en Paris se selló el compromiso de la educación con la autonomía del talento. La educación se concibió para liberar al ciudadano y ponerlo a tono con la condición racional para forjar el destino. No esperar que se lo adjudicaran. Una nueva Civilización había nacido.

En nichos intelectuales sobrevenidos de doctrinas (políticas, sociales, culturales, espiritualistas, monetaristas, filosóficas,…), que tienen por ciencias, se cultiva con esmero la educación en su versión de control cultural para la convivencia política, a voluntad de los gobernantes. Una de sus frases es: “el que sabe enseña, el que no sabe instruye”. De eso se trata, banalizar la educación para gobernar al antojo ante la precariedad de la formación con autonomía de los ciudadanos y de sus descendientes.  Se  busca formar creyentes en las doctrinas aliadas y de gobierno.

Reconocer la educación como palanca para alcanzar el desarrollo sostenido de las naciones, y por ende de la humanidad, tropieza con las concepciones de doctrinas que tienen en la educación un recurso de adoctrinamiento para justificar sus  objetivos de control sobre los seres humanos. Los ejemplos recientes de naciones como Singapur, Finlandia, entre otras,  que han alcanzado, en corto tiempo,  increíbles indicadores de educación para la formación de ciudadanos con autonomía colocan en el tapete que la educación es cuestión para tomarla más que en serio. Han demostrado que los humanos somos capaces  de desempeñarnos con soltura en los lenguajes de las disciplinas escolares, artes, humanidades,  técnicas y científicas. Anuncian en primer plano la significación de abordar la Pedagogía como ciencia para el desarrollo humano, más allá de los enfoques de doctrinas de gobernanzas o espirituales.

Es posible planificar el desarrollo sostenible y sustentable con un Plan de Educación para la Unidad Nacional con metas a corto, mediano y largo plazo. No es centralizando la sociedad y sus instituciones, es liberando y creando las condiciones para que los talentos se formen en la educación como un todo social que incluya la familia, la escuela, el modo de vida, el conocimiento humano, en libertad e igualdad, sin tutela confesional o política. La Nación con sus instituciones civiles responsable de la educación, coordinando y supervisando los actos administrativos del Estado. Así que la productividad social, económica, de convivencia social, cultural, política y de rentabilidad del trabajo están a la orden para los investigadores, políticos, religiosos, estudiosos de los caminos del progreso humano y de la educación. Una etapa de la Civilización Occidental que estamos en franca remontada desde la Revolución francesa, o sea, de los siglos XIX, XX y lo que va del XXI.

Tenemos pues, que asumir el reto de reducir considerablemente la carga discriminatoria que lastra en estos momentos las oportunidades de acceder a los mínimos conocimientos para actuar con autonomía individual ante los desafíos que supone el dominio del lenguaje de cada disciplina escolar. Es mortal para el aprendizaje de “aprender a aprender para toda la vida”, que el Estado docente venezolano,  se entregue a la tarea de cultivar la ideologización de los propósitos educativos y pedagógicos de la escuela primaria y educación media, y cuyos alcances ya se manifiestan con fuerza en el escenario universitario. Una generación de estudiantes se mece en los chinchorros del desaprender de la ciencia, la tecnología, el lenguaje vernáculo, los idiomas, las artes, la ética de ciudadanía y se les encasilla en la desconexión con la sociedad del conocimiento y de las sendas de comunicación con los habitantes de la aldea global. Sin dominio del lenguaje el mundo resulta incomprensible, no está ordenado, la capacidad de crear los pensamientos se hace débil y sin consistencia. Por ello la lógica del lenguaje, del razonamiento matemático, del lenguaje de la ciencia, la tecnología, de la innovación y de la ética de la civilidad es camino de autonomía no de obediencia.

Banalizar la educación al extremo de ideologizarla es la forma más expedita, que se conozca, para  llevar la cultura escolar, la praxis pedagógica,  a fomentar la cultura de la pobreza como sistema y forma de vida. La escuela para la pobreza antesala para el control político.

 

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