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Ovidio Pérez Morales: Política en perspectiva espiritual

El presente artículo relaciona  espiritualidad y política, términos que  se  tiende comúnmente a considerar como extraños, cuando no como contrarios. Y esto no sólo por quienes, racionalistas o pragmáticos, estiman lo espiritual y religioso como algo  de consumo y utilidad sólo privados y relegados a lo doméstico o cultural, sino también por creyentes que juzgan lo político como una actividad ajena al relacionamiento con Dios y a la práctica religiosa.

En lo que concierne a los cristianos tenemos un texto sumamente iluminador al respecto. Es la descripción que, según el evangelista Mateo (25,31-46), hace Jesús del Juicio Final. Allí aparece Cristo felicitando a unos y condenando a otros por la “sencilla” razón de haberse preocupado efectivamente o no por “el otro” (proximus), hambriento, enfermo, preso o, en general, necesitado. Esa atención o indiferencia debe interpretarse como sólo referida a lo micro (servicio a una persona, una familia, un vecindario), sino también a lo macro, o sea  hasta el  amplio  campo social (políticas alimentarias, habitacionales, sanitarias, carcelarias). Y algo muy importante también: en el texto evangélico se interpreta  la atención-desatención al “otro” como algo hecho-no hecho al Señor mismo. Esto  transfigura la acción social y política en vivencia religiosa, lo cual  entendía muy bien Teresa de Calcuta al mirar a sus queridos menesterosos como a Jesús mismo.

El encuentro con Dios, la observancia del mandamiento “nuevo” de Jesús -el amor-, la vida y el crecimiento espirituales superan entonces las fronteras de lo puramente interior y religioso para integrar la convivencia en ámbito de realización creyente. Cambia la interpretación de la política. De algo peligroso o indiferente para lo  espiritual, se transforma en  campo de  desarrollo ético-religioso. Con razón la Primera Carta de san Juan dice: “quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (4, 20). El crecimiento espiritual del político se reflejará necesariamente entonces en robustecimiento de su compromiso social y viceversa. La acción política, amenazada siempre por los pecados capitales  (soberbia, avaricia, odio, envidia, pereza …), se verá  purificada, fortalecida y elevada.

Interpretada así la política, se convierte en fuente y camino de santificación, de perfeccionamiento en la comunión con Dios y fraterna. Para ello, deberá alimentarse con la oración, la contemplación y los medios (los sacramentos cristianos, por ejemplo), que Dios pone a disposición. El mundo, lo temporal, lo secular se convierten en sitio de encuentro con Dios. Un Dios inseparable del prójimo, especialmente del más débil.

Todo creyente debe ser político en el sentido amplio de este término, es decir, trabajador por el bien común. Y hace falta también que más y más creyentes se dediquen expresamente a la acción política, también  partidista, para desde allí construir una convivencia deseable, una “nueva sociedad”, que en la Iglesia se ha denominado muy significativamente como “civilización del amor”.

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