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José Alberto Cepas Palanca: El General O’Donnell

Leopoldo O’Donnell y Joris, conde de Lucena, nació en Santa Cruz de Tenerife un 12 de enero de 1809 y falleciendo un 5 de noviembre de 1867 en Biarritz, Francia. Su padre, el General Carlos O’Donnell era de origen irlandés, originario de una familia emigrada a España durante la revolución de Cromwell [1] durante el periodo de 1642 a 1689. Se casó a los 28 años con Manuela Berges y Petre. Aunque era liberal moderado, fue el creador de la Unión Liberal [2].

Como tantos otros grandes personajes del siglo XIX, O’Donnell se hizo un nombre durante la Primera Guerra Carlista que duró de 1833 a 1840, luchando a favor de la reina niña Isabel II. Es curioso que casi toda su familia fuera carlista.

El General O’Donnell. Campañas militares

Sus primeros éxitos tuvieron lugar en las campañas del norte, alcanzando el grado de Mariscal de Campo, equivalente al actual de General de División. En 1839, ya con un prestigio reconocido en el campo de batalla, combatió en la sierra del Maestrazgo, donde las tropas carlistas estaban dando sus últimos estertores. Terminó la contienda con el grado de Teniente General y el título de conde de Lucena.

Al igual que la mayoría de los militares de la época, O’Donnell tuvo una participación en la política no menos activa que en el Ejército. Encuadrado dentro del grupo moderado, tuvo en Espartero a su principal rival dentro del liberalismo. La rivalidad fue tal que, ocupada la Regencia del Reino por Espartero, O’Donnell se tuvo que exilar. Desde Francia colaboró con el fallido encabezado por Diego de León[3] en octubre de 1841, con la misión de llevar a cabo el levantamiento en Pamplona.

Su vida militar y política gira en torno a Cuba, cuando el 31 de junio de 1843 pidió desempeñar la Capitanía General de la Isla en donde permaneció hasta febrero de 1848. Fue un antes y un después. Antes de ir a Cuba el ya laureado de la Guerra Carlista – ya era duque de Aliaga y conde de Lucena – era un moderado de la fracción más recalcitrante del partido; cuando se volvió independiente y comenzó a gestar un punto político medio.

Uno de los biógrafos de O’Donnell, Carlos Navarro y Rodrigo, decía: “¿Quién no oído hablar alguna vez de los millones que O’Donnell se trajo de Cuba?”, para desmentir seguidamente lo que denominó maledicencias y acusaciones sin fundamento. Los informes británicos aseguraban que había acumulado un gran capital, dejándose sobornar por los negreros a razón de tres onzas de oro por negro bozal[4] introducido en la Isla a través del comercio clandestino. La realidad fue que trajo de Cuba dos tipos de relaciones; con los comerciantes esclavistas que también eran propietarios de ingenios azucareros explotados con mano de obra esclava, y con militares, que como él, y que por distintos conductos, tenían una estrecha relación con las colonias y estaban dispuestos a enrolarse los primeros en una formación política que defendiese con mucho interés los intereses coloniales.

Narváez y él se disputaban la cercanía a María Cristina de Borbón y a su esposo, Agustín Fernández Muñoz, duque de Riánsares[5]. Los dos militares habían conspirado desde el exilio contra la Regente expulsada en 1840 y contra Espartero y el Gobierno progresista. Pero O’Donnell se sublevó a favor de María Cristina en 1841 y que desde Paris, y con la financiación de la ex regente, preparó el golpe de 1843.

En 1823, cuando se produjo la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, O’Donnell con 14 años, se puso a las órdenes del absolutismo, escapando de Valladolid a Burgos, donde estaban acuartelados. Restablecido el absolutismo, ascendió en 1828 a Capitán del Regimiento de Infantería Imperial Alejandro. ”O’Donnell entonces llamaba la atención por su gallarda presencia. Era largo y rubio, es decir, tenía los signos externos de la raza del Norte; alegre y decidido, esto es, había tomado algo de la gracia meridional; se distinguía ya por la temprana severidad de su conducta”, decía de él Carlos Navarro y Rodrigo.

