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Rodolfo Izaguirre: Genocidio

 

La palabra genocidio significa “exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad”. Yo agregaría, en el caso específico de Venezuela bajo el régimen despótico militar de Nicolás Maduro: “Exterminio por hambre”, que sumado al general desacierto político y administrativo conduce a las carencias que nos están precipitando al abismo de la muerte. ¡Nunca antes en la vida política republicana el país había conocido semejante fracaso!

La palabra genocidio ya forma parte de nuestro vocabulario y nos sentimos como nuestros ancestros de flechas y taparrabos exterminados por la cruz, los perros y los arcabuces de la conquista y de la dominación española; armas tal vez menos pavorosas que las que nos están exterminando como país si consideramos que en nuestro atribulado caso la mentira política y el diseño del exterminio son fríamente calculados y se apoyan en una tecnología sofisticada, nuevas maneras de torturas, grupos armados delictivos (¿nazis?) y una Guardia Nacional más feroz y eficaz que el arcabuz y el mal olor de los cuerpos de los conquistadores que diezmaron a la gente de Tamanaco o de Guaicaipuro. El genocidio de Maduro obedece al interés de un grupo de canallas por el enriquecimiento y el tráfico de dinero mal habido sin importarle nuestro fortalecimiento físico y nuestra salud mental. Yo no hablo ya de crisis humanitaria sino de abierto y franco genocidio y de él hago culpable al manirroto de Hugo Chávez; al ejército que nos masacró en Barlovento y a Nicolás Maduro, el inepto mandatario que baila alegremente y se burla de nosotros mientras el Banco Central se queda con nuestros billetes de 100 bolívares o Miraflores roba en Navidad 1 millón de juguetes dada su incapacidad de adquirirlos legalmente o se apropia arbitrariamente de las posesiones y heredades ajenas y nos mata de hambre.

Hago responsable también, y en alto grado, a los enchufados, independientemente de la intensidad de sus contactos y a los amigos de la cultura que hice durante la cuarta república pero que han claudicado ante el despotismo y no han sido capaces de pronunciar alguna palabra de repudio o crítica a los desafueros del régimen. La satrapía está aniquilando por igual a quienes la adversan y a quienes consideran, todavía hoy, a Hugo Chávez (¡el artífice del desastre!) como un ser iluminado pero maldicen la hora y el día en que nació Nicolás Maduro, en algún lugar del Norte de Santander.

El genocidio supera el horror de sus exterminios porque ignora y no le importa la vida humana. Para el régimen, la mía es algo sin valor. No existe en el genocida la mínima conciencia del misterio que vive en cada uno de nosotros, el asombro que aflora al despertar y nos regala la luz que nos hace tan bellos como el Ávila, cada mañana. ¿Cuánta tiniebla puede almacenar el corazón humano? ¿Cuánta nobleza? ¿Qué hace que el corazón de Nicolás sea despiadado y el mío inclinado al amor y al consuelo? ¿Por qué me aflige tanto el llanto y el dolor del niño, pero también el costillar del perro callejero o el árbol que cae bajo el golpe del hacha y hace que sienta que algo se desprende de mí cada vez que la muerte por hambre arrastra a la oscuridad al niño que no alcanzó a conocer la alegría de vivir?

¿Cómo podría yo, siendo como soy un punto de insignificancia en el vasto país petrolero, penetrar en la mente del sátrapa y dejarle sembrado un pálpito, un soplo tenue de conciencia y la visión de un país triste y defraudado?

Hay un crimen contra las cosas, escribió Mariano Picón Salas en Regreso de tres mundos: “Asesinatos microscópicos que realizan cada minuto gentes insensibles e ignaras contra los buenos dones que Dios nos dio: luz, colores, plantas, greda o tierra. Gritan sin necesidad, maltratan los animales, adulteran la función natural de los objetos…”. Pero hay quienes cometen desde el poder crímenes más sombríos y alevosos: nos mandan a la cárcel solo por disentir, nos someten a juicios amañados en tribunales cómplices con el poder, hacen trampas, mienten con descaro; colaboran removiendo la pócima en el caldero de las brujas que se activan en los organismos electorales y en las máximas alturas del Poder Judicial y se escurren por los vericuetos del genocidio cambiando el nombre del Congreso de la República por el de Asamblea Nacional, añadiendo un ridículo calificativo de bolivariana popularidad a todos los ministerios y mostrando al mundo, con orgullosa fruición y altivez a una canciller realmente impresentable.

Los venezolanos, junto con la atención mundial puesta en la hora actual sobre el derrumbe del país, tenemos que entender que no existe ninguna “crisis humanitaria”, sino la puesta en marcha de un proceso genocida que va más allá de los niños muertos en los hospitales, el hambre, el éxodo de estudiantes y profesionales y mi ostensible pérdida de peso. Esta afirmación hace impracticable cualquier asomo de diálogo con el poder militar; mucho menos si en él participan el papa Francisco o Rodríguez Zapatero, hipócritas y expertos, ambos, en lograr que soltemos la sartén cuando la teníamos bien agarrada por el mango.

Sugiero que comencemos por nombrar las cosas por su nombre: genocidio, congreso, libertad y, luego, convertir estos nombres verdaderos en un arma política, la única que tenemos en la seguridad de que en nuestras manos resultarán eficaces porque estarán respaldadas por nuestra dignidad y los resplandores de la conciencia.

Y no son palabras vacías: están llenas de un magma que bulle y se remueve queriendo erupcionar. Somos Pompeya antes de la catástrofe. Caminamos en las cercanías del Mont Pelée en Martinica o en las calles de Armero, cuando el volcán Nevado del Ruiz espantó al mundo en noviembre de 1985, afectando Caldas y Tolima, en Colombia. Allí ocurrió lo de siempre: después de 69 años de inactividad, la erupción tomó por sorpresa a los poblados cercanos, a pesar de que el gobierno desde la aparición de los primeros indicios de actividad volcánica, 2 meses antes, había recibido las urgentes advertencias por parte de múltiples organismos vulcanológicos, y, como ocurre con todos nuestros gobiernos, el colombiano se hizo el sordo y… ¡nada hizo!

Pero, mientras bulle y sigue enervándose el magma en nosotros, ¡el genocidio continúa atropellándonos!

 

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