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Ovidio Pérez Morales: Carnet 666

El libro del Apocalipsis (Revelación) es el último de la colección que se llama Biblia. Dentro de ésta pertenece al subconjunto Nuevo Testamento, que tiene como referencia fundamental a Jesucristo. En éste se cumplen las promesas contenidas en el Antiguo y se inicia la etapa definitiva de la historia, la cual tendrá su perfección más allá de la misma (en la plenitud del Reino de Dios).

El Apocalipsis pertenece a un género literario caracterizado por su impactante ropaje simbólico, sus fuertes signos divinos punitivos y liberadores, sus relatos de persecuciones de los justos y llegada del “Gran Día a Dios”. Escrito a finales del siglo I es un llamado a la esperanza, a la confianza en la justicia divina. Cántico del triunfo del bien sobre el mal, que busca alentar a los creyentes, animándolos a  superar depresiones y testimoniar con fortaleza y alegría el señorío de Cristo en medio de las embestidas del Imperio (Romano).

El capítulo 13  habla de un falso profeta al servicio de la Bestia, cuya adoración él exige a las gentes, bajo pena de exterminio. ”Y hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se hagan una marca en la mano derecha o en la frente, y que nadie pueda comprar nada ni vender, sino el que lleva la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre. ¡Aquí está la sabiduría! Que el inteligente calcule la cifra de la Bestia; pues es la cifra de un hombre. Su cifra es 666” (Ap 13, 16-18). Por cierto que entre las aplicaciones propuestas por  comentaristas bíblicos para este número ha salido la de Nerón.

Esto del 666 ha venido a mi mente a propósito del Carnet de La Patria lanzado por el Régimen del SS-XXI como identificación de los aspirantes a beneficios oficiales, lo cual establece una señal de privilegio excluyente, un apartheid, a favor de un alineamiento con el Gobierno y su Partido. No basta ya el ser humano y la cédula ciudadana ordinaria; hay que inscribirse en un registro especial salvador, llevar la marca de la Bestia.

Los sistemas totalitarios, fundamentalistas, se caracterizan por dividir la especie humana en dos: los propiamente humanos y los que no lo son, para los cuales se buscan denominaciones como ratas (en el nazismo) gusanos (en el castro comunismo), escuálidos (en el SS-XXI). Los que no llevan la marca no merecen ni pan, ni sal, ni agua; la ley está terciada en contra suya; son objeto de la violencia oficial o paraestatal; su destino es el exilio interno o externo.

El genuino humanismo y el cristianismo coherente se sitúan en las antípodas de una tal concepción del ser humano. Dios nos hizo a todos a su imagen y semejanza y recibimos una dignidad y derechos fundamentales iguales. Así como todos tenemos deberes que cumplir para el positivo relacionamiento interhumano. A estas alturas de la historia, a pesar de muchas incoherencias, se ha llegado a nobles formulaciones como la Declaración Universal de Derechos Humanos en 1948.

El Carnet de la Patria y otras marcas bestiales son señales de una anticultura de muerte, que urge cambiar por una cultura de vida.

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