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Enrique Meléndez: Navidad en ruinas

 

Hemos tenido una navidad en ruinas. No hemos pasado por una confrontación bélica, pero la impresión que hay es que Venezuela está en cenizas. Obsérvese lo que puede una ideología, esto es, la ideología del comunismo; una especie de monstruo político, que todo lo arrastra. Hace catorce años, en pleno paro cívico nacional, quienes nos gobiernan, ateos de corazón y de conciencia, reclamaban que sus opositores le habíamos robado la navidad al pueblo venezolano. Uno se pregunta: ¿quién le robó la navidad a quién? Es perverso ese mensaje “navideño” que se difundió, supuestamente, de Diosdado Cabello: “en medio de tantas dificultades saldremos adelante”. Incluso, hasta parece una ironía, puesta en boca de un opositor del régimen, pues nada justifica esas dificultades, que reconoce una persona, que fue hace unos días al estado Bolívar, a los fines de llevar a cabo una inspección, con motivo de los disturbios, que se suscitaron en la región, a raíz del decreto de la eliminación del billete de cien bolívares del circulante monetario, y que llevaron a que el comercio de algunas de sus ciudades fuera saqueado, en especial, los abastos y, sobre todo, de ciudadanos chinos, y regresa diciendo que allí no ha pasado nada.

Hay más de uno que en sus oraciones le pregunta hoy en día a Dios, que qué ha hecho este pueblo, para merecer semejante castigo. Es impresionante como el hambre ha venido haciendo estragos en la población: dos millones de personas comen de lo que consiguen en la basura; siete millones de personas hacen una sola comida al día, y así sucesivamente de acuerdo al rango social de cada quien, hasta llegar a los enchufados, encabezados por el propio “ojitos lindos”; que son los que llevan una vida de boato y de bonanza: viajes al exterior en sus jets privados, caravanas de escoltas detrás de sus vehículos particulares, yates enchapados de oro.

Una minoría exclusivista y cínica; que no siente ni la más mínima preocupación por la circunstancia de que ya hay varios casos de niños que se han muerto de desnutrición; que los escolares se desmayan en los planteles educativos y que toda la población, en general, ha venido perdiendo peso; famélicos ya algunos: “treinta y cinco años, que llevo casado, me dice un vecino, y es la primera vez que en la casa no hacemos hallacas”; primero, porque la harina de maíz, en definitiva, está desaparecida desde hace tiempo, y, luego, todos los demás ingredientes, que son importados, muy pocos los pueden adquirir, dado su alto costo; una noche buena, que fue más bien triste: apenas uno que otro cohetón que se oyó en el ambiente, a diferencia de otras navidades, cuando entonces no eran sólo cohetones, los que se oían, sino también cañonazos y petardos, junto a luces navideñas, que refulgían por todas partes; una noche buena que no lo fue, repito, sino para una elite; para una especie de corte versallesca, que la constituiría, en especial, los conocidos como los seis siniestros: Maduro, Diosdado, El Aisami, Jorgito, Aristóbulo y Jaua, llenos de privilegios, que no padecen ni de cerca ese flagelo, que se conoce como la escasez; ya que con sólo darse una vuelta por una de estas islas cercanas, que hay en el Caribe, resuelven el problema del abastecimiento, y quienes, por lo demás, a medida que se acrecienta la crisis más les resulta, si se observa que uno de los privilegios, de los que disfruta lo constituye el hecho de tener acceso a los dólares preferenciales, y así por cada dólar que reciben a diez bolívares, se pueden dar la vuelta, y lo venden en el mercado negro cambiario a 2 mil 500 bolívares, y de allí que sus fortunas sean colosales a esta altura de la vida.

Mucho más cínica aún resultó la Superintendencia de Precios Justos, que interviene, sobre todo, las tiendas de juguetes, a propósito de una supuesta especulación, con la que estarían vendiendo los productos; para terminar rematándolos en el edificio del que iba a ser el Sambil de La Candelaria en Caracas; un edificio, perdóneseme la digresión que también fue objeto de una confiscación, sin que hasta ahora se haya producido una indemnización a sus propietarios; lo que la opinión pública calificó de robo, pues actuar de este modo, apelando al concepto de especulación en términos comerciales, no es sino un acto de demagogia; pues es verdad que se le produjo alegría a algunos niños; pero, ¿y los del interior del país?, además, ¿y los que llegaron tarde a la cola que se formó, y no alcanzó para ellos la cantidad de juguetes, que les fueron arrebatados a las tiendas?

Cuando triunfó la revolución cubana todo el mundo se llenó de expectativas, pensando que el modelo económico, que profesaba el comunismo, constituía la receta ideal, para sacar de la pobreza a los pueblos del llamado Tercer Mundo, en especial, porque había la creencia muy difundida, partiendo de aquella tesis de Lenin, de que el imperialismo era la fase superior del capitalismo, es decir, de que la causa de esa pobreza se debía al desarrollo de los países altamente industrializados, a propósito de la explotación de sus respectivas materias primas; una tesis que ni el propio Marx manejó, como lo demuestra Carlos Rangel en su libro del Buen Salvaje, al Buen Revolucionario, y que, por el contrario, hoy vemos que ese modelo no conduce sino más a la miseria a dichos pueblos.

Hoy millones de venezolanos han tenido que viajar al exterior, en busca de un destino mejor; miles de venezolanos ha muerto por desnutrición, falta de medicinas y a manos del hampa; pues esto último también es el otro flagelo que azota nuestra sociedad, teniendo presente que tenemos una delincuencia que actúa con saña, producto del odio que ha sembrado esta gente en nuestro medio, y en donde se ven cuadros de una crueldad extrema; una descomposición social que comienza, precisamente, por el secuestro de nuestra institucionalidad.

 

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