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Alirio Pérez Lo Presti: Realistas y plañideras

Ha sido una larga costumbre de algunos pueblos de la tierra, que cuando una persona se muere se le rindan los honores luctuosos y se exprese el dolor a través del llanto. Pero ese llanto no sólo es de los seres queridos y en algunos casos ni siquiera es de las personas cercanas, sino que se contrata a unas mujeres cuyo oficio es llorar. El nombre que recibe es el de “plañideras” y pocas cosas pueden ser tan desgarradoras como el llanto de ellas, porque por una parte lloran con un frenesí mayor que el que puede emitir deudo alguno, pero por otro lado, ese llanto no se acompaña de ningún dolor real. Es por profesión.

El llanto como oficio puede ser mucho más desgarrador que aquel emanado por una persona sufriente, solo que el primero es más lastimoso por su carácter teatral, lo cual lo hace siniestro, generador de toda una atmósfera enrarecida.

En la Venezuela de nuestros días, con tantas penurias por superar, pocas cosas pueden estar tan mal ubicadas como la presencia de plañideras, en particular de plañideras políticas. Cada día aparece un llorón que, en vez de colaborar con la búsqueda de soluciones concretas y salidas a los graves problemas, se dedica a sabotear lo que otros hacen con fines propositivos y entusiastas. Es como si en medio de un partido de fútbol, a un grupo de jugadores les diera por tratar de hacer autogoles de manera sistemática y jugar contra el propio equipo.

En la adversidad, el político debe mantener una mayor actitud combativa, porque los ciudadanos que debemos sobrevivir cada día así lo hacemos. Nada más molesto y desalentador que echarse al desánimo, porque la vida es lucha y esa eterna lucha que significa vivir consiste en no dejarse arrebatar los derechos adquiridos y juntar todas las energías posibles para conquistar o hacer cumplir todo aquello que por justicia nos pertenece.

La gran épica venezolana es aquella que se hace cada día. La hace el ciudadano común, pero es deber de quienes se dedican a la actividad política como profesión (o vocación), el mantener las banderas de lucha lo más alto posible. Esa brega pasa por las cosas más elementales, como el no dejarse quitar los espacios conquistados. Cuando comenzó el proceso de descentralización en nuestra nación, fueron muchos sus adversarios y la conquista de esos derechos requirieron enormes esfuerzos. El siglo XX venezolano deja como trofeo el haberse concretado la posibilidad de elegir de manera universal, directa y secreta a nuestros más cercanos líderes políticos, y no fue cualquier cosa ese logro.

En estas dos décadas transcurridas, a pesar de que se habían logrado avances respecto a la descentralización del poder, resurge la tendencia de volver a la concentración de poder, característica que había sido superada y era propia del siglo XIX y gran parte del siglo XX.

Se equivocan de medio a medio quienes hacen trastadas políticas y saboteos en pleno juego, apelando a una especie de épica delirante, histérica y francamente despreciable, esgrimiendo argumentos descontextualizados como: “Marchas sin retorno, toma de Miraflores, elecciones generales y constituyente ya”. Pareciera que vivieran en el mundo de las imposibilidades y no en la tierra de lo posible. Quienes querían remover al Presidente de su cargo, como por un extravagante hechizo, ahora se niegan a luchar porque se cumpla la ley y se concreten las elecciones regionales.

De manera operativa, en estos momentos, y por un cronograma que existe, lo que está planteado es la posibilidad de que en Venezuela se realicen este año las elecciones regionales. La épica de los líderes locales es precisamente hacer una urgente conexión con las bases sedientas porque se continúe con los frutos que constituyeron la conquista del Parlamento por parte de diversos sectores políticos que representan disímiles intereses de los venezolanos. No entender lo político como progresivos cambios sociales que quiérase o no se van a dar, es como ver una película y no entenderla.

Es fácil ver los errores cometidos desde la distancia. Haber descuidado el hecho palpable de política real que significa el poder elegir a nuestros representantes más cercanos, debe hacernos replantear las nuevas estrategias de los ciudadanos de la polis. Eso pasa por rechazar a quienes quieren transgredir la ley, fomentar la violencia y propiciar el llanto de quien sólo se queja y no contribuye a la solución de los asuntos propios de nuestra nación.

La continuación de este proceso de cambios ya iniciados pasa por la legítima, legal e impostergable materialización de las elecciones regionales, base política sin cuya concreción no habrá cambios positivos en nuestra nación. Tal vez sea hora de dejar de escuchar los más enrarecidos discursos y en vez de mimetizar el trabajo de las plañideras, en una infinita queja llorona de falsos dolores, apoyemos a quienes deberán ser nuestros más cercanos aliados: los líderes de las regiones. Por cierto, ya yo tengo mi candidato.

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