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Laureano Márquez: Divina Pastora

 

Cuentan que el cólera causaba estragos en la ciudad de Barquisimeto a mediados del siglo XIX y que el padre Macario Yépez organizó para el 14 de enero de 1856 una procesión en la que habrían de encontrarse el Nazareno con la Divina Pastora. A esta última, el sacerdote se ofrendó pidiendo que fuese él la última víctima de la epidemia. Cuentan que el cólera cedió y que el religioso murió el 16 de junio del mismo año. En conmemoración de este hecho, todos los 14 de enero se realiza la multitudinaria procesión, que se encuentra entre las más concurridas del mundo.

La procesión comienza con una misa, este año a cargo del arzobispo Antonio José López Castillo, cuya homilía —como va siendo habitual cuando la Iglesia habla de los agobios del pueblo— molestó a algunos. Verdaderamente, que en estos tiempos se diga que la confrontación de poderes no conduce a nada bueno mientras el pueblo está agobiado por el hambre y las necesidades, que debe haber una amnistía para los presos políticos y que el voto popular tiene que ser respetado puede escandalizar a los dueños del poder, un escándalo que pone en evidencia el talante de quien lo detenta. Quizá por ello este año, el de la centésima sexagésima primera procesión, se escuchaba por todos lados —lo que llaman vox populi— en Lara, que las cadenas de radio y televisión de ese día pretendieron silenciar a la Divina Pastora. Ejercicios militares vs. procesión de civiles, lanzamiento de granadas vs. lanzamiento de mandarinas; en definitiva: armas vs. paz. Verdaderamente fue un día emblemático de la confrontación que vive Venezuela: el señorío de la fuerza enfrentando el deseo y la voluntad de los que quieren peregrinar pacíficamente por los caminos de la libertad.

Lo más hermoso de la procesión —además de la patrona, naturalmente— es la gente. Con todos los infortunios que vivimos, la bondad no ha podido ser exterminada de nuestros corazones. Acudir a la Divina Pastora reafirma la intuición galleguiana: si te vas por tierra y transitas la hermosa autopista construida por el zambo Andresote con el nombre de Rafael Caldera, percibes la magnificencia de esta tierra de horizontes abiertos, donde la mirada se pierde en los verdores, propicia para un esfuerzo que es frenado sistemáticamente desde arriba para fomentar una tierra de abuso, riqueza fácil e improductiva y corrupción (que viene a ser todo la misma cosa); donde una raza buena teje hamacas en Tintorero, o nos pinta con el pincel de Armando Villalón, Jesús Pernalete Túa e Isabella Despujols; ama en los versos de Rafael Cadenas o espera —agazapada en los crepúsculos que la “arropan” (como diría Luz Estrella Parra, también poetisa larense)— un luminoso despertar de democracia y libertad.

El milagro solicitado este año era prácticamente unánime. No era menester, siquiera, hacerlo explícito, porque todo el mundo estaba claro en lo que pedía. En esta ocasión el mal no es el cólera, como en tiempos de Macario Yépez, sino la cólera, la ira, el odio, que pretende edificar a la fuerza una forma de nación que excluya todo disenso y criminalice toda inconformidad, invocando ancestrales demonios que han vuelto a subyugarnos, porque no estaban muertos, sino mal sepultados.

Una procesión no es otra cosa que el transitar juntos un camino de fe. No perdamos la fe en Venezuela en esta difícil hora. Quiera Dios que la Divina Pastora nos conceda que nuestro andar sea bueno; nuestros pasos, honestos; y nuestro caminar, justo, para que se convierta en camino para nuestra tierra.

 

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