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Karina Sainz Borgo: Volver a Canaima

 

Cuando Antonio Rivero Suárez llegó a Caracas, en 1951,  Rómulo Gallegos ya había publicado Canaima y Doña Bárbara. El novelista vivía exilado en México tras un golpe de Estado militar que lo sacó del Palacio de Miraflores cuando no cumplía siquiera los seis meses como presidente -el primero civil y democráticamente electo de su país- . Ese mismo año, Marcos Pérez Jiménez, entonces un coronel aceituno y gordito, estaba a punto de asumir la presidencia de Venezuela… (una que duró casi siete años). En España, Francisco Franco hacía tiempo que ejercía de caudillo, mientras Jaime Gil de Biedma despertaba al acontecimiento de sus primeros versos y Vicente Gerbasi se consolidaba como poeta tras publicar Mi padre, el inmigrante, uno de los libros fundacionales de la literatura venezolana. “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”.

Don Antonio tenía entonces 25 años. Venezuela crecía regada por la lluvia petrolera y España atravesaba el largo desierto que el siglo XX le tenía deparado. En la capital venezolana se construía la avenida Abraham Lincoln, el pasadizo hacia el corazón de Sabana Grande, aquel lugar de una Caracas que marchaba a toda pastilla hacia el progreso. Eran los años del ensueño de las obras públicas y la épica del concreto; aquellos que atraerían a Claudia Cardinale y Natalie Wood a beber copas en el Bar Piccollo y en los que un flacuchento Gabriel García Márquez trabajaba como reportero para el diario El Nacional. A esa Caracas llegó Antonio. A esa.

Hijo de un padre agricultor y una madre analfabeta que cosía pantalones que él repartía por la calle Triana, Don Antonio recuerda estas cosas sin errar el orden. A sus 94 años, no titubea casi nunca, tampoco enmienda una fecha ni desdice un nombre. Aunque es febrero y apenas refresca en Las Palmas, Antonio viste un jersey de punto. En la librería Canaima, que fundó hace ya 40 años, llegan hombres y mujeres, un trasiego de personas que quieren acompañarlo en la entrega del premio Librería Cultural de 2016 concedido por Cegal y, que esta noche recibirán sus hijos, Antonio y Laura Rivero, la segunda generación que se dedica a los libros.

En una familia de diez hermanos, a Don Antonio le tocó buscarse la vida, porque en casa la comida era justa. “Mi madre siempre se las ingenió. No pasó un día sin que desayunáramos: agua de nogal, lo que hubiera”. A los 10 años, había comenzado a trabajar de aprendiz en el sector construcción. A los 14  se incorporó a la librería Paquita Mesa, origen de la librería Selecciones en Las Palmas de Gran Canaria.

—Entonces no había más de tres o cuatro librerías en toda la isla. Paquita Mesa estaba relacionada con muchísima gente de la aristocracia. En su familia había procuradores y abogados —Antonio se lleva las manos a la comisura de la boca, acaso porque recordar siempre da sed—. Yo hacía de todo. Ella me decía: ¿podrías llevarme esto al zapatero? Y allá iba yo. Entonces se publicaba muy poco en España. Estaba Ybarra, en Sevilla; Las Novedades y Crédito del Libro en Madrid. A veces llenábamos los escaparates con los Episodios Nacionales, que es lo había.

—¿Cuánto tiempo estuvo ahí, en la librería Paquita Mesa?

—Seis años, pero fueron muchos más. Después ella le vendió a Domingo Jaén, que fundó ahí la librería Selecciones.

—Si todo parecía ir bien, ¿por qué se marchó a Caracas?

—Porque aquí, en España, no había nada.

Al llegar a Caracas, Antonio comenzó a trabajar en una tienda de deportes. Poco después empezó a visitar varias librerías y contactar con diferentes editoriales de Argentina y México, solicitándoles catálogos y condiciones comerciales. A los seis meses de instalarse en Venezuela regresó a Canarias, hizo una compra de libros a los distribuidores Hermanos Brito y emprendió la vuelta. Así comenzó en Caracas: vendiendo los libros llevados de Canarias y los solicitados a las editoriales argentinas y mexicanas.

