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Néstor Francia / Análisis de Entorno: Río revuelto (03-02-2017)

Termina la quinta semana del año con la situación política nacional presentando cambios que más bien son extensión de tendencias e incidencias que venían desarrollándose desde el último trimestre de 2016. Hay cambios, claro, mas pueden catalogarse como avances de lo que ya venía sucediendo, lo cual puede resumirse en dos frases: retroceso de la oposición y estabilización del Gobierno. No quiere decir esto que el chavismo ya ganó la partida y el futuro nos sonríe. Seguimos en problemas, aunque sin duda estamos en mejores condiciones para enfrentarlos. Los vientos huracanados amainan pero aun persiste la tempestad.

En cuanto a la oposición, sigue padeciendo las consecuencias propias de las derrotas que, como se sabe, no suelen tener padres. Nadie quiere hacerse responsable por esos lados del muy mal año que vivieron, después de la sonora derrota del chavismo en diciembre de 2015, que no fue propiamente una victoria de la oposición. Aunque casi todos en ese sector hicieron una lectura errada del resultado y creyeron que el mandado estaba hecho. Craso error que los llevó a aplicar tácticas fallidas y a generar ilusiones en su base social, a la que se le puede asignar la sabia sentencia: quien vive de ilusiones, muere de desengaños.

Ahora, se ha profundizado en la derecha el reparto de culpas. Llueven reclamos, exigencias de revisión, de cambios estructurales y nominales. Los opositores de a pie se enfrentan a la frustración y a la confusión, la desmovilización callejera se acentúa, la percepción de un Gobierno poderoso y de un Maduro inamovible cunde entre ellos. Eso los aleja de la protesta de calle y los devuelve a la misma situación en que estaban antes del 6D de 2015, a la esperanza en el voto como vía para en algún momento satisfacer sus ansias de dejar al chavismo atrás. Tampoco se puede asegurar que esa confianza en la posibilidad del sufragio no se haya visto afectada. Es probable que en unos próximos comicios, del tipo que sean, la abstención de ese sector crezca, pero eso no se puede asegurar. Ya hemos visto cómo el voto duro de la derecha se ha hecho persistente, van a las urnas contra viento y marea, y ven las elecciones como su única tabla de salvación. Sin liderazgo y sin proyecto claro al cual adherir, no les importa tanto el futuro como el presente. Su objetivo es salir del chavismo y después se verá.

El espectáculo de la división opositora es cada vez más público y notorio. El principal chivo expiatorio parece ser Jesús Torrealba, el secretario ejecutivo de la MUD que hace poco más de un año se mostraba exultante como flamante capitán de la “victoria” derechista. Paradójicamente, uno de los más erráticos actores de la derecha, Henrique Capriles Radonski, aparece como uno de los principales verdugos de Torrealba. Este ha empezado a devolver los golpes y en una entrevista al diario El Carabobeño ha aludido a Capriles sin nombrarlo: “Si es necesario renunciaré, pero no me mostraré incondicional frente los deseos de ciertos candidatos que buscan promover sus egos al pueblo venezolano, eso va en contra de mis principios”. Se acabaron las risitas cómplices, los arrumacos entre “vencedores”. Allí no hay lealtad ni compasión, sino ambiciones y pragmatismo del más vulgar. En el texto de la entrevista, el mencionado diario derechista no esconde la verdad ante las declaraciones de los dos voceros opositores involucrados: “… ambas declaraciones dejan al descubierto las fracturas que existen en la coalición opositora”. Por su parte, otro diario de la contrarrevolución, 2001, apunta hacia el mismo blanco su principal titular de primera plana del día de ayer: “Río revuelto en predios opositores”. Lo que está a la vista no necesita anteojos.

Pareciera que la derecha le está quitando algo de atención al país para verse a sí misma. Carlos Ocariz, el alcalde opositor del municipio Sucre de Caracas, hace a los suyos un llamado de atención: “No podemos ponernos a pelear entre nosotros por egos, por personas que creen que el país les debe la presidencia de la República o por cuál partido es más importante que otro”. Acaso ha debido utilizar el verbo “deber” en lugar de “poder”, pues de que pueden pelearse por esas bastardas razones, claro que sí. De hecho es lo que están haciendo.

Entretanto del lado del chavismo estamos mejor que hace un año, aunque todavía no sanan lo que Maduro ha definido, con una atinada metáfora, como las “heridas” de la guerra económica. Ha mejorado un poco el tema del abastecimiento, pero persiste la alta y preocupante inflación, y la especulación que suele parecer fuera de control. Lo bueno es que los fracasos opositores nos han ayudado a ganar algo precioso para el tratamiento de las heridas: tiempo. No se ha superado el peligroso descontento popular, pero el Presidente y el Gobierno lucen muy activos en la lucha contra los flagelos económicos. Maduro, por su parte, está claro en que esa lucha concreta debe ser acompañada por la ofensiva político-ideológica. Ayer expresó esa idea: “El poder político debe estar en manos de un pueblo que tenga conciencia política, llamo al pueblo a cultivar su conciencia política, a politizar todas sus luchas, pueblo político”. Amén.

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