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Rafael Del Naranco: Nos falta Uslar Pietri

En la repisa alzada sobre la mesa en la que ejerzo una forma de vivir abacial y, en los instante calmosos, escribir, hay un espacio con libros de autores venezolanos que mejor han escarbado el abatido camino de la nación, y gracias a ellos nos mantenemos fundidos al espigón de las ideas políticas, sociales, económicas, literarias y poéticas hasta el día de hoy.

No están todos los que uno había arropando: el alto costo de trasladar una biblioteca formada durante años en la vereda de Chacaíto a la Valencia mediterránea, era prohibitivo. Ha sido un desgarro. La hilera de obras es corta y, aún así, mantiene el fogón de los valores del país fusionados con su idiosincrasia inconmensurable.

El repertorio fue un baúl exiguo con estos compañeros de viaje que en nosotros representa el soporte de un exilio interior no deseado: Andrés Bello, Simón Bolívar, Francisco Miranda, Juan Germán Roscio, Pedro María Morantes (“Pío Gil”), Rufino Blanco Fombona, Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, José Rafael Pocaterra, Vicente Gerbasi, Miguel Otero Silva, Juan Sánchez Peláez, Ida Gramcko, José Ignacio Cabrujas, Adriano González León, Eugenio Montejo, Rafael Cadenas, José Pulido… y poco más hasta llegar al encuentro de Arturo Uslar Pietri.

Del autor de “Tierra Venezolana” y un vasto crisol de obras, ha llegado  con nosotros la enseñanza que nos legó y con ella nobles admoniciones imperecederas.

Hablar con él era acudir a un cinematógrafo. Guardaba el don de la palabra descriptiva tan arraigado que uno veía y sentía cada hecho o relato como si fuera una cutícula fílmica. Su  memoria, un portento.

Pocos intelectuales en el país han tenido tan arraigado el sentido de lo que es, pudo ser y no es Venezuela. La sensatez de sus palabras explayando su desencanto ante una nación destruida ante la indiferencia de toda la sociedad política en los últimos 50 años, son evidentes y desgarradores.

Representó la conciencia diligente sobre esta tierra de utopías y desvaríos cubierta de fuliginosos nubarrones, cuya moral se había vuelto insensible a cada uno de sus endémicos desarreglos, los mismos que en la actualidad no hallan un soporte de sensatez en donde aferrarse. Como nación no solamente estamos solitarios con nuestros abatimientos, sino acerbamente desguarnecidos.

Uslar siempre expresó el mal de Venezuela: “Un país  donde se dilapidaron miles de millones de dólares como si fueran pólvora de fiesta. Una nación llena de prosperidad bajando a la ruina más doliente”. Palabras esclarecidas, portentosas, diáfanas… temibles.

Su sentido reflexivo como miembros de una sociedad que necesitaba y demandaba todos los apoyos posibles, fue hasta el final de su definitivo transitar, claro, batallador, lúcido y ejemplar. Un día como tantos en su dilatado caminar envuelto en didácticas palabras, expresó con esa serenidad surgida del perenne horizonte ya recorrido: “La riqueza del suelo entre nosotros no solo no aumenta, sino tiende a desaparecer”. Ramalazo fibroso y directo hacia los cansados de llevar en los hombros el espíritu intenso del desarrollo del país.

“La gente vive de rutina y desea una existencia quieta y tranquila. Hay algo muy curioso: los animales no se jubilan, ni tienen vacaciones, ni sábados ni domingos, porque la naturaleza nos hizo para luchar las 24 horas del día. El hombre fue el que inventó estas cosas trágicas, que puede vivir sin trabajar y sin producir. Mentira. Hay estadísticas donde parece ser inmensa la mortalidad de los hombres que fueron muy activos y luego se retiraron. Me esfuerzo igual que hace veinte años y me preocupo por las mismas cosas”.

Recordamos ahora a Carlos Castañeda, el brujo de los desiertos de Arizona y el norte de México, muerto alguna vez en alguna parte. Su libro más emblemático, “Las enseñanzas de don Juan”, donde un chamán indio hablaba de la energía humana, la cual todo lo puede, nos hizo recordar ante la marcha del doctor Uslar Pietri, a los 94 años de edad, esa vitalidad perenne, esa fuerza interior tantas veces mencionada por los dioses que nos hicieron humanos y que él, teniendo como meta mayor elevar a Venezuela al pórtico de la libertad y el progreso, anhelaba sin fin.

Cuando el maestro Uslar tomó el sendero en que el éter es poesía, trigo y dimensión paralela sin retorno, el país se había quedado estancado en un largo tiempo que ahora mismo sigue sobrellevando con ahogos.

Su voz era el grito clamando en la llanura reseca con políticos estancados e incapaces de ver, comprender y saber retirarse a tiempo, cuando las siete plagas del mal bíblico germinan en nuestra heredad como ortigas, cardos y sueños rotos bajo un marco de contención que impide hasta respirar aire fresco.

Coexistir bajo democracia es hacerlo como un principio emergido de las urnas, receptáculos que sostienen la libertad plena sin canonjías ni chantajes. Reflexionemos.

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