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César Miguel Rondón: Primer día después de Navidad


Primer día después de Navidad. Se supone que algo de la paz anterior debe prevalecer. Se supone. Pero, al parecer, ni siquiera el día anterior hubo paz. Al menos así lo demuestra una agria y quizá estéril discusión en el twitter entre los venezolanos, dentro o fuera del país, que tienen acceso a esa red. ¿Cómo desearnos felicidad en un momento donde el venezolano no puede ser feliz?, fue la queja reiterada. Hasta una de nuestras bellas Miss Universo cayó en la congoja y no le deseó felicidad a nadie; luego otra de las nuestras –no Miss pero sí seguramente hermosa- le reclamó que tales posturas eran absurdas por inocuas y “pantalleras”. Pero, qué duda cabe, ya la felicidad nos está costando demasiado.

Primer día después de Navidad. Primera página de The New York Times. El mundo tampoco parece creer en una felicidad espasmódica. El dilema de Netanyahu: ¿continúa con los asentamientos frente a la clara oposición internacional? Miedo en Hendersonville, Carolina del Norte: los blancos locales le temen al terrorismo islámico, los musulmanes locales le temen a la supina ignorancia de los blancos locales sobre lo que es su religión. En Qaraqosh, una población cerca a Mosul, en Iraq, fuerzas irquíes y norteamericanas celebran misa luego de haber desalojado, a sangre y fuego, a las fuerzas del Estado Islámico; antes, informan, la población era mayoritariamente cristiana. Un viejo-nuevo problema para los periodistas: ¿cómo hacer cuando poderosos sectores conservadores -desde el Gobierno o no- acusan que todas las noticias divulgadas por los medios y los periodistas –especialmente las que les aluden- son “falsas”. Señalamiento bastante recurrente y frecuente entre nosotros, aunque los que nos gobiernan no se consideran conservadores sino revolucionarios. Y no podía faltar una nota de cómo el imperio Trump se forjó con tácticas demasiado semejantes a las utilizadas por la mafia, al menos en las películas. Llama la atención, eso sí, que ni ésta ninguna de las otras noticias señaladas sea la más importante para los editores de tan importante diario mundial.

La foto del próximo presidente de los EEUU quedó empequeñecida y reducida a un extremo. Tuvo que cederle espacio a una más grande y desplegada donde una mujer, muy delgada y de tez aceitunada, llora de cuclillas ante una rústica lápida de cemento; tan rústica que el nombre del cadáver que ella guarda fue escrito, de manera accidentada y dispareja, por el dedo de algún familiar o amigo solidario. La mujer que llora es Yamilet Lugo, el cuerpo bajo tierra es el de su hijo Kevin Lara Lugo, quien falleció de dieciséis años, envenenado por algo que encontró en la basura. La foto fue tomada en Maturín, en septiembre de este año, por Meredith Kohut.

Poisoned by Hunger: Life and Death in Venezuela (Envenenado por el hambre. Vida y muerte en Venezuela), es el título que el acucioso e incansable Nick Casey, corresponsal del Times en nuestro país, le ha dado a su extenso reportaje. En el mismo da cuenta de lo que todos los venezolanos sabemos (o deberíamos saber, o damos por sabido): que en la mayoría de nuestros hogares no hay nada que comer y, por lo tanto, urgidos, desesperados por el hambre, los venezolanos salen a buscar en la basura lo que medianamente luzca comestible. Pero, como prueban tantos perros callejeros podridos en las cunetas y las esquinas, es más fácil encontrar veneno y muerte que vida y satisfacción. En su texto, Casey no pierde tiempo hablando mal del gobierno -¿para qué, si todos nuestros males apuntan a una misma, única y evidente dirección?-, sencillamente describe, con los ojos de asombro y horror que corresponden a un auténtico ciudadano del siglo XXI, lo que no deja de ser esta desgracia decimonónica y quizá hasta medieval que nos aplasta sin pausa ni misericordia. Casey, se entiende, no escribe para nosotros sino para el mundo –es el trabajo del corresponsal-, y su horror seguramente será compartido y multiplicado por más de un desprevenido lector en este suave tiempo decembrino.

Primer día después de Navidad. Poco nuevo bajo el sol, y, a pesar de todos los buenos y necesarios y merecidos deseos, para los venezolanos tampoco hubo paz.

 

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