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Víctor Maldonado: Los tiempos de la servidumbre

¿Ha hecho usted una cola? ¿Ha estado en una lista para una operación quirúrgica? ¿Está buscando afanosamente una medicina que no encuentra? ¿Tiene usted cáncer en este momento y en este país? ¿Es diabético? ¿Tiene VIH? ¿Está desempleado? ¿Es, por casualidad, “cuentapropista? ¿Es usted anciano? ¿Tiene usted un hijo recién nacido y no consigue leche o pañales? ¿Tiene algún familiar preso, exiliado o perseguido político? ¿Tiene miedo? ¿Sufre pesadillas por las noches? ¿Lo han asaltado alguna vez? ¿Ha sufrido un secuestro? ¿Han asesinado a un familiar o un amigo cercano? ¿Ha tenido que esperar por un cupo en el cementerio? ¿Se siente angustiado? ¿No puede visualizar el futuro? ¿Vive todos los días temiendo que sea el último? ¿Se siente asqueado de todo lo que debe aguantar? ¿Ha llorado de impotencia? ¿Se siente envejecido o irreversiblemente desesperanzado? ¿Ha pensado que si no obtiene de alguna manera esa bolsa de comida usted va a pasar hambre? ¿Le humilla y le ofende tener que depender de una bolsa CLAP? ¿Ha transformado su vida en una secuencia de emociones extremas, entre el odio y la desolación?

Lo trágico que la respuesta a todas esas preguntas es un si tajante o una terrible premonición de que en algún momento tendremos que afrontar esa terrible circunstancia. La última encuesta sobre las condiciones de vida de los venezolanos da cuenta de cuan hundidos estamos. Para febrero del año 2016 la situación había llegado al techo. El 81,8 % de los venezolanos son pobres, y el 51,51% son pobres extremos. Son datos de hace un año, lo que indica que, por esa misma razón, habiéndose agotadas todas las opciones, a la mitad de los venezolanos no les quedó otra opción que comenzar a pensar que en algún momento solo podrían amainar el hambre al hurgar entre la basura. O eso, o hacer una cola, o esperar que el carnet de la patria traiga consigo una posibilidad de recibir ayuda social. Pero la misma encuesta reporta algo peor: El inmenso fracaso del socialismo benefactor. Dice el reporte que “por los datos de la pobreza que muestra la ENCOVI no tenemos una política social que contenga el paso de pobreza coyuntural a estructural. No tenemos programas sociales para impedir la adecuación negativa de los hogares a la crisis de ingreso.  Además del problema de diseño, persisten los problemas de focalización”. En números gruesos, de los 27 millones de ciudadanos pobres, solamente son mal atendidos unos 6,5 millones de personas a través del subsidio indirecto a los alimentos básicos. ¿Y el resto? ¿Se puede acaso sostener la integridad de un país cuando el 93% de sus ciudadanos declaran que no les alcanza el sueldo para comer?

¿Cómo un niño que no come completo puede ir a la escuela? Las cifras son terribles. Poco más de un millón de niños y adolescentes (entre 3 y 17 años) no han logrado escolarizarse, y persisten terribles problemas para que los sectores más modestos accedan a la educación inicial y luego las circunstancias tan duras que les ha tocado vivir les ha hecho imposible continuar. La mala calidad de los servicios públicos, la enfermedad que tarda en curarse, y el hambre, impiden que estos niños puedan vivir como tales, aprender y luego ser ciudadanos útiles y conscientes.

¿Y la enfermedad de los más pobres? El 63% de los venezolanos no tiene acceso a planes de seguro de atención médica. En el peor momento del servicio público de salud. La gente se enferma y se aterra sabiendo que una infección puede ser una condena a muerte. Los hospitales están en el suelo, las medicinas no se consiguen, los médicos hacen de tripas corazón, pero muchos de ellos se han ido. Todos estamos en esa cola, la cola de la fortuna, en la que los más pobres tienen todas las de perder, mientras el resto apela a una pequeña oportunidad que a veces no es suficiente.

La inseguridad es otro de los azotes. El 94% de los venezolanos sabe que la inseguridad se ha incrementado. Las cifras de 28.749 homicidios ratifican que no es una ocurrencia o el producto de la guerra sucia. En Venezuela el gobierno no se ocupa de resguardar la seguridad de los ciudadanos. La cola más terrible es esa que se aprecia con inmenso dolor frente a las morgues de las principales ciudades del país. Allí, donde se pierde toda esperanza, se suceden los cuerpos de las víctimas, el 76% menores de 35 años. Tiempos terribles para los padres que ven morir a sus hijos, y a los pequeños ver morir a sus padres cuando todavía los necesitan. ¿Y el gobierno? En términos de seguridad no existe.

El país se está diluyendo. El régimen ha montado unas condiciones donde todos los ciudadanos estamos expuestos a la servidumbre. El miedo se cruza con el hambre para configurar un estado de terror que se nos impone con afanes totalitarios. Todos hablan todo el tiempo de las carencias. Todos se recluyen. Todos se saben al alcance de esa represión terrible donde no hay justicia alguna. Allí están los presos políticos para demostrar que nadie, nadie está exento. Allí está Ramo Verde, “la tumba”, El Helicoide, y otros centros de reclusión como advertencia. No hay delito menor. Lo que hay es saña. Allí están los poderes públicos confabulados para jugar al asedio de la libertad y de sus defensores. Allí está la jugarreta electoral, otra forma de hacer salivar y reducirnos al condicionamiento más elemental. Allí están todas y cada una de las colas reales o psicológicas, esas que nos obligan a pasar todo el tiempo de nuestros días y noches pensando en la sobrevivencia, en el atajo a la dignidad, en la sonrisa que hay que intentar, en la esperanza que todavía hay que asumir, en esa protección que jóvenes y niños merecen, mientras el régimen se solaza en el fraude, en la destrucción de las instituciones del país, de su economía, de sus empresas, del mercado libre, de los derechos de propiedad. El régimen sigue destruyendo y nosotros, increíblemente, seguimos aguantando, guapeando, resistiendo, y esperando.

