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Juan Carlos Parisca: Con real y medio

Con real y medio compré una chiva / y la chiva tuvo un chivito / tengo la chiva / tengo el chivito / y siempre tengo mi real y medio. El pueblo supo expresar, con sencillez poética, un fenómeno que nos ha venido aquejando desde hace casi un siglo. Venezuela tuvo en el pasado una economía a salvo de este fenómeno. Por muchos años un refresco costaba 0,25. Un sándwich de jamón 0,50 y uno iba para el colegio con un bolívar en el bolsillo.

La inflación es un fenómeno de la economía capitalista que consiste en la pérdida constante del valor de la moneda. De su capacidad transaccional. Se considera que añade ineficiencias e inestabilidad en el mercado y su control es considerado una necesidad, a cargo de los bancos centrales. Forma parte de la justificación de las medidas antisociales y antipopulares de los gobiernos y afecta los niveles salariales de los trabajadores y los pagos de las pensiones, los cuales se deben mantener por debajo de la inflación, especialmente para aquellos con ingresos fijos, es decir, los pobres.

Hasta 1951 Venezuela tenía una de las inflaciones más bajas del mundo. El índice de precios interanual era del orden del 1,6%. Si bien, a lo largo del período transcurrido hubo un crecimiento continuo de los precios, en los últimos años, a partir de la reciente caída del ingreso petrolero, ha ocurrido una disminución drástica de la cantidad equivalente de dinero, que ha producido una escasez de divisas en mano del gobierno para atender las necesidades de la economía. A su vez la demanda de bienes se ha incrementado como consecuencia del aumento del nivel de ingresos de los trabajadores. Siendo la inflación un lastre para los planes de aumento de la producción,  en una economía planificada como la nuestra, la cantidad de dinero necesaria es conocida y no puede ser fluctuante. Por consiguiente el incremento de precios que ocurre en la actualidad, carece de fundamento. Debe ser controlado drásticamente. ¡Tenemos que regresar al tiempo de la chiva!

La china y el diente

Un domingo me encuentra papá en su taller. Un pequeño espacio detrás de la casa, donde tenía un banco de trabajo con herramientas de herrería y carpintería y un estante pegado a la pared con tornillos y clavos de muchas clases y tamaños, debidamente clasificados.

Yo estaba dándole forma a una barra lisa de acero de unos cuatro milímetros de espesor. La barra estaba fija en una prensa del banco y yo la iba doblando, agarrándola con un par de alicates, de modo de irle dando forma de horqueta con el propósito de hacer una china, como llamaban en Venezuela a la fonda o gomera, utilizada para lanzar pequeños objetos, como piedras, para cazar pájaros.

¿Qué haces?, me pregunta. ¡Una china!, le digo.

Cuidado con eso. Es muy peligroso. Con eso se puede matar a una gente. ¡No, papá. Es solamente para cazar lagartijos! Le contesto. ¡Muuuucho cuidado…! Agrega.

Terminé de darle forma a la horqueta y le puse en cada punta una goma de caucho de tripa de bicicleta que había cortado especialmente. Ambas unidas con una pequeña pieza de cuero para colocar el proyectil. Poco después salí muy feliz a probar mi china en un terreno vecino. Funcionaba perfectamente… Al siguiente día me fui al colegio y, naturalmente, me llevé mi china en el bolsillo.

Al llegar, temprano en la mañana, tuve unos veinte minutos antes del timbre de la entrada, para disfrutar ampliamente mi china y demostrársela orgulloso a varios amigos, haciendo gala de su alcance y mi puntería.

Al salir al patio en el recreo de las diez, naturalmente me llevé mi china. Hice varios disparos muy precisos. Me acerqué a la cantina, que estaba en un extremo del patio. Allí estaba un compañero que también tenía una china.

Lo que procedía era ver cuál era mejor. “A que no le pasas por encima a aquellos que están allá…”, le dije, señalando a tres compañeros que conversaban tranquilamente en el otro extremo del patio.

Mi amigo disparó. No estuvo mal. Me tocaba a mí. Escogí una piedra pequeña en el suelo. La coloqué en su sitio y estiré la china apuntando por encima del grupo para no quedarme corto. Y lancé. El disparo fue muy bueno y ambos quedamos complacidos. Sonó el timbre y caminamos hacia la entrada.

En ese momento vi que alguien me señalaba diciendo en alta voz que yo había sido el autor.

El disparo, perfecto, había dado exactamente en el diente incisivo superior de uno de los compañeros del grupo blanco de nuestra competencia, y se lo había sacado de cuajo. Cundió una gran alarma. El del diente sangraba copiosamente dirigiéndose a la dirección. El director no tuvo en cuenta que nosotros no lo habíamos hecho adrede.

Fui sancionado con la pena máxima. Me quitaron la china. Me tuve que ir del colegio. Y papá me impuso un largo castigo que aún recuerdo con disgusto.

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