En aquellos días, Antonio recorría el boulevard de Sabana Grande en bicicleta para vender ‘barajitas’, como se llama en Venezuela a los cromos. “No tenía dinero, no tenía nada. Con eso me daban una comisión”. Pedaleó mucho Don Antonio, porque luego compró una camioneta que llevaba cargada de libros y catálogos a las librerías de las distintas provincias de Venezuela. Fue así como puso en marcha la Distribuidora Rivero Suárez.

El local lo abrió justo en Sabana Grande, aquel lugar donde la ciudad bullía y el petróleo convertía los pasos cebra en una fiesta. Quien mira la fotografía del local colgada junto a otras de aquella época, puede ver en la instantánea el reflejo del sol en la cristalera; el cartel de tipografía vintage; los parquímetros y el guardafangos cortado de lo que parece un coche modelo Buick. Mirar la fotografía transmite la sensación de curiosear un álbum familiar en el que el tiempo echó a patadas a quienes llegaron con retraso. Porque sí: los países también desheredan, aunque éste –claro- no es momento para estos asuntos.

—Si en España se publicaban pocos libros, en Venezuela qué. ¿Qué se vendía a mayor escala?

—Se publicaba, poco pero se publicaba. Sin embargo, lo que se vendía era, sobre todo, ciencia ficción, libros políticos, aunque ciencia ficción era lo que más se vendía.

Don Antonio volvió a Canarias casi 30 años después. Su mujer ansiaba regresar. Y así lo hicieron, con sus hijos. “Las Palmas -Antonio hace una pausa mínima- es un Paraíso en la tierra. Si hasta parece que la luna sale del mar”. Lo dice un hombre que nació en San Roque y pasó su infancia en Triana, la misma calle donde esta conversación resuena en la mente de quien la reconstruye, horas después, con unas cervezas en el torrente sanguíneo. Y sí, algo de eso hay en este lugar. Las Palmas comparte con la Caracas de aquellos años el viento cálido de las cosas que irán a mejor. “¿Sabe una cosa? Mi vida es la historia del siglo, de los avances que han ocurrido en todo ese tiempo. Yo vi crecer Caracas y vi también crecer Las Palmas”, a las palabras de Don Antonio dan ganas de decir Amén. Porque a veces, como el tiempo, los paisajes desheredan. Lo hacen.

Al poco tiempo de volver a Las Palmas de Gran Canarias, en 1977, Don Antonio fundó la librería Canaima. Franco había muerto dos años atrás y Venezuela acudía  a la más compleja de sus fiestas: la nacionalización del petróleo. En esa bisagra erigió Don Antonio la librería Canaima. La elección del nombre, claro, no fue inocente. Canaima, esa palabra que da nombre a la región selvática venezolana, también es el  título de la novela en la que Rómulo Gallegos diseñó otra entrega de ficción de su mayor proyecto civil: el enorme fresco de la lucha entre barbarie y civilización. Publicada en 1935, Canaima  narra la historia Marcos Vargas, un joven que tras terminar sus estudios en la isla de Trinidad, regresa a la selva venezolana con el fin de ayudar a su madre que vive en la ruina. El joven estudiante no habría de volver jamás a la ciudad. Será su hijo, el fruto de su unión con la india Aymara, el que retome la civilización que él olvidó por completo. Todo junto —Don Antonio, Canaima, Gallegos, el Orinoco— confirma que las deudas se saldan por generaciones.

En el número siete de la calle Senador Castillo Olivares de las Palmas de Gran Canaria, esa palabra –Canaima- resuena con el peso de un cornisa. Don Antonio  se mueve a sus anchas por un negocio que fundó hace ya 40 años. Algo que comenzó casi como una papelería y que con la creación de la Universidad de Las Palmas consiguió la senda de la librería cultural que es hoy. Canaima: una novela, una librería, una selva… el espacio restante entre un país redimido y otro condenado. “Algún día será verdad. El progreso penetrará en la llanura y la barbarie retrocederá vencida”, escribió Rómulo Gallegos en su novela Doña Bárbara. Cuando Antonio Rivero llegó a Caracas, en 1951, tenía 25 años. Hoy tiene 94. Su historia es la de un siglo que sólo podía ir a mejor. Pero ya se sabe: entre un mar y otro, el tiempo se resiste, demuele. Entre un mar y otro, el tiempo deshereda. Los países también.

 

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