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Maryclen Stalling: Y no es de rosas…

Después de un largo y preocupante compás de espera, se anuncia el inicio de la segunda fase del diálogo en difíciles circunstancias económicas, políticas, socioemocionales y propiamente dialógicas.

El propio concepto de diálogo supone la existencia de un “otro” y, por ende, de una relación dialógica donde las partes exponen sus argumentos, explicaciones y evidencias fundamentados en pretensiones de validez y no de poder. El diálogo igualitario supone entonces que el “otro” no puede ser silenciado o excluido, en una secuencia en la que los discursos individual, grupal y colectivo se encuentran intensamente relacionados, lo cual genera lo que se conoce como cadena de diálogos.

Son conocidas las circunstancias en las cuales se llevó a cabo la primera etapa. Dados los pobres resultados, el impacto negativo que ello produjo en el clima político del país y la reticencia de una de las partes a continuar en el proceso, parecería que no ocurrió lo que se conoce como aprendizaje dialógico. Por el contrario, se profundizaron las distancias, las diferencias, las apetencias y el manejo a beneficio propio de las relaciones de poder, con lo cual se bloquea cualquier intención transformadora de la fracturada realidad política nacional.

Este nuevo diálogo nace marcado y contaminado por la traumática experiencia anterior, en donde, a pesar de los esfuerzos de los mediadores e instancias como la Unasur y el Vaticano, las interacciones de poder predominaron sobre las interacciones dialógicas. Igualmente, emerge bajo el signo de la confrontación y la conflictividad política; de la intolerancia; de la negación al reconocimiento del otro que participa en el proceso; del rechazo a la construcción de sentidos, de procesos, acciones… Surge olvidando que el ser humano no existe fuera del diálogo y que este comporta en sí mismo un importante potencial transformador.

Esperemos que, en esta nueva experiencia, las interacciones dialógicas se fundamenten en la igualdad, en la capacidad de reconocernos, respetarnos y asociarnos en la búsqueda del entendimiento y, sobre todo, en la valoración y respeto a los argumentos empleados, con independencia de la posición de poder de las partes dialogantes.

Nos espera un largo camino, no precisamente de rosas, que requiere el concurso de todos y todas.

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