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Juan Arias: Las nuevas protestas en Brasil pueden tener un efecto bumerán

Los movimientos de protesta que llevaron en su día a millones de personas a las calles de Brasil contra los expresidentes Dilma Roussef y Lula da Silva, y a favor del juez anticorrupción Sergio Moro, han convocado una nueva manifestación para el 26 de marzo. La finalidad, esta vez, sería defender la Lava Jato, la operación que ha permitido descubrir una gran red de corrupción en el país, con ramificaciones en toda América Latina. Pero, y si la protesta tuviese un efecto bumerán?

Se trata de una protesta que, sobre la intención de defender la lucha contra la corrupción, además de otras demandas, podría llevar consigo el veneno de la ambigüedad. La Lava Jato, que amenaza con condenar a media clase política brasileña, es una de las bombas que aún no sabemos hasta dónde puede llegar. Es tan importante que ni siquiera los que más la temen se atreven a combatirla de forma abierta, lo hacen solo en las sombras.

Qué ocurriría si, por algún motivo, esta vez la manifestación fracasase? Y si la gente se quedase en casa? No aprovecharían los corruptos para intentar dar el golpe de gracia al trabajo de la justicia? Sería su mayor triunfo, ya que hoy los políticos están más sensibles que nunca a los gritos de la calle.

En las últimas manifestaciones los objetivos eran concretos. La gente, en medio de la crisis económica que hundió al país en la mayor recesión de la democracia, pedía la renuncia del Gobierno. Eran las protestas del “Fuera Dilma”, “Fuera Lula”, “Fuera PT”. Ahora que Dilma se ha ido, que el PT (Partido de los Trabajadores) se ha desinflado y que Lula está enredado con la justicia, cinco veces reo en otros tantos procesos, una protesta a favor de la Lava Jato y contra la corrupción parece algo demasiado abstracto para llevar a Brasil de nuevo a la calle.

Alguien se manifiesta hoy abiertamente hoy a favor de los corruptos? Se sabe que la mitad de la clase política puede ser objetivo de la Lava Jato y que hay movimientos subterráneos para aprobar leyes que la detengan. Nadie, con todo, se atreve a expresar una oposición frontal a la investigación judicial. Tal vez algunos se manifiesten contra Moro, pero nadie es capaz de pronunciarse a favor de los delitos de políticos.

Ante todo eso, no parece existir fuerza suficiente para movilizar a las masas. La protesta podría ser instrumentalizada por fuerzas reaccionarias de izquierda o de derecha. Y es posible que, sin pretenderlo, acabe siendo una manifestación contra el presidente Michel Temer y su Gobierno, en un momento en que la economía comienza a respirar, la inflación cae junto a los tipos de interés, empiezan a ser aprobadas reformas fundamentales nunca logradas, e inversores y empresarios parecen respirar de nuevo aires de confianza. Pero lo que realmente puede arruinarla es la ambigüedad de sus verdaderos objetivos políticos. Y, de ese modo, fracasará una protesta nacional, justo ahora que Brasil vive un momento delicado y las alarmas ya comienzan a sonar.

Voces que merecen respeto alertan, por ejemplo, de que la crisis política vivida por la sociedad, que primeiro se libró de la expresidenta Dilma y ahora pretende hacerlo con Temer, colocan al país al borde de una crisis social. Lo que pasó días atrás en el estado de Espírito Santo con una huelga encubierta de la policía, que dejó el horror de más de un centenar de muertos y paralizó la capital, Vitória, durante una semana, incluso con escenas de guerra civil, es más grave y peligroso de lo que imaginan los políticos que parecían adormecidos. Río de Janeiro, el tercero Estado más populoso de Brasil, también empieza a ponerse en pie de guerra. Y otros fuegos se podrían propagar. Se vuelve a extender la caravana de los pobres, esta vez doblemente castigados.

Brasil, que cuenta con una sociedad admirada en tantos lugares del mundo por su capacidad de comprensión, marcada a veces por la sumisión frente al poder, está hoy huérfano de estadistas capaces de pensar un proyecto que traiga esperanza y unión para un país roto. Criticar a los políticos, sí. Ponerlos en evidencia, también. Defender la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, sin duda. Lo que no se debe, pues resulta peligroso y explosivo, es arrojar a todo el mundo a la hoguera sin distinción. No es terapéutico ni hermenéutico el grito de “todos los políticos son sinvergüenzas”. No lo son. Y además si demonizásemos la política como tal, solo quedarían la ley de la selva y la barbarie.

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