Las encuestas dan cuenta del sentido de urgencia. La gente muere de hambre, violencia, desesperanza, o simplemente se va. Y los que vamos quedando tenemos el desafío de la entereza y el coraje para sobrevivir. ¿Pero se dan cuenta que estamos reducidos a eso? Al intento de resistir y ver si es posible el cambio político que se hace cada segundo más necesario.

Mientras tanto la destrucción persiste. El régimen acaba de decretar un aumento de la Unidad Tributaria que obliga a las empresas -y al gobierno- a pagar un ticket de alimentación equivalente a 103 mil bolívares. ¿Cómo se puede pagar esa decisión dictada con la arbitrariedad y la unilateralidad de siempre? ¿De dónde lo van a sacar las empresas?  Para comprender el esfuerzo. Si todos los 2,7 millones de empleados públicos ganaran solamente salario mínimo, eso significaría una erogación de 387.822.600.000,00 millones de bolívares, unos 6.668.105.970,51 millones de dólares al año (tasa DICOM). Para el sector privado el presupuesto llegaría a ser 12.738.868.190,17 millones de dólares para 5.1 millones de empleados. ¿De dónde lo van a sacar?  Mañana lunes esa nueva obligación supone sacar, de donde nunca hubo, un presupuesto para pagar la diferencia equivalente a 5.307.132.827,19 millones de dólares entre los privados y los públicos. ¿Qué va a ocurrir? Más inflación, más colapso monetario, menos empresas dispuestas a seguir, y un inmenso desempleo. Y estamos solamente en febrero. ¿Esto es sostenible?

Tanto absurdo no puede cargarse a la estupidez. La estupidez es pensar que el socialismo del siglo XXI es una apuesta de progreso y redención social. Es falso. Hay improvisación, estupidez, mucha nostalgia de una izquierda que prefiere ver a la gente colapsar antes de reconocer que toda esa trama es un fraude. Pero además de eso hay voluntad destruccionista. El régimen, como todos los socialismos, necesita comenzar de cero. Necesita borrar la memoria histórica del país. Necesita que sus mentiras se conviertan en el opio de su pueblo. Necesita que sean ellos la única posibilidad. La única alternativa. La única forma de aspirar al día siguiente. Ellos tienen como deber aniquilar la competencia, la otredad, el pluralismo, cualquier contraste. Ellos necesitan de su propia soledad, porque es la única forma de ser los bárbaros que, usando la fuerza, sigan gobernando. Esto es a propósito. El hambre, la muerte, la violencia, la ruina, el miedo, las colas, la desesperanza, la huida, el desarraigo, la deshumanización, la humillación, el tener que depender de ellos, todo es a propósito. Y dependerá de nosotros asumirlo y actuar en consecuencia.

El enemigo es el socialismo. Su populismo frenético y su autoritarismo desbordado nos hace pensar que es imposible convivencia alguna. Ellos quieren nuestro exterminio y nosotros queremos una alternativa de libertad y derechos para vivir en paz. No hay puntos medios. Y si alguien no lo cree, acuda a las cifras de la realidad. Un espectáculo terrible de pobreza y desolación.

Pero tenemos que hacer un último esfuerzo. Hay que intentar el cambio político. La razón es sencilla. Las colas de la servidumbre nos transforman en esclavos de una ideología temeraria, de un régimen cruel y de unos dirigentes insensatos.  Mientras escribo oigo a Maduro amenazar y acusar de traición a todos los que intentan una salida. Los que lo intentaron antes están presos o exiliados. Y en ese momento nadie creyó. ¿Qué hace falta para creer?

El 3 de abril de 1968 Martin Luther King se dirigió a sus seguidores congregados en Memphis. Un día después caería asesinado por la intolerancia y la incomprensión. Su discurso pasó a la historia con un nombre conmovedor: “Yo he estado en la cima de la montaña”. Fue su propio epitafio, su testamento y su oración fúnebre. Termina así: “Bueno, no sé qué pasará ahora; Tenemos días difíciles por delante. Pero realmente no importa qué pase conmigo ahora, porque he estado en la cima de la montaña. Y no me importa lo que me pase. Como cualquiera, me gustaría vivir una larga vida. La longevidad tiene su lugar. Pero ahora no me preocupa eso. Sólo quiero hacer la voluntad de Dios. Y me ha permitido subir a la montaña. Y he mirado desde allí todo el paisaje, y he visto la tierra prometida. Tal vez no puedo llegar allí con ustedes. Pero quiero que sepan esta noche, que nosotros, como pueblo, llegaremos a la Tierra Prometida. Y por eso estoy feliz esta noche. No estoy preocupado por nada. No estoy temiendo a ningún hombre. Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor”. Que esa sea nuestra actitud y la esencia de nuestras reservas de esperanza.

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