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Fernando Yurman: En la última prehistoria de la mutación digital

La técnica hereda el benévolo sentido de herramienta, dócil objeto diferenciado de su amo, pero con el aumento de su complejidad también multiplicó la suspicacia sobre su mansa lealtad.

La rebelión de la computadora, núcleo dramático del film de Stanley Kubrik, es ya un añejo símbolo de esa sospecha creciente. El argumento condensaba presunciones fantásticas de Isaac Asimov, y estaba honrosamente endeudado con Frankestein e incluso con el Golem. Ilustraba el siniestro crepúsculo de un viejo nexo, la vital alianza del instrumento con la mano, que había cantado el optimismo positivista, ensalzado el futurismo y alegorizado la hoz y el martillo.

Hoy esa arcaica relación es menos con la mano que con algunos dedos, menos con esos dedos que con la vista, más con señales que con la memoria, y aquella desobediencia tecnológica de “Odisea 2001” desvanece su ingenuidad en nuevas transacciones digitales. No se rebelan los cyborgs, pero la eficacia del pacto que demanda la vida online no cubre la transformación que impone a la vida offline. Y no es claro que el pacto no sea un sometimiento.

El uso aliviador del GPS no permite la esencial experiencia de perdernos, y para el dichoso “flaneur” dilapida el tesoro de lo desconocido; el aluvión fotográfico archiva el pasado, sepulta la delicada nostalgia que endulza la memoria, y su tormenta de imágenes perfila y arrastra la trémula vivencia personal; la velocidad electrónica no deja devanar el sincopado pasaje del tiempo que tejía la experiencia; la masiva información impide elaborar los sucesos; y la excesiva conexión banaliza y evita vínculos profundos. En su denso estudio, “Cine, Fonógrafo y Máquina de escribir “, Friedrich Kitter había enfatizado que la tecnología no solo extiende las capacidades personales, también nos transforma como especie.

Nuestro sistema neurológico, los modelos intelectuales y afectivos, son troquelados por la técnica y los materiales que usamos. No se trata de que el medio sea el mensaje, como proponía Mac Luhan, sino que el medio cambia al mensajero. El contagio y ubicuidad de esta marejada nos empapa y torna otra criatura, una entidad que no podemos adivinar por que la mitad de nosotros es el software que nos envuelve. La realidad es una red de símbolos, no una biblioteca congelada, sino una cosa que se mueve y excita en su materia viva, y por ello la tecnología constituye nuestros sentidos.

La primera alerta del fenómeno quizás fue dada por el ensayista Lewis Mumford: a comienzos del somnoliento siglo XX había indicado que el reloj no solo moduló la noción del tiempo, también la división en horas separó la sensación corporal de las decisiones vitales, y sometió el músculo a la abstracción cronométrica.

En los remotos años 20, T.S.Eliot habia revisado: “nos esforzamos arduamente en aprender a decir y ahora que ya sabemos no tenemos nada que decir”. Se refería a aquella literatura de vanguardia, pero se aplicaría hoy a la facilidad de contacto múltiple en las comunicaciones, fluidez que banaliza la comunicación. También la democracia que nos dona la tecnología y multiplica sin límites los intercambios, tiene efectos contraproducentes. La red de usuarios, consumidores, productores, y gente divertida, suscita una gigantesca parálisis del genuino debate cultural y político; cuando no alienta monstruos como la negra primavera árabe o las recientes elecciones norteamericanas. Como había observado el investigador y ex-ciberutopista Evgeny Morozov, el Internet puede promover libertades, pero también opresión, y podría ser el nuevo opio de masas. Y para muchos expertos no se trata solo del contenido, la misma práctica de la virtualidad determina pensamientos y visiones. La irreversible civilización digital nos convierte, con nuestra colaboración inocente, en un organismo desconocido, como aquellos pioneros espaciales de Ray Bradbury que imperceptiblemente se tornaban marcianos. Es como si ese antiguo vínculo, que alguna vez cuestionaron los movimientos antimaquinistas del siglo XIX o las semblanzas románticas de Thoreau o Emerson, hubiera encontrado lo temido. Los chips y pantallas resultan los leños para un caldero que cocina otra especie. El universo de redes muestra que la herramienta puede esconder demonios, y aquella sospecha literaria que había mimado Wells, Verne o Huxley , ensombrece los últimos avances de la utopía tecnológica. Unos piensan que nos coloniza, otros que nos potencia, y sin duda suscita una mutación de la especie.

En la idealizada historia del arte es menos reconocido el insidioso soporte material, pero igual de sugerente, y permite vislumbrar el estrecho metabolismo entre la inspiración y el utensilio. La imprenta habría influenciado por ejemplo en Cervantes, mucho más de lo que se puede medir en la modernidad de su novela (el juego de voces, las máscaras, el humor con las identidades, la pugna con el Otro Quijote, implicaba el orbe multiplicado de la imprenta). La oferta masiva de la pintura industrial que promovió el derroche y la pintura al aire libre, incidió en el desbordante trazo de Van Gogh tanto como su mirada, así como los aparatos ópticos y gabinetes en la perspectiva de muchos pintores flamencos. La tinta fue cómplice directo en la fluidez de sangre o lágrimas que deslizaba la pluma romántica, así como la máquina de escribir fundió su ritmo metálico con las frases cortas de Dashiell Hammet o Raymond Chandler. Todavía desconocemos cuánta prosa contemporánea está determinada por la copia y pegado de las computadoras, pero ya no se encuentran aquellos viajes fluviales de la frase, cuando la mano, la tinta y la pluma continuaban la respiración del escritor.