Cuando falleció Fernando VII, parecía que la familia O’Donnell sería partidaria de los carlistas, pero un primo de O’Donnell, Leopoldo – con el mismo nombre – había sido fusilado por orden de Zumalacárregui[6] y su padre, tío de O’Donnell, murió de un ataque al corazón al enterarse de la noticia. La familia O’Donnell se dividió; Leopoldo, como su primo del mismo nombre, abrazaron la causa cristina, pero sus hermanos Enrique y Juan lucharon en el bando carlista.

Leopoldo O’Donnell estaba de guarnición en Barcelona al inicio de la guerra, cuando conoció al matrimonio Ignacio Vinyals y Aymerich y Manuela María Bargés y Petré, pero el marido falleció en julio de 1834, y su viuda, 13 años mayor que O’Donnell, acabaría casándose con él, por poderes y en medio de la guerra, en noviembre de 1837. El caso es que la influencia de una familia liberal como los Vinyals-Bargés bien pudo decantar el ánimo de O’Donnell por la causa isabelina. O’Donnell entró en la guerra por la parte de Aragón y ya en abril de 1834, era Coronel de Infantería. Al mes siguiente se enfrentó a Zumalacárregui en la que fue herido, lo que le obligó a dejar los combates durante un año. A partir de 1835 y bajo el mando de Fernández de Córdova [7] y de Espartero, fue subiendo en el escalafón hasta Mariscal de Campo a finales de 1837, siendo nombrado Jefe del Estado Mayor del Ejército de Operaciones del Centro y Capitán General de Aragón, Valencia y Murcia a mediados de 1838. La toma de Lucena del Cid, en Castellón, en julio de 1839, venciendo al General carlista, Cabrera [8], fue trascendental para el curso de la guerra, a pesar del Convenio de Vergara[9], pues entre avances y retrocesos de unos y otros, al final, en el verano de 1840, Cabrera pasó a Francia y la guerra se dio finalizada; no era ése el caso del carlismo.

En medio de la guerra y la revolución, la maltrecha hacienda española sólo pudo sostener el esfuerzo bélico por las remesas que de numerario provenían de Ultramar. Entre 1834 y 1839 los recursos procedentes de Cuba y Puerto Rico proporcionaron el 9,5% de los ingresos ordinarios del Estado. Hasta hubo en esa etapa algún momento en que Cuba llegó a contribuir a los gastos metropolitanos con el 40% de sus ingresos.

Más éxito tuvieron los moderados en 1843 cuando, liderados por Narváez, lograron acabar con la Regencia de Espartero e instaurar un Gobierno moderado que duró una década. En ese tiempo, 1844-1848, O’Donnell fue destinado a Cuba como Capitán General – donde se le acusó de lucrarse del comercio esclavista- senador vitalicio y Director General de Infantería.

En 1847, cuando todavía estaba en Cuba, O’Donnell recibió los títulos de vizconde de Aliaga y conde de Lucena. La revolución le había llevado muy arriba. Pero pensaba en aumentarlos; y parecía querer hacerlo a la sombra de su reina Regente, María Cristina.

O’Donnell político

Con el paso de los años, su descontento con el Gobierno fue aumentando, hasta el punto de participar en el golpe de Estado que puso fin a la Década Moderada en 1854. Llegó un nuevo Gobierno, progresista, liderado por su antiguo rival, Espartero, en el que O’Donnell fue Ministro de la Guerra. No obstante, y a causa de sus diferencias con Espartero creo su propio partido, la Unión Liberal, con el objetivo de ser el centrismo. Creado el partido, se crea un nuevo Gobierno en 1856 liderado por O’Donnell y con Espartero en el exilio. Comenzó un periodo en el que se alternaban la Unión Liberal y el Partido Moderado. Ocupó la Presidencia en tres ocasiones: 1856, entre 1858 y 1863 y finalmente entre 1865 y 1866. Su Gobierno largo se caracterizó por la apertura política y el auge económico del país. También desarrolló la política de prestigio en el exterior, participando en guerras en Asia, América y el norte de África.

Combatió y venció en la Segunda Guerra Carlista, tratando de sofocar las aspiraciones revolucionarias de los progresistas, sin éxito. Su Unión Liberal comenzó a descomponerse debido a disidencias internas. En junio de 1866, O’Donnell abandonaba su último Gobierno por desavenencias con Isabel II.

