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Rodolfo Izaguirre: El desamor

 

El amor es la conversión o la fusión de uno en el otro, la transformación del “yo” en “nosotros” y la disolución de toda duplicidad. Uno es el ser, la esencia, el inicio de la multiplicidad; un reino que al cerrarse o clausurarse en sí mismo, en solitario, no acepta ni tolera la dualidad a la que pudo haber estado destinado. Siendo uno, mantengo mi rostro reflejado en las aguas de mi propio estanque. Los simbolistas lo identifican con la divinidad, con la luz. Pero disolviendo mi individualidad en otro ego; rindiéndome, integrándome física, espiritual y moralmente en el otro, llegaré a conocerme y me convertiré en amor, es decir, en pasión y toda pasión arrastra consigo el despiadado horizonte del dolor y del sufrimiento con el agravante de que el sufrimiento interesa más que la satisfacción.

Los juramentos de amor, al transformarse en “nosotros” y al configurar la nueva unidad no evitarán que broten los conflictos que han permanecido en la sombra del amor satisfecho. (¡Betty Grable fue un ejemplo del amor satisfecho! Dotada de talento para la interpretación de películas musicales, cifró su éxito y popularidad en la belleza de sus piernas aseguradas en 1 millón de dólares. En 1953, abandonó la actividad cinematográfica y sostuvo hasta su muerte un feliz matrimonio de 30 años con el trompetista Harry James. Un corredor de celebridades y autor de grandes campañas publicitarias dijo entonces de ella: “¡Lo malo de Betty Grable es su felicidad! Esto no sirve para la publicidad Cada vez que abre la boca muestra a la ama de casa y a la gente no le interesa saber que una artista es feliz. ¡Le interesa, por el contrario, que no lo sea!”).

En su ambivalencia, el amor puede llega a ser también el oscuro reflejo de mí en el otro; un reflejo que da forma a la sombra de la vida en la muerte. Cuando dejan de brillar las estrellas del amor, comienza a avivarse la rivalidad entre el bien y el mal, entre yo y el otro porque mi yo se refleja, ahora, solamente, en las aguas de mi propio estanque y no en el remanso que formé en el nosotros y en el que, hasta entonces, creía haberme sumergido.

¡De allí que la fatalidad permanezca al acecho! Que emane brutalmente cuando la pasión se convierte en desamor, ese enemigo encarnizado capaz de acariciar y alimentar, no aquel primer deseo de fusión de cuerpos y deleites de alma que iluminó la aparición del “nosotros”, sino una insaciable sed de venganza y muerte. El desamor es destrucción, división y muerte. Ya no es morir por lo que alguna vez suspiramos mientras navegábamos por los espacios de la aurora sino, por el contrario, es torturarse desde el despecho, castigar desde el desengaño lo que en un tiempo deseamos con intensidad pero quedó deshecho y estragado en los caminos del infierno y de la desventura.

Adolescente, me ilusioné con la revolución bolchevique. Stalin hipnotizó al mundo, a Neruda, a Picasso, a los surrealistas franceses. Luego, caí rendido y arrobado por la cubana de sus primeros años hasta que sobrevino hacia ambas circunstancias el desamor y el rechazo a sus respectivos despotismos. ¡Pero no ha sido la única vez! La sociedad civil en 1908, ilusionada, aclamó a Juan Vicente Gómez y repudió la vida escandalosa de Cipriano Castro. ¡Pero sobrevino un desamor que duró 27 años! La aclamación volvió a repetirse cuando nuevamente ilusionada llevó al poder a Hugo Chávez. Pero el desamor adquirió corporeidad en Nicolás Maduro. Así, el país venezolano ha oscilado a lo largo de su penosa historia de incertidumbres políticas entre el amor y el desamor, entre el “ego” del caudillo civil o militar tradicionalmente sordo y prepotente y el afligido “nosotros” que somos todos. Romero García, el autor de Peonía, dijo refiriéndose a Cipriano: “¡Se fue Atila, pero dejó el caballo!”. ¡Hugo Chávez también se fue, pero en lugar del asno de Sancho nos dejó a Nicolás! ¡Y desde entonces, el desamor nos está partiendo el alma!

 

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