La estética nunca fue ajena a la materia, pero la inspiración representaba voluntariosamente “lo humano”. El agudo siglo XVII francés, adicto a máximas y frases de salón, adivinó esa humillación del espíritu y alentó a Rochefocault ironizar que muchos no se habrían enamorado si antes no hubieran “leído” la palabra “amor”.

En el siglo XX, el cine deslizó de manera industrial los modelos amorosos, sexuales e incluso éticos o biográficos. En el nuevo siglo, esos modelos se han fragmentado en múltiples relatos, desconcertados, y lo privado y lo público aparecen en la misma cara del espejo. Ocurre por el carácter externo que adquirió la subjetividad, la proliferación de bocetos intimistas en la velocidad de las pantallas, y por la pérdida de límites del Yo en un mundo de redes. Con tantos sucesos, la identidad disuelve sus reservas íntimas, se alimenta y también alimenta un afuera incesante. El ritmo del tiempo lo modula la pantalla, la entrecortada expectativa se suma al vértigo, y ni siquiera la confusión es íntima: circula por el alma colectiva de las redes.

En el ámbito político, la ilustración de este fenómeno es más burda, pero atiende a mayores peligros. Alexander de Tocqueville, en su temprana crítica a la democracia norteamericana del siglo XIX, indicaba el riesgo de elevar sin límites la mediocridad. Su alerta incluía los periódicos, el uso demagógico de la admonición, la fetichización del nuevo concepto de “pueblo”, el sufragio universal. Por esos tiempos su temor era mera anticipación, y Lincoln, según cuenta la cálida prosa de Carl Sandburg, todavía debatía socarronamente en la calle mayor de los pueblos. No mucho más tarde, el candidato presidencial empleaba el último vagón de ferrocarril para difundirse de ciudad en ciudad. En el ominoso siglo XX, la radio fue consustancial a la influencia de Hitler, la televisión al triunfo de Kennedy sobre Nixon, y en el XXI el Internet y sus redes para la prometedora visión de Obama, como el twitter a la de Trump. La pregunta difícil es si Trump usó la tecnología o la tecnología usó a Trump. Lo cierto es que las breves fórmulas del twitter sostienen el fervor sobre la estrecha banda mental de aquella población tan temida por Tocqueville en 1835.

Según Zigmunt Bauman, el pensador que había definido nuestro tiempo como “realidad líquida”, nos estamos distanciando del pasado a vertiginosa velocidad, y es relevante el impacto de dos fuerzas, el olvido y la memoria. La escasez de tiempo impide rememorar y la memoria guarda un recuerdo deformado del pasado.

Habría que agregar a esta observación del filósofo que la condición de productor de datos de los consumidores de redes, soslaya los expertos y la confianza tradicional en la información, para caer en un pluralismo informativo sin rumbo. Hay gran avidez para no perderse nada, pero una notable dificultad para retener algo importante. Una frase intensa puede determinar una decisión colectiva, porque el usuario está inerme ante el propio y natural narcisismo que ya no puede controlar. Las redes estimulan especialmente las tendencias al voyeurismo y al exhibicionismo. Son las pasiones de la civilización del espectáculo que emanan de esta tecnología. No es ajeno a la sensación de muchos pacientes que sienten la vida registrada, como filmada, ya que todo hecho se duplica, como observaba Laurence Scott en su penetrante estudio “La cuarta dimensión humana”.

El contrapunto entre caminante y paisaje, el encanto de la escritura en vez de la seducción visual, la lenta memoria más que la foto, la buena conversación personal en vez del celular, se evaporan poco a poco entre nosotros; el lector sensible es una especie en retirada, que alguna vez fundirá su horizonte con los viajeros y vellocinos que alimentaron su imaginación; así como en alguna otra prehistoria se retiraron los que sabían olfatear el viento o encontraban mensajes en la brisa. El ilustrado Umberto Eco, en su última novela, “El Número cero”, hace decir a un personaje que cuando alguien posee una vasta cultura significa que es un fracasado, porque este es un tiempo de especialistas.

Lo escribió poco antes de su muerte, y recuerda la melancolía de Stefan Zweig antes de la Segunda Guerra, y la de uno de sus maravillosos personajes, Mendel el librero, después de la Primera. Lo que ocurre ahora no es una guerra, parece más afín a la aparición de la imprenta, el caballo o la agricultura. Tal vez en esa vorágine época se desvanezcan los lectores solitarios y eruditos, o los justos de la letra, como Mendel, el librero de Zweig. Quizás esta generación sea la última de los neardenthal del humanismo, y el final de la esfera de escritura en que respiraban. Lo cercano, lo remoto y lo lejano han cambiado, aquel horizonte gigantesco en que navegaba Moby Dick pertenece a la casual pelota azul que hoy muestran los films como el planeta tierra. También la trascendencia que ilustraba esa lejanía desapareció, o ya no tiene espacio y dirección para desplegarse.

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