Cuando acabó la guerra, los Generales victoriosos se pasaron a la política contando con los que les habían ayudado en sus acciones bélicas. Ni Prim, ni Espartero, ni O’Donnell, ni Narváez, ocuparon el poder en tanto que caudillos militares. Gobernaron como hombres políticos. Ejercieron el poder, no por tener bajo su mando una División o un Cuerpo de Ejército, sino como hombres representativos de fuerzas políticas. O’Donnell quizá se distinguió por ser el más pretoriano de los hombres de Isabel II; consiguió organizar un grupo de altos mandos de un Ejército, ya cohesionado.

El partido moderado, cuya verdadera cabeza era la Reina Regente, María Cristina de Borbón, y en el que Narváez fue el alma mater, había abolido los señoríos, los mayorazgos, estaba en marcha la desamortización eclesiástica de Madoz[10], que había suprimido gremios, diezmos y mestas, había proclamado la libertad de industria y comercio y la propiedad privada, quería, además, hacer leyes de ayuntamientos y diputaciones para poner en manos del Gobierno, no de los ciudadanos, la designación de autoridades locales, al tiempo que desea desbaratar la Milicia Nacional para ponerlo en manos del poder central. De abajo a arriba, del Alcalde al Gobernador Civil y de arriba abajo, de la Corona al último concejal, pero el progresismo liderado por Espartero, no estuvo de acuerdo y se pronunció. María Cristina se refugió en O’Donnell que estaba en Valencia, pero le ofreció a Espartero el Gobierno, pasa desairarle, a cambio de aceptar la ley de Ayuntamientos de los moderados. Espartero se negó, pero la Regente siguió en sus trece sancionando la ley, lo que le valió su exilio.

O’Donnell se decidió entonces por la conspiración que tendrá como centro neurálgico el palacio parisino de la ex regente. Se urdió un proyecto subversivo para para la reentronización de María Cristina en Zaragoza, Pamplona, Vitoria, Bilbao y Madrid, que fracasó y O’Donnell se exilió en Orleans, Francia. Se volvió a intentar la sublevación comandada por Narváez y O’Donnell, apoyados por el dinero que puntualmente enviaba la ex regente, para que a principios de 1843 se hiciera extensiva a toda España. El nuevo poder moderado liquidó la Milicia Nacional; repondrá la Ley municipal sancionada por la Regente en 1840 y cambiará al Capitán General de Cuba, Gerónimo Valdés [11], cuya política era nefasta para los intereses esclavistas, aún sin asomo de querer liquidar la esclavitud, a pesar del tratado hispano británico de abolición de la trata en 1820 y fue sustituido por O’Donnell. Al poco de llegar a Cuba, O’Donnell escribía al Ministro de Marina, José Filiberto Portillo: La Isla de Cuba concluye para nosotros y desaparece su importancia el día en que cese el trabajo de los negros en ella.

O’Donnell en Cuba

O’Donnell fue nombrado Capitán General de la Isla de Cuba antes de que Narváez lo fuera del Gobierno de España. La actuación de María Cristina, de vuelta a España el 15 de febrero, parece la principal hipótesis para entender cómo “el día 31 de julio de 1843 se le nombró a O’Donnell, Capitán General de la Isla de Cuba, después de haberle devuelto los honores y condecoraciones que había perdido por su comportamiento el año 1841”. Por lo que respecta a la trata, O’Donnell expuso su posición: no sólo no iba a aceptar la presión británica, si no que ni siquiera estaba dispuesto a cumplir los tratados. La represión a la trata iba a convertirse en una argucia verbal y una negativa real, ya que durante la época del comercio libre de esclavos (1798-1821) se introdujeron en la América española 342.000 esclavos y en la del comercio clandestino, entre 1821 y 1867, se introdujeron en Cuba 700.000, siendo a partir de 1843 cuando las cifras anuales se tornaron muy regulares. O’Donnell dio la espalda a los criollos cubanos y se alineó con los comerciantes negreros, bien representados en la Junta de Propietarios, creada en La Habana en 1844 y presidida por el Capitán General que estaba convencido de que la trata y el incremento de población esclava era un antídoto contra posibles pretensiones emancipadoras respecto a la metrópoli, o anexionistas con respecto a los nuevos Estados Unidos de América. El conde de Lucena no cumplió las órdenes emanadas de la península: censuró La Gaceta de Madrid para que no se difundiese la ley de represión del tráfico negrero de 27 de febrero de 1845. La introducción de los negros bozales le salía a cuenta, no sólo por el soborno cobrado a los negreros, sino porque el Capitán General recibía sus haberes peninsulares en pesos fuertes [12] de las Cajas[13] de La Habana, ganando grandes cantidades por el cambio favorable de las divisas.

