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Rafael Del Naranco: Enmarañada existencia

La vida, toda ella, posee un obligante camino inexorable: beberla hasta la última gota. Existe una reflexión que nos recuerda que la diferencia entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una ilusión, y miles de personas, en los pueblos paupérrimos del llamado Tercer Mundo, únicamente asumen una idea clavada, gemebunda: apaciguar el hambre.

La mitad de la humanidad lee poco o nada, y menos aún puede asumir las palabras cinceladas en el templo de Apolo en Delfos: “Conócete a ti mismo”.

Es debido a ese fundamento que  nuestros escritos sabatinos intentan escarbar en las páginas literarias, esas que ayudan a descifrar la enmarañada existencia, y en cierta manera a comprender ese humanismo que nos levanta del barro mal cocido del que estamos formados.

Hubo un tiempo en que poseía una  biblioteca formada durante años; al salir de Caracas en una irrefutable expatriación, tuve que deshacerme de la mitad de ella, y eso lastima. No diré que he leído cada uno de los libros aunque sí los conocía, y aún al presente asumo sobre ellos lo sabido: no derramar lágrimas nuevas sobre penas antiguas.

Entre las obras no repasadas hasta ahora en este sosiego que me envuelve en la costa del Mar Mediterráneo,  se hallaba “Ensayo sobre la lucidez”, de José Saramago. Años atrás me había emocionado con otras páginas del portugués Premio Nobel de Literatura: “Memorial del Convento”, “El Evangelio según Jesucristo”, “La caverna” y “El hombre duplicado”. Igualmente parte de los “Diarios de Lanzarote”.

Saramago puede ser una daga sobre nosotros, los hacedores de palabras. Se deberán leer sus textos como si apretáramos contra el pecho un cilicio.

Soy escribidor de siempre, y cuando ya he cruzado con creces el epicentro de la vida, y estoy bajando hacia el dintel de las hondas dudas, me pregunto con más frecuencia si hemos sido lo suficiente honestos con los demás, pero ante todo con nosotros mismos, en esta singladura de llenar cuartillas como éstas de hoy.

Posiblemente el autor del “Evangelio según Jesucristo” nos hubiera podido llevar a discernir esa fatalidad insondable mirando las tinieblas de este oficio revestido de un juramento pagano.

Al tener sobre la repisa del tálamo donde me desvelo las obras del escritor nacido en el pueblecito de Azinhaga, seguimos a su lado las huellas de Luis Camoens, Eça de Queirós, Fernando Pessoa y Lobo Antunes, y escuchamos el sonido del idioma portugués como bálsamo de la conversa románica.

El ateísmo del escritor se vuelve espacioso sobre nuestro espíritu, y sentimos, antes más que ahora, una turbación que en el transcurrir de la edad  no es miedo, sino incertidumbre.

Hasta su muerte -junio de 2010 en la isla de Lanzarote- José Saramago, comunista cabal y de conciencia erguida, ha estado al lado de los desamparados del pan y la voz, del cántaro de agua para apagar la sed y de los abandonados de toda angustia padecida.

Incómodo siempre, se acercaba con la inocencia de un lego asustadizo a una religión, la de Jesucristo hombre, donde los actos de cada uno de nosotros superan infinidad de veces los enredados designios de algún ofuscado dios.

El hombre que paseaba sus postreros años entre los roquedales de la mítica isla de Lanzarote, era el último mohicano del comunismo europeo, y eso nos confunde a la vez que nos asombra, ya que él ha sido un marxista sin apegos a la nomenclatura de Moscú o La Habana, al haber estado siempre al lado de los dolientes, y eso, en una época donde la nobleza de bien, los ideales nítidos y la honradez son valores a la baja, es digno de considerar, apreciar y admirar sus ideales como un claro ejemplo a seguir.

Lo expresó un día mirando las llagas de los desposeídos:

“Vivimos en el planeta de los horrores, pero no lo queremos saber porque preferimos estar ciegos y ser insensibles al dolor. Estamos haciendo del espanto nuestro compañero diario y nos solazamos con él”.

Pessoa, cuando era el alter ego de “Ricardo Reis”, enunció en una oda:

“Nao quero recordar nem conhecer-me. / Somos demais se olhamos em quem somos.”

En castellano se traduce: “No quiero recordar ni conocerme. / Estamos de más si miramos quién somos.”

Expresión perfecta para Saramago que tenazmente lidiaba contra el desorden de la existencia misma, la dureza nacida ella y del complicado camino de las perennes injusticias.

El lusitano habló siempre de las perversidades de la globalización, de su inconformidad ante la “deliberada apuesta por la pereza intelectual” y de la creación de conciencia autista que provocan el consumismo abarrotado de los grandes centros comerciales, mientras la mitad de los habitantes del planeta apenas viven con una mala comida al día.

Siendo incrédulo de todo cielo protector, la fe en los seres humanos lo salvará en la galaxia en donde se hallará sin duda mirando la inmensidad imperecedera del Universo.

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