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Alirio Pérez Lo Presti: Jesucristo

Para cualquier persona con inquietudes intelectuales, la figura de Jesucristo es un tema de estudio apasionante. Después de su muerte, lo que quedaba de él era un pequeño grupo de seguidores, una secta, completamente apartada del imperio romano, la cual  jamás hubiese trascendido sino es por la existencia de Saulo de Tarsos (San Pablo), quien pone en marcha un proyecto de expansión de sus ideas.

Este proyecto es realmente emocionante por varias razones: Una es la conversión de Pablo, quien mientras se hallaba persiguiendo cristianos camino a Damasco, se topa con un resplandor que le hizo caer del caballo, mientras escuchaba una voz que le decía -“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” y él pregunta –“¿Quién eres?” y le responden –“Soy Jesús Nazareno”. La crisis personal de Pablo hace que abandone sus convicciones y de manera abrupta pase a creer en lo que rechazaba. Pero Saulo (su nombre hebreo) o Pablo (su nombre romano), era tan convincente, que después de estar persiguiendo cristianos con una violencia inaudita, convence a Pedro, a Santiago el Mayor y a Juan y logra que se permita “ser cristiano sin ser judío” (sin ser cincunciso), lo cual es el empuje imprescindible que requería la secta para transformarse en una religión.

Por eso Pablo es el brazo operativo del cristianismo y desarrolla la titánica labor política y proselitista en donde va sembrando iglesias en gran parte del mundo, para finalmente “conquistar” Roma.

Por acción de San Pablo ocurre la cristianización y Jesucristo, nacido en Belén (Palestina), ha formado parte de la vida de tantos millones de seres. Como toda vinculación con lo que denominamos sobrenatural, la idea de Jesucristo no puede escapar a los apasionamientos y forma parte del mundo público, privado e íntimo (secreto) de cada uno de quienes cultivan la fe.

Hay un par de hechos que se escapa con frecuencia a quienes se recrean en el culto a Jesucristo (el cristianismo) y es su origen: Viene, como las grandes religiones del mundo, de Asia, y ese origen asiático que lo marca tal vez dificulte que entendamos algunos de sus postulados. El otro elemento son las costumbres hebreas con las cuales tiene que lidiar, porque son tradicionalmente simbólicas, en donde el sacrificio del cordero adquiere una dimensión de ritual.

La extraordinaria obra filosófica de Soren Kierkegaard está marcada por el evento en el cual Dios quiso probar a Abraham y le dijo: “Toma a tu hijo, Isaac, al único que tienes y al que amas. Lo sacrificarás. Abraham preparó la leña y ató a su hijo Isaac, poniéndolo en el altar. Estiró luego la mano y tomó el cuchillo para degollarlo. Entonces el Ángel de Dios lo llamó desde el cielo y le dijo: No toques al niño.”

Ese tipo de hechos culturales, es el signo con el cual Jesucristo no sólo debe bregar, sino que de manera insólita se revela y esa forma de cuestionamiento, absolutamente genial, lleva a otro asunto de mi interés y es la relativización de la moral.

Mahatma Gandhi, un asiático, que había estudiado en Inglaterra, cuando leyó la Biblia dijo: “Leí el libro del Génesis y los capítulos siguientes que invariablemente me hacían dormir. Con mucha dificultad y sin el menor interés ni comprensión.”  Pero cuando leyó el Nuevo Testamento dijo: “Me causó una impresión muy distinta, especialmente el Sermón del Monte. Los versículos: Más yo os digo: no resistáis al mal; antes, a cualquiera que te hiriera en tu mejilla diestra, vuélvele también la otra…”. Para Gandhi, los occidentales tenían poca capacidad comprensiva para llevar a la práctica estas enseñanzas.

Una de las hazañas más encomiables de la filosofía es tratar de llevar lo moral, que es circunstancial (depende de un tiempo y de un lugar particular), a una instancia de carácter universal. Este ejercicio es la ética.

Es mucho lo que desconocemos de Jesucristo, no dejó nada escrito y siendo carpintero, a los 33 años había vivido lo suficiente para tener una posición hacia los distintos asuntos. Ninguna de sus enseñanzas me parece más conmovedora como la de la mujer adúltera: “Los maestros de la Ley y los fariseos le trajeron una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La colocaron en el medio y le dijeron: -Maestro, han sorprendido a esta mujer en pleno adulterio. La Ley de Moisés ordena que mujeres como ésta deben morir apedreadas. Tú, ¿qué dices?” Con esto querían ponerlo en dificultades para poder acusarlo. Se puso a escribir en el suelo con el dedo. Se enderezó y dijo: “El que no tenga pecado lance la primera piedra”. Se fueron retirando uno a uno, comenzando por los más viejos. Jesús quedó solo con la mujer que seguía de pie en el mismo sitio y le dijo: “¿Ninguno te ha condenado?” Ella contestó: “Ninguno, señor”. Jesús le dijo: “Yo tampoco te condeno. Vete y no vuelvas a pecar en adelante.”

Tal vez es el ejercicio de relativización de la moral más extraordinario realizado por una figura religiosa. La más grande clase magistral de ética en el curso de la civilización.

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