Quienes sí llegaron siendo todavía O’Donnell Capitán General fueron los culíes, a partir de 1847. El año anterior, la Comisión de Población Blanca de la Junta de Fomento impulsó la importación de chinos. Los primeros en llegar lo hicieron a bordo del Oquendo y el duque de Argle. Ese año arribaron 600 colonos chinos a la Antilla, aunque en años posteriores se intensificó. Entre 1847 y 1874 unos 140.000 culíes emprendieron el viaje a Cuba falleciendo unos 16.000 durante el trayecto entre Macao y Cuba, en un viaje que duraba en torno a 168 días. El inmigrante chino en Cuba era teóricamente libre, como proclamaba su contrato de trabajo firmado en su lugar de origen, pero el problema era que el contrato especificaba que duraba ocho años, a cambio de un salario que, en la práctica, los equiparaba a esclavos.

A poco de volver O’Donnell a la península, recibió una carta de un moderado prominente, Pidal[14]: “estimulándole a que buscase la manera de inmiscuirse en los altos negocios del Estado; que viniera, andando el tiempo, a reemplazar a D. Ramón Narváez”. Pidal temía que Narváez no respondiese con la suficiente contundencia a los aires revolucionarios que se habían levantado en Francia amenazando la placidez española. Los temores venían de la reciente condescendencia con Espartero, al que Narváez había invitado a volver a España para incorporarse al Senado, a lo que O’Donnell se negó. Narváez, agradecido por no haber aceptado la oferta de Pidal, le nombró Director General de Infantería.

Más política

El ya Teniente General O’Donnell había sido nombrado senador el 15 de agosto de 1845, incorporándose a la Cámara el 30 de diciembre de 1848. Durante dos años no levantó excesiva expectación parlamentaria. Todo cambió cuando en enero de 1854 Narváez presentó su dimisión, siendo sustituido por Bravo Murillo[15], bien visto en el palacio de Las Rejas, en Madrid, donde vivían Agustín Muñoz y María Cristina, quien la llamaban “la Muñoza”. Pero surgió el eterno problema del Concordato con la Santa Sede, muy negociado, que llegó en octubre de 1851. En él, la Iglesia Católica asumía como irreversible la desamortización de bienes eclesiásticos, pero consiguió que le fueran devueltos los todavía invendidos, así como la unidad católica del país. Bravo Murillo presentó su reforma constitucional en un sentido restrictivo, antiparlamentario y autoritario, lo que motivó que dentro del partido moderado se produjera una importante ruptura. Ni Narváez, ni O’Donnell estaban a favor de la reforma. El Gobierno reaccionó comisionando a Narváez a Viena, es decir, exilándolo. O’Donnell se convirtió en el epicentro de la oposición liberal conservadora.

Leopoldo O’Donnell representaba a amplios sectores de la clase madia española parapetado en los palacios de Oriente y de Las Rejas donde se repartían concesiones ferroviarias y de todo tipo, se manejaba información privilegiada en bolsa, se restringía la desamortización eclesiástica para tranquilizar conciencias regias, se condonaba deudas a sí mismo, se hacían pingües negocios con abastecimientos militares y de obras públicas o se cerraba en banda ante el reformismo antillano temeroso del anexionismo norteamericano. En efecto, los reformistas cubanos, sin cuestionarse la soberanía española y menos todavía la configuración esclavista de la Isla, pretendían aminorar la presión del Gobierno colonial sobre los propietarios criollos de ingenios o fincas azucareras.

