Inicio > Opinión > Gustavo Tovar Arroyo: El Aissami, alias El Zorrillo, apesta de nuevo

Gustavo Tovar Arroyo: El Aissami, alias El Zorrillo, apesta de nuevo

 

Chávez sin desodorante

Cuando Hugo Chávez Frías señaló en el podio de la Asamblea General de Organización de las Naciones Unidas (ONU) que en ese lugar olía a azufre –ya lo sabemos– fue porque no había usado desodorante esa mañana. No soportó su hedor personal…, así sería.

Lo sabemos con incontrovertible certeza porque todo apestó a azufre alrededor de él hasta el último de sus días, incluso muerto el tufo es penetrante.

Y de que se pega se pega.

Tareck El Aissami, alias El Zorrillo

Insistiré, como cura de salud, repitiendo la muletilla que suelo emplear cuando le doy un “lepe” verbal a alguno de los hediondos del chavismo. Ustedes me acusan de conspirador y de una fila de atrocidades más; yo sólo respondo que ustedes apestan, sólo eso.

Por ejemplo, Tareck El Aissami, cuyo gracioso alias dentro del propio chavismo es “El Zorrillo”, no se ganó el mote por su franco parecido con el pestilente roedor de madriguera, por su hocico picudo ni por su pelambre erizado y blanquinegro; no, se lo ganó porque posee un prodigioso y cinematográfico mal aliento.

Apesta.

Lo putrefacto del vice–dictador ejecutivo

No he coincido jamás con El Aissami, alias El Zorrillo, en un espacio común y probablemente no lo haga sino hasta el momento en que lo enjuiciemos en La Haya por los crímenes de lesa humanidad que ha cometido durante sus diferentes gestiones públicas, pero es harta conocida su halitosis (pútrido aliento) entre sus allegados. Aparentemente fue el propio Chávez, alias Azufre, quien se lo puso.

Lo cierto es que, sirviéndome de la alegoría, y pese a que los zorrillos expelen su aroma por las glándulas anales y no por su boca, como El Aissami, valdría preguntarse por qué su presencia hiede tanto.

¿Cuáles bacterias podrían estar afectando su corrupto aliento?

El tufo del terrorismo y del narcotráfico

Hay bacterias sociales que seguramente afectan más al organismo que algunas de naturaleza biológica. Las consecuencias de ser infectado por ellas deben de ser terribles; el tufo que producen a su alrededor debe ser abrumador, asfixiante, mortal.

Que digan, por ejemplo, periódicos como el ABC de España o The Wall Street de Estados Unidos, entre otros, que El Zorrillo está infectado por las bacterias cancerígenas del terrorismo y del narcotráfico debe ser aterrador. ¡Qué hedor! Que los mismos chavistas, tan cercanos al todopoderoso comandante Azufre, como Rafael Isea, lo señale como operador de tráfico de drogas y lavado de dinero, debe pudrirle el estómago a cualquiera.

Por eso, aunque El Zorrillo se vista de seda, zorrillo se queda.

La hediondez ataca de nuevo

Parece un zorrillo, huele como zorrillo, anda como zorrillo (hediéndolo todo), coño, es un Zorrillo. ¿O no? No puede ser de otra forma. No es un despropósito lo que escribo, es un hecho científico.

Con las acciones del comando antigolpe, toda la fétida arbitrariedad y criminalidad que envuelven a alias El Zorrillo se sintió a kilómetros de distancia, o mejor dicho, se sintió mundialmente. El roedor se consideró amenazado, se agazapó, golpeó al suelo con sus pezuñas, levantó la cola, volvió el orificio de su posadera hacia la humanidad venezolana (su presunto enemigo) y disparó su chorro amarillento y aceitoso, su irritante azufre, sobre ella. La empapó.

Fue hediondo, muy hediondo.

¿Los apestados?

En esta entrega intentaré olvidar por un momento –es difícil, pero lo intentaré– las apestosas consecuencias del diálogo y el asalto definitivo a los vestigios formales de la democracia en Venezuela. Pero debo hacer una acotación al asco que nos produce tanta fetidez.

Con la santa bendición del Papa Francisco y con la celebración de algunos de los dialogantes –¿los apestados?– en un evento en el Zulia, El Zorrillo encarceló al diputado Gilbert Caro, en un hecho sin precedentes en la vida republicana de América Latina.

La emanación inconstitucional e ilegal de ese acto apestoso no fue lo más grave (ya nos hemos acostumbrado); lo peor, lo más despreciable por inhumano y roedor, lo representa el hecho de que el diputado Gilbert Caro es un ejemplo venezolano de dignidad, de perdón y de reinserción social después de haber estado prisión; es un paradigma universal de redención y valor, una prueba infalible de superación personal y de virtud.

Encarcelarlo ha sido uno de los mensajes más ruines de la peste chavista: “No hay nada que hagas por cambiar, si no te sometes a nuestro designio criminal volverás a prisión”.

Con su prisión, El Aissami, alias El Zorrillo, mandó su peor ventosidad contra nuestra bella Venezuela. Nos ha apestado.

¿Celebramos con Rosales y Torrealba el hedor?

Yo no.

@tovarr

Te puede interesar