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Antonio Sánchez García: ¿Y la MUD?

 

“No hubo ni un ejemplo de oposición enérgica, de hombría ni de firmeza. Sólo pánico, huidas y transfuguismo. En marzo de 1933 había millones de personas dispuestas a combatir. De la noche a la mañana se vieron traicionadas, sin dirigentes y sin armas. Este fracaso moral estrepitoso de los dirigentes de la oposición fue una de las características básicas de la “revolución” de marzo de 1933 que facilitó sobremanera el triunfo de los nazis…” (Sebastian Haffner)… A Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma

Tras transitar durante algunos años el desierto de la desunión y la orfandad, luego de la intempestiva, irreflexiva y desgraciada disolución de la Coordinadora Democrática, que cumpliera un papel fundamental sabiendo articular a la sociedad civil y a los partidos políticos, dos fuerzas políticas propusieron y empujaron a la creación de una instancia unitaria, con el fin de coordinar la participación electoral opositora y, superando diferencias de forma y fondo, contribuyera a sacarle el mayor provecho posible a los procesos electorales que deberíamos enfrentar en el inmediato futuro. El desiderátum era obtener consensos en torno a los candidatos eventuales y, si nos fuera posible, poder presentarlos bajo una sola consigna, un solo emblema, una sola organización.

Esas dos fuerzas estuvieron representadas por dos individualidades: Antonio Ledezma, que ya había dado probadas muestras de generosidad y espíritu de cuerpo apartándose de competencias que podrían haber herido los impulsos unitarios que han constituido sus máximas querencias, como sucediera al marginarse de las primarias para las presidenciales de 2010, contrariando los anhelos de su partido e, incluso, los de sus más cercanos colaboradores, y Roberto Henríquez, que asumiría dicha bandera dándole todo su entusiasmo y dedicación. La entidad a la que dichas iniciativas darían lugar recibiría el nombre de Mesa de Unidad Democrática, MUD.

Como lo reconociera años después de su fundación el secretario general del partido Acción Democrática, nunca fue el objetivo de la MUD asumir la dirección orgánica de un gran frente unitario de masas para enfrentar a la dictadura en todos los terrenos de lucha y coordinarlos para alcanzar el magno objetivo que ha estado a la sombra de todas nuestras actividades – por lo menos aquellas de los sectores más conscientes y consecuentes que han formado parte de ellas – a saber: desalojar a la dictadura, ya perfectamente caracterizada por los más lúcidos de sus dirigentes, y ponerle fin al régimen que la sustenta.

De modo que esa falta de una cabeza visible que actuara con una clara y definida estrategia y táctica de combate dispuesta a enfrentar día a día, hora a hora y minuto a minuto a la dictadura, amén de privarnos de un instrumento imprescindible para cumplir los objetivos que anidan en la inmensa mayoría – salir de Nicolás Maduro y del régimen castrocomunista instaurado por Hugo Chávez en connivencia con la tiranía cubana, cuanto ante y mediante el uso de todos los instrumentos que la Constitución establece, incluidos naturalmente el derecho a la rebelión y a la desobediencia – le ha otorgado a éstos una ventaja insuperable. Mientras el régimen no descansa en pensar y programar la forma de aniquilarnos y entronizar su aparato dictatorial, uniendo todos sus esfuerzos bajo un mando unidimensional, único y estrictamente militante, férreamente controlado por las fuerzas militares y civiles que lo componen y el aparato de Estado de que disponen, la oposición ha estado permanente fracturada entre sus diversos componentes, sobre todo en consideración a la hegemonía absoluta de las direcciones de los partidos, desvinculados de la sociedad civil, abandonada a su suerte. Salvo en el único momento en que, dadas las necesidades electorales, esa sociedad civil, rebajada a clientela votante, ha sido requerida para presentarse ante las urnas.

Es contra ese cuerpo rigurosamente disciplinado, políticamente militante, fanático y militarizado, dependiente del Estado que lo sustenta, mantiene y alimenta, y al que le debe máxima obediencia y acatamiento, so peligro de perder sus empleos y hasta sus vidas, que ha debido luchar una oposición pluridimensional, plurideológica, auto sustentada y autónoma, constituida por individuos plenamente responsables de sus propias vidas, sin otros compromisos políticos que los que emanan de su propia, libre y autónoma conciencia y que no pueden confundir su sobrevivencia existencial con la militancia ni luchar bajo las órdenes de sus patronos. Es la lucha de un colectivo cerrado, corporativo, criminalizado, pandillesco y fuertemente militarizado contra una sociedad abierta de individuos libres, inermes, conscientes, voluntariosos y decididos.