Conspiraciones

Tras la derrota de Sartorius[16] en la cuestión de los ferrocarriles en el Senado, el marqués de Miraflores[17] escribió a la reina recomendando nombrase a O’Donnell o a Concha[18] en sustitución del conde de San Luis. Miraflores temía la radicalización de los partidarios de O’Donnell y de la coalición puesto que “algunos personajes importantes de la coalición habían concebido el propósito de unir España con Portugal bajo el cetro de la casa de Braganza”. Pero Sartorius continuó y O’Donnell no aceptó el destino que como militar, le fue ordenado: Santa Cruz de Tenerife, ni aceptó la persecución desencadenada sobre la prensa, ni la destitución de magistrados, ni el destierro de diputados y senadores… A partir de ese momento, nuestro protagonista se escondió en ninguna parte, hasta finales de junio de 1854, conspirando y buscado con coraje por la policía. Se aproximaba otra revolución.

A través de su secretario y confidente, Cánovas del Castillo [19], se lanzó a la calle un papel Un recuerdo, en el que se bogaba por la Unión Ibérica [20]; de esta forma, O’Donnell se comunicaba con el exterior, siendo ayudado a no ser encontrado por Fernández de los Ríos[21] y por el marqués de la Vega de Armijo[22] durante cinco meses. El periódico clandestino El Murciélago también iba minando al Gobierno y el prestigio que todavía atesoraban la ex regente y la Reina. Factótum de la coalición, O’Donnell dirigía la conspiración a la que quiso sumar a Narváez, pero éste aunque aprobó el complot creyéndolo necesario, no estaba acostumbrado a papeles de segundón y le dijo “…pero no puedo auxiliarlo”. Mientras, los comisionados de O’Donnell recorrían las provincias con la intención de comprometer a Jefes del Ejército. El 28 de junio el General Dulce [23] ya había realizado una intentona, abortada, el día 13. Definitivamente O’Donnell salió de su escondrijo para ponerse el frente con el batallón del Príncipe en el Campo de Guardias. Con los Generales Ros de Olano [24], Dulce, y Messina [25], salió hacia Alcalá de Henares, donde redactó un primer manifiesto para la Reina. Su reino peligraba. El Gobierno envió tropas mandadas por el Ministro de la Guerra, General Anselmo Blaser[26], para enfrentarse al pronunciamiento. Se encontraron en Vicálvaro el 30 de junio y el resultado del enfrentamiento fue incierto. Fue la conocida Vicalvarada. O’Donnell siguió camino de Andalucía. El cuatro de julio, desde Aranjuez, lanzó una proclama liberal al país diciendo que iba a asegurar en España la verdad del sistema representativo. El siete del mismo mes llegó al municipio de Manzanares acompañado por algunos de sus consejeros como Cánovas, Fernández de los Ríos y López de Ayala [27] y donde Cánovas redactó el Manifiesto de Manzanares [28]. Con conocimiento del citado Manifiesto o sin él, hubo disturbios en Valencia, Alcira, Cuenca, Málaga, Valladolid y Zaragoza entre otras ciudades A Madrid también llegó, pero más tarde y la Reina otorgó la Presidencia al duque de Rivas [29], que juró a las cinco de la mañana del 18 de julio.

Poco duró esa Presidencia, pues la Reina Isabel II, desbordada por los acontecimientos, llamó a formar gobierno, bajo ciertas presiones, al General Espartero, que puso sus condiciones y la Reina emitió el 26 de julio el llamado manifiesto de las deplorables equivocaciones, pues así comenzaba para reconocer que entre el pueblo y el trono se había levantado un muro de desconfianza, para, posteriormente, declararse representante de los principios de la libertad. El 28 de julio Espartero entraba triunfante en Madrid, y lo propio hizo, con mucha mayor discreción, Leopoldo O’Donnell, nombrado de inmediato Capitán General del Ejército y pocos días después Ministro de la Guerra, siendo lo primero que hizo el cesar a Juan de la Pezuela como Capitán General de Cuba, que era favorable a la abolición de la esclavitud y se había negado a participar en el cobro de sobornos por la introducción de negros bozales, y que posteriormente persiguió con saña la entrada de bozales y regular la inmigración de españoles, yucatecos – procedentes de la península del Yucatán, en México – y chinos, sustituyéndolo por Gutiérrez de la Concha que introdujo en la isla 69.000 africanos y apresó 20 navíos negreros. La política cubana confirma la solidez de O’Donnell en el Ministerio de la Guerra a partir de 1854, hasta su fallecimiento en 1867. Posteriormente hubo en Cuba otro General espadón: Francisco Serrano y Domínguez.

