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Rafael Del Naranco: De Troya a Macondo

En ese tiempo nos encontrábamos en la mediana edad de nuestra vida y la mayoría de los anhelos seguían intactos. Sentados bajo los capiteles del templo dedicado a Artemisa en la ciudad de Éfeso, mirábamos cambiar la luminiscencia del día, y así, tras una brisa, venía un manto de sombras, ahora granas, ahora grises. Al anochecer el viento era suave y henchido de nostalgia.

Las cercanas rocas de mármol nos llamaban con voces y sonidos de flautas. Allí nos hicimos disminuidos ante la armonía musical que penetraba  por nuestros ojos y era vedada a los oídos.

Con ese equipaje mitológico cada hombre, mariposa o criatura proteica, es una copia caprichosa de la memoria cuando a ésta la cubre una neblina traslúcida que parecía salir del agua.

Recordamos la palabras de Heráclito de Éfeso: “Nadie se baña en el mismo río dos veces”, de la misma forma que sin los versos de Homero –al decir de Solón en las páginas de “Troya” descritas en la novela de Gilbert Hafez– nos hundiríamos en la más completa incultura.

Realizar ese viaje a la ciudad del conocimiento occidental o leer la novela, deberíamos hacerlo aunque fuera una sola vez en la vida. Igualmente ir a Roma, Jerusalén o La Meca. Si lo consiguiéramos, hallaríamos las raíces de nuestra peculiaridad como seres compasivos. También la vena religiosa, aunque esto sea ya una ecuación púdica particular de cada uno.

Sobre la epopeya narrativa confluida en Ulises, Paris y Aquiles, el Mediterráneo es una mundología de fondo. Es más, la cultura de ese entorno civilizador surgió en allí. Igualmente la filosofía, las humanidades, La Biblia y El Corán, los dioses paganos, el amor como motor de las pasiones y hasta las brutales guerras manaron en esas orillas. Su arena fina cercana a los madroños, palmeras, naranjos, pinos negros, lirios, alhelíes, claveles, olivares y lantanas, envolvía por igual la crueldad y la ternura. Las ideas, el mito, la prosa, el teatro y la poesía se hicieron urbe mientras se despedazaban olas ariscas contra los acantilados. Con el mismo ímpetu llegaron en bandas pasmosas la cosmología y la “politke”.

Cuando llegamos al Caribe y leímos hace ahora 40 años “Cien años de soledad” –está al cumplirse el medio siglo de su publicación en Buenos Aires tras un periplo dificultoso– descubrimos con pasmo otra dimensión, en  que el asombro era un portento, al igual que la magia, el sortilegio, la alquimia y la irisación perturbadora de la ciénaga. Desde entonces necesitamos un poco menos a Ulises.

Macondo –la Troya moderna– era un pueblo marcado por la fantasía y el tiempo imperturbable, donde había unos gitanos vendedores de todo lo imposible y un cambalache de personajes en cuyo epicentro una mujer, Úrsula, era la representación genuina del matriarcado ginecocrático, el cordón umbilical de una historia interminable donde la pasión envolvía  cada acto de la realidad circundante en una marisma sexual y violenta.

Con ella uno entendió a la mujer como una cadena invisible, palpable y real, cuya razón de ser reafirma la relación física y la descendencia según principios estáticos.

Es demasiada hembra y da miedo. Con una sola mirada se posesiona de todo: piedras y almas.

Ella, personaje central de la novela de García Márquez, es segmento integral de una ceremonia de iniciación esotérica, pues en la trashumancia de luz, sombra y adivinación, la mujer renace en círculos de efusión, demencia y arrebatos, de tal forma que sus  alucinaciones son parte íntegra de la realidad, tal como la agorera troyana Casandra.

Sobre ese equipaje sobrenatural y mitológico, alguien señaló que cada hombre o criatura proteica de la novela, es una copia caprichosa de la memoria cuando a ésta la cubre una neblina de bruñido aislamiento.

En esas páginas de Gabo cruza la historia de la Tierra en un santiamén, es decir, en un ciclo de cien años donde vamos de la prehistoria de nuestra raza hasta el Apocalipsis. Y en medio se expande, más allá de sus propias posibilidades, la esencia femenina.

Razonablemente, sea chocante o un desatino, creemos que entre Troya y Macondo, Homero o García Márquez  el entorno y la invención subliminal es lo mismo. El Mediterráneo y el Caribe son aguas acaloradas, encharcadas de leyendas siempre rumbosas y abiertas para la ensoñación, el desparpajo, la mamadera de gallo y las alegorías recubiertas de creativas invenciones sorprendentes.

Tanto Homero como Gabo retratan a los seres humanos en un mundo tenebroso de realidades que nos parecen irrazonables y encierran la verdad de nuestra existencia con sus miedos descomunales y unas esperanzas permanentemente elevadas sobre el horizonte. En La Ilíada, igual que en la ciénaga colombiana, todo está repleto de conflictos y desventuras sin soluciones que sujetan la esencia de seguir indisolublemente existiendo.

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