Ha sido y sigue siendo una lucha altamente asimétrica. Sebastian Haffner comenzó su Historia de un alemán, una biografía juvenil del periodista y escritor que se mantuviera inédita hasta después de su muerte, con una advertencia que bien podríamos asumir como propia: “La historia que va a ser relatada a continuación versa sobre una especie de duelo. Se trata del duelo entre dos contrincantes muy desiguales: un Estado tremendamente poderoso, fuerte y despiadado, y un individuo particular pequeño, anónimo y desconocido. Este duelo no se desarrolla en el campo de lo que comúnmente se considera la política; el particular no es en modo alguno un político, ni mucho menos un conspirador o un “enemigo público”. Está en todo momento claramente a la defensiva. No pretende más que salvaguardar aquello que, mal que bien, considera su propia personalidad, su propia vida y su honor personal. Todo ello es atacado sin cesar por el Estado en el que vive y con el que trata, a través de medios en extremo brutales, si bien algo torpes. Dicho Estado exige a este particular, bajo terribles amenazas, que renuncie a sus amigos, que deje a un lado sus convicciones y acepte otras prestablecidas.”

Ese Estado, como lo describirá Haffner en detalles más adelante, es el Estado Fascista, el Estado hitleriano, el Estado Totalitario. Mutatis mutandi, es el Estado dictatorial y tiránico que en Venezuela, si bien no alcanza las dimensiones monstruosas que alcanzara el Estado nazi, a saber: una eficiente e industrializada máquina de asesinar en masa – seis millones de judíos fueron detenidos, transportados y gaseados en pocos meses -, hambrea, como no lo hiciera el Estado nazi con los alemanes, a millones de seres humanos, persigue, acorrala y encarcela a millones y millones de venezolanos, los reduce a su desnuda existencia, les quita – como sí lo hicieran los nazis con judíos y opositores – toda seña de identidad, les impone celebraciones que marcaron a sangre y fuego la crueldad como método y política de gobierno – ayer el natalicio de un asesino, hoy la felonía de unos militares traidores e inescrupulosos, mañana la muerte del caudillo sabanetero – y saquea y devasta a su país con una saña corruptora que ni soñaran los compañeros de Hitler y la burguesía alemana que lo acompañara.

Y ese individuo solitario, inerme, entregado a su suerte, prisionero de sus convicciones y fiel a sus tradiciones democráticas, respetuoso de la Ley, constitucionalista y estrictamente ceñido a lo que dicta la tradición de respeto y obediencia democráticos bajo cuyo imperio fuera educado, somos todos nosotros. ¿Atravesar al campo enemigo y sumirse en los dictados de la crueldad, la maldad, el gansterismo y el malandraje que impera en las filas de los cooptados por ese amasijo de violadores y asesinos llamados partidos revolucionarios? ¿Traicionar la esencia común aceptando la entrega de nuestra soberanía a un invasor extranjero, pisotear nuestra enseña y hacer escarnio de nuestra historia, que es nuestra esencia? ¿Imitar el comportamiento avieso, oportunista, arribista y bribón de quienes cometen el más vil acto de desacato dándole la espalda a nuestros juramentos explícitos o implícitos y haciéndose cómplice de la escoria que se ha apoderado, en muy tristes y amargas circunstancias de un pueblo veleidoso, caprichoso y desorientado de ese Estado corruptor, ladrón, narcotraficante y deshonroso?

Es la profunda y terrible contradicción existencial en que veo sumidos a quienes, civiles todos, han asumido la difícil tarea de representarnos y defender no sólo nuestros intereses individuales sino nuestros intereses colectivos, nacionales, históricos. Violando nuestras más profundas convicciones, quisiéramos que supieran responder al odio con más odio, al desprecio con más desprecio, a la crueldad con más crueldad, a la maldad con más maldad, a la violencia con más violencia. Formas todas de la guerra total que debieran ser respondidas con grandeza, convicción y profesionalismo por quienes han hecho de la guerra su profesión. Pero que nos sume en la confusión ante su falta de hombría y sentido del honor. ¿Qué hacer si también ellos nos han traicionado, desnaturalizando la esencia misma de su vocación y su oficio? ¿Poniéndose de lado de los traidores y devastadores de la Patria?