En las nuevas Cortes formó un nuevo grupo político conocido como Unión Liberal, partido con el que tratará de unir a moderados y progresistas. El Bienio progresista había comenzado con la revolución de 1854 y el golpe de Estado del General O’Donnell – que con el apoyo de Francia y Gran Bretaña, y desde la embajada británica en Madrid, dio en julio de 1856 – y que puso a Baldomero Espartero, del partido progresista, como Presidente del Consejo de Ministros y cuyo gobierno finalizará cediendo la presidencia del Consejo de Ministros al propio O’Donnell. El gobierno de O’Donnell durará hasta octubre de 1857, año en que sería sustituido por Narváez. Volvió al poder en julio de 1858. Durante este gobierno declaró la guerra a Marruecos el 22 de octubre de 1859, y O’Donnell se colocó al mando de las tropas, ocupando Tetuán, en febrero de 1860. El Tratado de Wad-Ras, que puso fin a la guerra, reconoció las posiciones españolas en el norte de África y amplió el territorio de Ceuta. La victoria le valió el título de duque de Tetuán, con Grandeza de España.

Cuando la Reina maniobró con su deseada paralización de la desamortización eclesiástica para minar el Gobierno de O’Donnell se demostró la realidad; los moderados ya se habían hecho desde julio con el poder en casi todos los escalones de la Administración, y sólo faltaba quien iba a ser la vértice de la pirámide. Narváez fue el designado, el 12 de octubre de 1856. A partir de ese momento empezó un periodo de gran inestabilidad; los Gobiernos moderados con Narváez como símbolo, con el apoyo de la Corona y O’Donnell como oposición con su Unión Liberal y teniendo a la mayor parte de los Generales de su parte. El 18 de mayo de 1857, O’Donnell lanzó uno de sus famosos discursos políticos en el Senado: Pues bien; en este país donde todos los partidos han conspirado cuando no han ocupado el poder; en éste país donde desgraciadamente no hay un solo hombre político que con la mano puesta en el corazón pueda decir ‘yo no he conspirado’ ¿ha habido alguna revolución más justa que la de 1854?

El Gobierno de Narváez hizo crisis cuando quiso nombrar Capitán General de Cuba a su Ministro de Marina, Francisco Lersundi[30]; la Reina se opuso y forzó la dimisión del de Loja. Y de nuevo O’Donnell llegó al gobierno el 30 de junio de 1858. La diplomacia francesa lo juzgaba: “Reflexivo y poco expansivo, conciliador hasta el momento en que hace falta mostrar energía, el Mariscal no recula un paso sino para avanzar enseguida con mayor seguridad. Desde su llegada al poder ha probado, tanto por los rápidos decretos que han quitado el Ejército de las manos de quienes podían ser indóciles para dárselo a los devotos a él y de sus ideas, como por la composición de su gabinete, que sus planes estaban bien preparados y que no toma el timón del Estado para dejárselo arrebatar fácilmente. Tiene una verdadera fuerza en torno a él por la unión de moderados y progresistas y esa fuerza se refleja incluso en el tono particular de autoridad de sus actos oficiales. Es fácil ver que estamos ante un partido político que quiere ser el jefe indiscutido de la escena española y que sabrá encontrar los medios para lograrlo”.

En este segundo Gobierno de O’Donnell, con su Parlamento largo, duró hasta 1863 y fue de una gran estabilidad en el marco de la política isabelina, así como un tiempo de crecimiento económico sin precedentes, consumación de la revolución industrial. Eugenio de Aviraneta[31] escribió a Antonio Rubio, secretario de la Reina: “Lo que hay es una confederación militar, cuyos jefes son O’Donnell, Concha y Serrano. En medio de la confusión de poderes, y la subdivisión de partidos, estos Generales son los verdaderos reyezuelos de España. Ellos, al frente del Ejército, imponen la ley hasta en las posesiones de Ultramar”. El Gobierno cayó en marzo de 1863. O’Donnell solicitó a la Reina la disolución de las Cortes, con la intención de crear unas nuevas para acometer la abolición de la reforma Constitucional de 1857, aunque manteniendo la senaduría por derecho propio y vinculada a los mayorazgos.

