Inicio > Opinión > Willy McKey: A propósito de la muerte de Sofía Ímber

Willy McKey: A propósito de la muerte de Sofía Ímber

a Diego Arroyo

Podría parecer agendada. La noticia de la muerte de Sofía Ímber consiguió espacio un lunes, un día que insiste en empezar una semana mientras la mayoría de los museos cierran. Podría parecer meditada. La noticia de la muerte de Sofía Ímber no puso a correr a ningún periodista cultural en su guardia de domingo, pero les exigió que llegaran temprano a las redacciones la primera mañana de trabajo. Podría parecer prevista.

El funeral de Sofía Ímber será en días laborales y no festivos.

Su obra no tiene la corporeidad que tiene cualquier retrospectiva de los artistas que puso cerca de nuestros ojos. La única manera de articularla en una sala de museos sería la construcción de un diorama, absurdo como todos los dioramas, donde las escenas más privadas de un museo terminaran haciéndose visibles: compras, negociaciones, regateos, conquistas, uso del poder.

Y nunca hubo un posible texto de sala para ese imposible parque temático sino hasta que el periodista Diego Arroyo Gil publicó en forma de libro esa larga conversación, dónde ambos hurgaron a drede en su memoria.

Ahí, en su conversación con Diego, se pone en evidencia que las singularidades de un personaje como Sofía Ímber reside en lo caleidoscópico, en sus múltiples aristas. Y todos esos recovecos no suelen aparecer durante el duelo. Por ejemplo: llegar a la vida de Sofía Ímber desde la Literatura obliga a verla al menos unos instantes como la villana biográfica en la ficha de Guillermo Meneses, pero llegar desde el periodismo la perfila como una entrevistadora punzante con una audiencia que la vio enviudar al aire y seguir preguntando sin piedad. Y si el camino elegido es el que viene desde el territorio incómodo del arte contemporáneo, se mostrará como una institucionalizadora de cánones que contentaba a quienes entraban e incomodaba a quienes no.

Sin embargo, cuando repaso en mi memoria singular y puedo ir del “¡Buenos días con Sofía!” a ver cuadros de Picasso en el MACSI, saltar de la Suite Vollard a las entrevistas de medianoche en el canal 4, #LaSeñoraÍmber, me reconozco como espectador de uno de esos caleidoscopios biográficos que no sólo están determinados por la experiencia personal sino también por quienes han mediado nuestra aproximación a esa figura.

Quizás por eso prefiero llevar el duelo de hoy desde un área de acceso a la figura de Sofía Ímber que me resulta todavía más fascinante: lo mediado, lo popular.

Quienes pertenecemos a generaciones que vivieron aquellas coordenadas temporales donde la televisión abierta conseguía instaurar voces autorizadas que conectaban sin miedo el rating con la cultura, hoy contamos con una ventaja. Ahí, en esos espacios sinceros y honestos llenos de tías que veían televisión, madres que llevaban a sus hijos a los museos los domingos y señores que saben citar de memoria fechas y autores, Sofía Ímber resume la idea de una mujer de éxito, inteligente y orgullosa de sus piernas, capaz de triunfar por mérito propio y sin la muleta masculina que intoxicó tantas biografías femeninas de los sesenta y los setenta.

La impresión de que el pragmatismo es visto con recelo en el mundo cultural tiene mucho que ver con el apasionado ejercicio vocacional de los creadores. La sangre fría y la capacidad de conseguir en acciones prácticas beneficios duraderos puede parecer mezquino y desalmado cuando se está tan cerca de los artistas. Sin embargo, el pragmatismo es un talento incuestionable en la carrera de Sofía Ímber como hacedora cultural, como productora, como gestora y como curadora acusiosa de importantes espacios de la historia contemporánea del arte venezolano.

Hago esta salvedad porque muchos de quienes hoy lamentan honestamente la muerte de Sofía Ímber jamás la conocieron. Hago esta salvedad porque el duelo de esas personas es posible porque apenas fueron testigos de unas dinámicas que hoy nos resultan ajenas, como la televisión abierta o la vida en torno a la agenda de los museos independientes. Hago esta salvedad porque, en medio de esta orfandad de figuras culturales en el black-mirror, a Sofía Ímber no le hizo falta ser simpática para convertirse en referencial. Fue pragmática. Y en el Caribe su pragmatismo ruso resultó, además de exótico, necesario.

El funeral de Sofía Ímber no pondrá a correr a las autoridades del gobierno nacional para hacerle los honores necesarios. No pasó con Simón Díaz hace tres años. No pasará con ella. En su memoria de brevedad anecdótica, la burocracia la registrará como aquella funcionaria cultural que fue despedida de su puesto de trabajo en vivo y directo por el líder amadísimo.

Por eso es que en los novenarios habrá que tener cuidado con la nostalgia. No creo que este duelo se trate de extrañar un país que fuimos, sino de preguntarnos por qué nos cuesta tanto aprender de nuestra memoria para alcanzar a ser el país que podríamos. Así de condicional. Así de espejismo. Y cada vez con menos gente a bordo.

Ya habrá momentos para lo justo. Por ahora sólo podemos desear paz a sus restos y honesta curaduría a nuestro duelo. Así es como esta mañana laboral en duelo podría parecer agendada, podría parecer meditada, podría parecer prevista.

Aunque en vida molestara a tantos, a la señora Ímber no le gustaba molestar. Y hoy es lunes, un día que insiste en empezar una semana mientras la mayoría de los museos cierran.

Toca descansar.

sofia-imber-1

 

 

Te puede interesar

Compartir