En la Alemania prehitleriana, que de 1918 a 1933, ambos lados de las trincheras estuvieron claramente representadas por dos figuras de primera magnitud: “Rathenau y Hitler fueron las dos presencias que lograron estimular al máximo la imaginación de la masa alemana: uno gracias a su increíble cultura y otro gracias a su increíble maldad. Ambos, y esto es lo decisivo, procedían de regiones inaccesibles, de algún ‘más allá’. El uno de la máxima espiritualidad, donde las culturas de tres milenios y dos hemisferios celebran su simposio; el otro de una jungla situada muy por debajo del nivel de la peor literatura más reciente, de un submundo en el que emergen demonios a partir del olor rancio fermentado en los cuartos interiores de pequeños burgueses, en los asilos de mendigos, en las letrinas cuarteleras y en los patios de ejecución.”

Hasta aquí, la grave contradicción entre asaltantes y asaltados, entre víctimas y victimarios y la posiblemente insuperable contradicción de tener que luchar contra el enemigo haciendo uso de sus peores armas. Pues una cosa es ser ruin y vil para imponer la ruindad y la vileza, y otra muy distinta es poner la vida en juego para salvar lo más grande de nuestras existencias: la Patria. Recurrir a la máxima violencia del Estado para hundirlo, o ponerla en práctica para restaurarlo. En reconocer esa diferencia y ponerla en acción radica la única posibilidad de triunfar en un trágico envite como el que enfrentamos. Si el 23 de enero estuvimos en capacidad de hacerlo, ¿por qué no habríamos de poder repetir la hazaña? Somos una aplastante mayoría, contamos con el sabio y generoso respaldo de nuestra Iglesia y nadie dice que todo esté perdido en donde aún podemos suponer la importante existencia de reservas estratégicas de amor por Venezuela. Sólo falta el envión de la civilidad que permita descorrer los cortinajes. ¿Lo daremos?

El problema es renunciar a ese máximo sacrificio, clausurando las auténticas salidas. Haffner narra el precio pagado por los alemanes durante esas tenebrosas circunstancias: “No hubo ni un ejemplo de oposición enérgica, de hombría ni de firmeza. Sólo pánico, huidas y transfuguismo. En marzo de 1933 había millones de personas dispuestas a combatir. De la noche a la mañana se vieron traicionadas, sin dirigentes y sin armas. Este fracaso moral estrepitoso de los dirigentes de la oposición fue una de las características básicas de la “revolución” de marzo de 1933 que facilitó sobremanera el triunfo de los nazis…Allí donde debería manar esa fuente de energía a los alemanes nos les queda más que el recuerdo de la deshonra, la cobardía y la debilidad…El Tercer Reich nació a partir de esta traición practicada por los adversarios políticos de Hitler, así como de la sensación de impotencia, debilidad y repugnancia que aquella generó…El factor decisivo fue que en aquel momento la ira y la repugnancia vertidas contra los propios dirigentes cobardes y traidores fueron mucho más fuertes que la ira y odio de los que era objeto el auténtico enemigo.”

Trágica realidad que comenzamos también nosotros a experimentar. Una última observación estremecedora, que no se refiere a la monstruosa falla de los liderazgos sino a la triste y amarga impotencia existencial de los liderados: “Lo único que queda pendiente de aclaración es la ausencia absoluta de eso que tanto en una nación como en una persona se denomina “raza”: un núcleo sólido, inmune a la presión y a la fuerza de atracción externas, cierto vigor noble, una reserva intrínseca de orgullo, convicciones firmes, seguridad en uno mismo y dignidad, capaz de ser movilizada llegado el momento. Los alemanes carecen de esta capacidad. Son una nación poco fiable, enclenque, sin núcleo.”

¿Será nuestro caso? De la respuesta depende nuestra existencia como Nación.

 

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