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Gustavo Tovar Arroyo: Leopoldo López, el sacrificio y el despertar…

“Si mi encarcelamiento contribuye al despertar del pueblo habrá valido la pena”.
Leopoldo López

 

Su fuerza y su fe.

No dejo de pensar en un solo momento en las feroces y crueles condiciones carcelarias que la dictadura chavista le ha impuesto a Leopoldo López. Es una reflexión recurrente en mi día a día. Confieso que, a pesar de que me indigna hondamente, también me inspira y admira por la fortaleza espiritual y la asombrosa capacidad con que ha sobrellevado tanta vejación y tortura.

Solo espíritus enaltecidos, poseídos por grandes amores o mayúsculas convicciones, pueden sobreponerse y superar adversidades tan inmisericordes como las que él está viviendo. Pienso en Gandhi, Luther King, Mandela, Walesa o Havel. Algunos de ellos, de hecho, vivieron condiciones carcelarias menos despiadadas y penosas que las de López. No es una hipérbole, es una realidad.

Es increíble lo que le hacen, pero más increíble aún es su indoblegable resistencia: su rigurosa fuerza y su penetrante fe.

Cuando no es mezquina o frívola.

La política venezolana, cuando no es mezquina o frívola, reconoce el sacrificio de López y ve en su firmeza ante la injusta prisión un hecho asombroso e inspirador.

Venezuela casi nunca, o nunca, había tenido un líder político cuya insignia más emblemática fuese la moral. Sí, la moral. Y en un país como el actual, donde los valores morales y los principios son estragos, despojos dispersos en un cementerio de falsificaciones y cinismos, la moral no es solo una antorcha de luz que nos muestra el camino y nos guía en la oscuridad chavista, la moral es mucho más, la moral es alimento y agua para nuestro espíritu. Nos nutre, nos da vida.

Y hay que saberlo, pese a las claudicaciones, pese a las traiciones y los negocios ruines entre la dictadura y algunos miembros de la oposición, en Venezuela hay moral.

Ahí están nuestros presos políticos para recordárnoslo.

No hay cansancio, hay destino.

Cuando estoy agobiado, cuando la frustración me abate o cuando las claudicaciones o las traiciones de algunos líderes opositores aplastan mi alma, pienso inmediatamente en el ejemplar sacrificio de Leopoldo y en el de los presos políticos, en su resistencia, en su aliento, en la ardida estoicidad que les impone superar ese enjambre de perversidades con que la dictadura intenta destruirlos en prisión.

No me puedo dar el lujo, no podemos darnos el lujo, de sucumbir mientras existan tantos compañeros, como Leopoldo, Yon o Ceballos, que desde la cárcel ofrecen su sacrificio y su libertad por nosotros. No debe ni puede haber cansancio, ninguno de nosotros podemos flaquear o distraernos, no tenemos derecho ni permiso de ceder, no existe, tenemos que seguir, nuestro único destino es la libertad.

Que la vara de nuestra lucha no dependa de la dictadura, que dependa de nuestro amor por Venezuela. El desafío es enorme, agobiante, en momentos trastornante y suicida, pero del mismo tamaño debe ser sueño de libertad.

Dime de qué tamaño son tus sueños y sabré cuán enorme es tu espíritu.

La salida y el despertar.

Cuando Leopoldo López -sabiéndose inocente- se entregó a la dictadura chavista conocía la historia de Cristo (inspirador original de todas las luchas no violentas); sabía que el despotismo siempre aísla y desenmascara al opresor cuando quien resiste se afinca en la moral; entendía que el tirano que golpea a quien lucha por valores humanos y por justicia, golpea al agua, lo hace hasta que se le cansa el brazo y se rinde; cuando Leopoldo López se entregó sabía que su conmovedor sacrifico sería un despertar de la conciencia nacional e internacional sobre lo que ocurría en Venezuela.

Desde entonces, desde que se planteó “la salida”, el chavismo no solo se desenmascaró, se desmoronaron todos los mitos que lo acompañaban.

Leopoldo López y los presos políticos, su moral, desnudaron al narcoestado criminal, quedó en pelotas.

Movilizar o sucumbir.

La aspiración de la salida no solo era desenmascarar a la dictadura (cosa que logró con creces, ahora ni los histéricos y babosos doños académicos se atreven a ponerlo en duda), la aspiración era movilizar al pueblo para que lograse derrocar y liberarse de la peste chavista.

Cada vez que esto estuvo a punto de lograrse, cada vez que se tuvo a la dictadura jadeando y vencida, el régimen manipuló a cierto sector de la oposición y con un “diálogo” artero y tergiversador impidió su derrumbe. El pueblo fue y es la principal víctima de la farsa dialogante.

En la actualidad, las condiciones están dadas -otra vez- para iniciar las protestas y las movilizaciones sociales (pese a que en su irreconocible nueva faceta como intrigante Chúo Torrealba se niegue a reconocerlo: ¿qué le habrá pasado?). Sin ellas, sin movilizaciones ni protestas, no saldremos pronto de esta calamidad. No hay mucho que discutir ni que especular. Hay que organizarse y actuar.

Ya han pasado tres años desde la iniciativa de la salida. Los argumentos para activarla son los mismos, pero la urgencia es infinitamente más dramática y mayor.

Llegamos a un punto de no retorno. O nos movilizamos de manera total o flaqueará nuestra moral.

¿Estás dispuesto a sucumbir?

 

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