Para O’Donnell lo prioritario en la metrópoli era sacar al progresismo del retraimiento y la convergencia con los demorepublicanos, eso explica el reconocimiento del Reino de Italia, la reforma de la ley electoral, la tolerancia con la prensa y las reuniones de las izquierdas liberales…La insurrección progresista y demócrata que el General Prim encabezó en Villarejo de Salvanés, en Madrid, en 1866, le impresionó profundamente y de una manera muy dolorosa a O’Donnell. Gobernó hasta marzo de 1863, cuando por presiones del partido moderado presentó su dimisión, siendo sustituido por el marqués de Miraflores.

El final de O’Donnell

En 1865, las protestas estudiantiles, por el cese de Emilio Castelar, y la sangrienta represión por el gobierno – Noche de San Daniel [32] – llevaron de nuevo a O’Donnell a la presidencia del Gobierno y al Ministerio de la Guerra. Tras la sublevación de Sargentos del cuartel de San Gil, el 22 de junio de 1866, y enfrentado con Isabel II, O’Donnell dejó su cargo y marchó a Biarritz en julio de ese año. Quería alejarse de Madrid, pero sin perder de vista el movimiento progresista. Un mes después se firmó pacto de Ostende [33] entre progresistas y demorepublicanos con un objetivo claro: el destronamiento de Isabel II. Olózaga, en Paris, le intentó convencer para que entrara en el pacto pero O’Donnell se negó. Sus partidarios iban a Biarritz para preguntarle sobre las futuras elecciones a inicios de 1867 y no supo que decirles, porque ni él mismo lo sabía; si un retraimiento de su partido, Unión Liberal, o bien forzar la abdicación de Isabel en su hijo Alfonso XII, que ya contaba con nueve años.

En 1862, con aprobación de la reina Isabel II, envió a Sudamérica una expedición de estudio científico escoltada por cuatro navíos de guerra bajo las órdenes del vicealmirante Luis Hernández-Pinzón Álvarez (descendiente directo de los hermanos Pinzón). Estas naves eran las fragatas gemelas a hélice Triunfo y Resolución, la corbeta de hélice Vencedora y la goleta protegida Virgen de Covadonga. El propósito que llevó a las autoridades de Madrid a incluir naves de la armada en una misión de estudio, no sólo fue para exhibir la patente de potencia, costumbre por cierto extendida a los países europeos como Gran Bretaña, sino para que aquellas sirvieran como elementos de apoyo a una serie de reclamos presentados por ciudadanos españoles residentes en las Américas. Esto derivó en la Guerra Hispano-Sudamericana (1864-1883) y a todos los efectos terminada en 1871.

De forma inesperada, O’Donnell falleció el cinco de noviembre de 1867 producido por el tifus. Carlos Navarro y Rodrigo escribió: “O’Donnell no falleció envenenado, lo mató la ingratitud de Isabel II, por quién siempre tuvo gran debilidad, más de una vez se le sorprendió por las playas de Biarritz, hablando solo, llorando los males de la Patria e increpando a la Reina”. Embalsamado el cadáver, muchos pasaron por la quinta de Biarritz para mostrar su respeto. El entierro, oficial, se produjo en Madrid y la Unión Liberal acudió en masa, aunque solo habló el Presidente del Gobierno, General Narváez, que no deseaba que el acto tuviera connotaciones políticas. La Casa Real se mostró distante en las exequias y automáticamente los unionistas marcaron diferencias con la Reina. Sus últimas disposiciones gubernamentales miraron a Ultramar.

En septiembre de 1866, gobernando O’Donnell, se emitió un Real Decreto para la represión y castigo del tráfico negrero, puesto que los Estados Unidos exigían mayor diligencia en ese ámbito. Casualmente este decreto entró en vigor en mayo de 1867, pocos meses antes de la muerte de O’Donnell. Ese año cesaba la trata y los antillanos tuvieron que acostumbrase a explotar sus ingenios de otra manera, que no les gustó. Ya solo faltaba el final del comercio clandestino de esclavos, pero se seguía apurando las últimas energías de los esclavos ya introducidos y de sus descendientes. Los restos mortales de Leopoldo O’Donnell permanecieron en la Basílica de Atocha de Madrid hasta 1870, en que fueron trasladados a la Iglesia del Convento de las Salesas Reales de la misma ciudad, en la misma iglesia que está enterrado Fernando VI, así como su esposa, Bárbara de Braganza.

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